viernes, 29 de mayo de 2026

 

LAS TABLAS DE DAIMIEL


Martes, 19 de mayo de 2026, una nueva excursión con la Hermandad de Jubilados de los ministerios de Comercio, Economía y Hacienda. En esta ocasión nos desplazamos a las Tablas de Daimiel y La Motilla del Azuer, provincia de Ciudad Real, a unos 180 Km de Madrid, sobre dos horas de viaje.

Somos 27 los viajeros, entre los cuales están, nuestro presidente en funciones, Baltasar Balbuena y la secretaria general de la Hermandad, Elena Romero, que vienen al frente de la expedición. Además, viajan también Juan Carmona, vicetesorero de la Hermandad y su esposa Mª Victoria; Laura Cárcamo, Rosalía, Francisco Javier Gutiérrez, Ramiro González, Alfredo Alameda y su esposa Mª Antonia Fernández… Cuidará de nosotros durante todo el trayecto Ana Montegrifo, de la agencia de Viajes Paso a Paso, con la que colaboramos habitualmente.

Todas las fotos de este artículo están hechas con un teléfono móvil Samsung Galaxy A40; además aporto algunas más de Elena Romero (Samsung Galaxy S26 ultra) y Ramiro González.


En cuanto a las fuentes que he utilizado para escribir este relato está la página Web del Ayuntamiento de Daimiel para el Museo Comarcal, así como lo expuesto por nuestros guías. También fue mi intención utilizar la Wikipedia como hago habitualmente, pero dos circunstancias me disuadieron de hacerlo: la primera, que lo expuesto en la Wikipedia, tanto para Las Tablas como La Motilla, era extensísimo y como destinado a profesionales, muy lejos del perfil de los viajeros que componíamos la expedición. La segunda razón por la cual no utilicé la Wikipedia, se debe a que encontré la solución en nuestra revista de la Hermandad Suma y Sigue. En el número correspondiente al mes de abril, viene una descripción de los lugares que visitamos perfecta, desde mi modesto punto de vista; es concisa y explica en unas pocas líneas con detalle lo que necesitábamos saber los expedicionarios, de modo que por primera vez desde que escribo en este Blog, cerca ya de 20 años, me limito a transcribir literalmente lo expuesto en Suma y Sigue, y siento sinceramente no saber el nombre de quién escribió el relato para anotarlo y que quedara constancia; en cualquier caso, mi agradecimiento más profundo. 


Salimos de Madrid, desde nuestra sede en Alberto Alcocer a las 08:35, e hicimos una parada intermedia desde las 09:45 hasta las 10:20 para reponernos con café, infusiones… así como para ir a los baños. El tiempo climatológico es excepcional, 26 grados a la sombra.


Llegamos a las Tablas de Daimiel a las 11:40 y la visita se inició 10 minutos más tarde. Nos acompaña una guía con muy buena voluntad, pero que no para de hablar durante las dos horas que dura el recorrido, tratando de explicarnos los más mínimos detalles del Parque Nacional, de modo que al menos yo, no conseguí retener casi nada de su verborrea. Cuánto mejor habría sido una disertación más pausada y concisa que habríamos podido asimilar mejor. En este punto no puedo dejar de recordar, por ser el polo opuesto a nuestra guía de Las Tablas, a Julio Marante, su homónimo que tuvimos en nuestra visita a la isla de La Palma.


Según nuestra guía, el espacio que recorrimos era de 2 Km, pero alguna compañera de la expedición que tenía un reloj de los que miden el recorrido, apuntó que habíamos andado ¡durante 4,2 Km! cuando finalizó la visita sobre las 13:45. Quien escribe estas líneas, que tiene la mala costumbre de andar muy poco, quedó literalmente derrotado, de modo que ya anticipo que tras nuestra comida me quedé reposando en el autobús la hora larga que duró la visita al Museo Comarcal de Daimiel.


PARQUE NACIONAL DE LAS TABLAS DE DAIMIEL

“En el corazón de La Mancha se encuentra uno de los espacios naturales más singulares de Europa: el Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel. Este enclave único es un auténtico oasis en medio de la llanura manchega y representa el último ejemplo vivo de un ecosistema conocido como tabla fluvial, formado por el desbordamiento natural de los ríos en terrenos llanos y poco profundos.


Las tablas de Daimiel nacen de la confluencia de dos ríos de características muy diferentes: el Guadiana, de aguas dulces y curso permanente, y el Cigüela, de carácter estacional y aguas salobres. Esta combinación crea un paisaje cambiante, donde el agua, la vegetación y la luz ofrecen un espectáculo distinto en cada época del año. El parque está dominado por una rica vegetación palustre, formada principalmente por masiegas, carrizos y eneas, que cubren grandes extensiones de humedal. Entre estas plantas emergen pequeños bosques de tarayes, uno de los símbolos del parque, que crean islas naturales y refugios perfectos para la fauna. Este entorno húmedo contrasta de forma sorprendente con el paisaje que caracteriza a gran parte de La Mancha.





Las Tablas de Daimiel son un auténtico paraíso para la observación de aves. A lo largo del año, el parque acoge numerosas especies de aves acuáticas, tanto residentes como migratorias. Garzas, patos, ánades, fochas o cigüeñuelas conviven con especies que utilizan el humedal como lugar de descanso, invernada o reproducción durante sus largas rutas migratorias. Este valor ecológico convierte al parque en un destino imprescindible para amantes de la naturaleza y la fotografía. El visitante puede recorrerlo a través de pasarelas y senderos perfectamente acondicionados, que permiten adentrarse en el corazón del humedal sin alterar su equilibrio natural.



Caminar sobre el agua rodeado de silencio y sonidos de la naturaleza, es una experiencia relajante y única que invita a la contemplación y al disfrute pausado del paisaje. Más allá de su belleza natural, Las Tablas de Daimiel representan un espacio profundamente ligado a la historia y a la vida de sus habitantes. Durante siglos, el agua ha sido fuente de riqueza, sustento y cultura en esta comarca, marcando el carácter de sus gentes y su relación con el entorno. Visitar Las Tablas de Daimiel es descubrir un paisaje vivo, frágil y extraordinario, donde el agua y la naturaleza se funden para ofrecer una experiencia inolvidable. Un lugar imprescindible para comprender la riqueza natural de La Mancha y disfrutar de uno de los humedales más emblemáticos de la Península Ibérica”.

Nuestra comida

El almuerzo, en un restaurante de Daimiel, consistió en platos variados de primero: huevos escalfados con patatas, gambas con salsa, pimientos… De segundo, se podía elegir entre varias opciones, como salmón, entrecot de ternera, solomillo de cerdo… postres variados, agua mineral sin gas, vino tinto, Gaseosa La Casera. La verdad es que como casi siempre en nuestros desplazamientos, comimos muy bien, incluso demasiado.

MUSEO COMARCAL DE DAIMIEL


La visita al Museo se inició sobre las 16:00 horas y duró hasta poco después de las 17:00.


Un didáctico viaje por Daimiel y su entorno para conocer la historia, el territorio, la tecnología y las ideas y creencias desde la época de la Motilla del Azuer, hace más de 4.000 años. EL Museo es el punto de salida de la visita a este yacimiento arqueológico único en la Península Ibérica.


El recorrido prosigue con íberos, romanos y con los hispanos-musulmanes de Calatrava la Vieja. En la planta alta, dedicada al mundo moderno, descubriremos la Casa de los Carrillo, ejemplo de casa renacentista en Daimiel, y la arquitectura tradicional manchega.


Además, el Museo rinde un especial homenaje a la obra del genial arquitecto Miguel Fisac, a la colección cerámica de Vicente Carranza, una de las más importantes de España, y al pintor local Juan D’Opazo.

Después de la visita al Museo Comarcal de Daimiel y tras un corto trayecto, a las 17:30 estábamos en La Motilla del Azuer.

LA MOTILLA DEL AZUER


Aquí, para efectuar la visita nos dividimos en dos grupos; al frente del que me tocó a mí está una guía muy agradable y joven, Sheila, que en todo momento está pendiente de los expedicionarios, explicando con anticipación las dificultades físicas que iba a tener el recorrido para penetrar y conocer las ruinas de lo que fue la Motilla del Azuer.



“En pleno paisaje manchego, cerca de Daimiel, se alza uno de los enclaves arqueológicos más sorprendente de la Península Ibérica: la Motilla del Azuer, ‘auténtico corazón prehistórico de La Mancha’. Este yacimiento único nos invita a realizar un viaje en el tiempo hasta la Edad del Bronce (2200-1300 a.C.), cuando las primeras comunidades humanas aprendieron a organizar el territorio y a dominar un recurso tan esencial como el agua. La Motilla del Azuer destaca en el paisaje como una pequeña colina artificial rodeada de llanuras. Forma parte de un tipo de asentamiento exclusivo de La Mancha: las motillas, auténticas fortalezas prehistóricas, construidas para proteger a sus habitantes y asegurar su supervivencia en un entorno marcado por periodos de sequía. Su ubicación junto al río Azuer no es casual, ya que permitía el acceso a tierras fértiles, rutas naturales de comunicación y, sobre todo, al agua subterránea.


El recinto fortificado está compuesto por varias murallas concéntricas que rodean una torre central, creando una imagen imponente incluso hoy en día. En su interior se desarrollaban las principales actividades económicas: grandes silos para almacenar cereales, hornos para la elaboración de cerámica y espacios destinados a la metalurgia y al procesamiento de alimentos. La ganadería, principalmente de ovejas y cabras, completaba la base económica de esta comunidad.


Uno de los grandes atractivos de la visita es el pozo de la Motilla del Azuer, considerado el más antiguo de la Península Ibérica. Con más de 4.000 años de antigüedad, esta extraordinaria obra de ingeniería permitía extraer agua del subsuelo a más de 14 metros de profundidad. Este sistema hidráulico refleja la estrecha relación entre el ser humano y el agua desde tiempos remotos, y convierte a la Motilla del Azuer en un símbolo del ingenio y la adaptación al medio.

Fuera de la fortificación se extiende el poblado, con viviendas construidas en barro y piedra, organizadas en torno a espacios abiertos donde se desarrollaba la vida cotidiana. Los enterramientos se realizaban dentro del propio asentamiento, siguiendo rituales propios de la Edad del Bronce, lo que refuerza la sensación de comunidad y continuidad entre la vida y la muerte.

Visitar la Motilla del Azuer es descubrir un paisaje habitado hace miles de años, comprender cómo vivían sus pobladores y valorar un patrimonio arqueológico excepcional. Un lugar imprescindible para quienes desean conocer los orígenes de La Mancha y dejarse sorprender por uno de los testimonios más antiguos de la historia del agua en la Península Ibérica”.

Como ya anticipé penetramos en las ruinas de la Motilla del Azuer recorriendo los diferentes pasos, en muchos casos con subidas con tramos  muy angostos y un firme muy irregular de una extrema dificultad… que luego había que bajar. Cuando llegamos al centro de La Motilla, en lo alto de la construcción, se divisaba un paisaje diáfano de todo lo que nos rodeaba.

Finalizó nuestra visita sobre las 18:30 en que iniciamos nuestro regreso a Madrid, efectuando el trayecto de un tirón. Llegamos a la capital sobre las 20:45, cogí un taxi en la plaza de Cuzco y poco después de las nueve de la noche, aún de día, llegaba a casa en Las Rozas.

¿Qué puedo decir antes de terminar? La excursión ha resultado muy bien; nuestro desplazamiento a Las Tablas de Daimiel con una climatología perfecta fue muy interesante, y si tengo que ponerle algún pero es que me resultó un tanto monótono, todo era igual durante las dos horas del recorrido…

Yo, particularmente, aprecié más la visita a la Motilla del Azuer, algo totalmente diferente a lo que hasta ahora había visto en mi ya larga trayectoria de vida.

Antes de terminar quiero dedicarle un recuerdo a nuestra compañera Mercedes Echeverría Blanco, Merche para todos sus compañeros de la Hermandad, de cuyo fallecimiento reciente me enteré en este viaje por boca de su hijo Javier Gutiérrez. Fueron muchas las veces que compartimos con Merche estos viajes y durante muchos años. Descanse en paz.

Juan José Alonso Panero

Las Rozas de Madrid, 29 de mayo de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

 

TENERIFE CON MI HIJA


No sé bien cómo comenzar este relato, que difiere totalmente de los que acostumbro a escribir acerca de mis viajes con la Hermandad de Jubilados de los ministerios de comercio, economía y hacienda. Este que escribo ahora es un viaje muy especial por las circunstancias que me han llevado a él. A ver si logro explicarme.


Mi hermana Charo, residente en Tenerife, es paciente oncológica va a hacer ya tres años el próximo marzo. La última vez que nos vimos fue en Astorga en el verano de 2021 y la última vez que yo había estado en Tenerife fue en 2017 con motivo del fallecimiento de mi otra hermana, Marisa, la gemela de Charo.

Durante los últimos tres años siempre he estado en contacto telefónico con Charo, llamándola siempre todos los lunes desde que la ingresaron en el hospital por primera vez en marzo de 2023, y tanto mis hijos, Mariano y Marisa, como yo, siempre hemos vivido a distancia los avatares de su enfermedad con numerosos ingresos hospitalarios.


El pasado mes de enero, a principios del mismo, mi hija Marisa me preguntó si no había pensado en desplazarme a Tenerife para darle un abrazo a mi hermana. Mi hijo Mariano, que mantiene una relación muy estrecha con su tía y con su marido, Javier de la Rosa, ya la había visitado un mes atrás, una visita más de las tantas que le ha hecho estos últimos años.


A la pregunta de mi hija Marisa le respondí que ya me consideraba incapaz de viajar solo en avión con todo lo que ello implica en la actualidad. Además llevo más de 20 años sin sacar personalmente un billete de avión ni tener que preocuparme de la logística. Los últimos años que pasé en activo en el ministerio hasta que me jubilé en 2015, los viajes de trabajo que hacía periódicamente a Bruselas cada dos meses me lo daban todo hecho y lo único que tenía que hacer era presentarme en el aeropuerto con los documentos que me habían proporcionado.


En cuanto a los muchos viajes que he hecho con la Hermandad de Jubilados, tres cuartos de lo mismo: no tenía que hacer nada porque ya nos lo dan todo resuelto y la Hermandad así como las agencias de viaje que colaboran con nosotros funcionan como un reloj suizo.

Vuelvo al principio. De modo que cuando le contesté a mi hija que me consideraba incapaz de desplazarme solo a Tenerife, me contestó rotundamente que no tenía que viajar solo, que ella me acompañaba y que se encargaba de toda la logística. En esa situación, le dije que sí sin dudarlo y únicamente le comenté que ya que íbamos a desplazarnos, lo único que le pedía era un pequeño capricho, pernoctar en el Hotel Mencey. Este hotel no solo es un 5 estrellas, es mucho más, es un símbolo de la isla desde principios de los años 50 del siglo pasado, y para mí, por las circunstancias que ahora explicaré (espero hacerlo en pocas líneas), es muy especial.


La que fue mi casa en Santa Cruz de Tenerife durante mi infancia y mi adolescencia hasta los 15 años se encontraba y se encuentra en la calle Teniente Martín Bencomo, justo a 100 metros del hotel Mencey, y por lo tanto el hotel fue siempre un lugar próximo en todos los sentidos: en sus jardines, junto con mis amigos, jugábamos, nos bañábamos en su piscina, 20 pesetas la entrada, y nos paseábamos por sus instalaciones como si estuviéramos en nuestra casa, siempre con el visto bueno del personal del hotel que nos conocían a todos, pues nuestros padres solían tomar el aperitivo muchos domingos en el hotel.

Citaré dos anécdotas que viví en el Mencey. En 1961, yo tenía 14 años, el Club Deportivo Tenerife ascendió a la primera división del fútbol español. Prácticamente la totalidad de los equipos que visitaban la isla se alojaban en el Hotel Mencey. Seguramente en la mañana de un domingo, mis amigos y yo jugábamos con una pelota en la gran rotonda central de césped del hotel cuando se nos acercó Enrique Collar, recientemente fallecido, extremo izquierdo del Atlético de Madrid, un gaditano simpatiquísimo que se puso a jugar con nosotros unos minutos. Yo siempre he pensado qué habría ocurrido si Collar se hubiera lesionado por hacer felices a unos adolescentes.

La otra anécdota es que cuando se alojó el Real Madrid en el hotel, el sábado en la noche nos bajamos a uno de los bares del Mencey y allí estuvimos departiendo con Puskas, Gento, Pachín… hasta que llegó Di Stéfano; nos vio y nos soltó tres palabras muy rotundas con muy malas pulgas: “¡Niños, coño, fuera!”, así que nos tuvimos que marchar con el rabo entre las piernas, pero nadie nos puede quitar el hecho de haber departido con ellos. Luego, al día siguiente, ya en el estadio Heliodoro Rodríguez López, les pude hacer fotos a todos ellos (cuyos negativos conservo como oro en paño) en el campo de juego antes de comenzar el partido. Quien me lea se estará preguntando que cómo fue eso posible; esa es otra historia que necesitaría otro artículo.

(Cuarenta años más tarde, en Estambul, en 2001, durante mi destino como Agregado Comercial, con motivo de un encuentro de Copa de Europa entre el Real Madrid y el Galatasaray, en una comida que organizó el Embajador en la residencia de verano de la Embajada, en Buyukdere, junto al Bósforo, tuve ocasión de departir con Amancio, Gento, Di Stéfano y Valdano, al lado del cual me tocó sentarme en el almuerzo. Le comenté a Gento lo acaecido 40 años atrás, pero no me atreví a decirle nada al gran Alfredo, que imponía). Hay documento gráfico del almuerzo:

https://jjalonsopanero.blogspot.com/search?q=Estambul

En fin, situémonos en la realidad del presente. El 4 de enero mi hija Marisa reservó el hotel y adquirió los billetes de avión al aeropuerto de Los Rodeos (siempre se llamó así y así lo seguiré llamando yo), ahora conocido como Tenerife Norte para distinguirlo del Reina Sofía, Tenerife Sur, con ida el viernes 30 de enero y regreso a Madrid el lunes 2 de febrero.

Lo que nadie podía prever, ya que mi hermana se encontraba relativamente bien en su apartamento de Santa Cruz, es que fuera a tener una recaída y la tuvieran que ingresar en el hospital justo el día antes de que nosotros llegáramos. En cualquier caso nunca pensamos en cancelar o posponer el viaje.

Viernes, 30 de enero

Así pues, el viernes 30 de enero, tras un vuelo con muchas turbulencias (de los peores que he hecho en mi ya larga vida) aterrizamos en Los Rodeos sobre las tres de la tarde. Habían ido a esperarnos mi hermano Paulino y su esposa Eva.



Nos inscribimos en el hotel, habitación 90, hermosa y acogedora, en la planta del entresuelo y tras deshacer las maletas nos dimos un pequeño paseo por los alrededores en mangas de camisa con un tiempo maravilloso, increíble para quienes habíamos sufrido una copiosa nevada en Las Rozas tres días atrás. Pasamos, justo enfrente del Hotel Mencey, en el lugar que se encontraba la Residencia Tamaide, que la derribaron hace años para levantar un nuevo edificio. Estuve hospedado en Tamaide, habitación 103 que daba a la Rambla, todo el año 1972 durante mi destino como Secretario de la Delegación Regional de Comercio, hoy en día Dirección Territorial de Comercio. Esa historia la cuento con pelos y señales en el prefacio del artículo correspondiente a mi viaje a la isla de La Palma en junio del pasado año con la Hermandad de Jubilados.

A las cinco de la tarde tomamos un taxi para desplazarnos al hospital, cercano a San Cristóbal de La Laguna, que es el que le corresponde a mi hermana, ya que su residencia habitual la tiene en La Laguna.

La gran diferencia que suponía el que hubiéramos podido visitar a mi hermana en el apartamento de Santa Cruz sin restricciones de ningún tipo, ahora se circunscribía a unas visitas muy estrictas entre las 17:00 y las 18:30 y siempre con sólo dos visitantes a la vez y con mascarilla, de modo que nos teníamos que alternar mi hija y yo con mis hermanos Paulino y Eva, así como con Javier, el esposo de mi hermana. Le dimos un abrazo muy emotivo a Charo y allí estuvimos departiendo, fundamentalmente escuchándola a ella, hasta que nos tuvimos que marchar.





Tomamos un taxi en las puertas del hospital y nos dirigimos al hotel. Marisa le había echado el ojo a uno de los restaurantes del hotel que le pareció ideal para cenar. Tenía como un comedor de juguete, una mesa redonda para cuatro comensales y una barra con seis cómodos asientos. El personal preparaba y servía los pedidos confeccionándolos a la vista de todos. El restaurante, dentro del hotel como ya he dicho, se llama Colmado 1917 y en él disfrutamos de una excelente cena que comenzó sobre las 20:00 horas.




Cuando acabamos, me fumé un cigarrillo en las puertas del hotel y nos adentramos en la vecina calle, mi calle, de Teniente Martín Bencomo, hoy en día repleta de coches aparcados, cuando en mi infancia tan solo solía estar el coche de mi padre como muestra la instantánea de 1961. Llegamos hasta casi el final de la calle a la que fue mi casa, muy bien cuidada hasta el extremo que puedo decir que era la más bonita de la calle. Aquí, recordando los tiempos en que jugaba con mis amigos al fútbol en esta vía (a lo mejor pasaba un coche cada media hora) me hizo mi hija varias fotos.



La ocasión se presta para que incluya en el relato una foto por mi muy querida. Es de mayo de 1956, a mi me faltaban dos meses para cumplir 9 años y la hizo mi padre con su recién adquirida Contax IIIa de Zeiss. En la foto estoy en el jardincillo (hoy en día desaparecido) que tenía la casa junto a las escaleras y que servía de separación con la de nuestros vecinos los Thomé. Me acompañan mis íntimos amigos, los hermanos Beautell Stroud, Fernando y Emilio, y los hermanos Thomé de Guezala, Federico y Fernando, desgraciadamente ya fallecidos ambos, que habitaban la casa vecina cuyas escaleras se ven en la foto. Aún hoy mantengo un estrecho contacto con Emilio Beautell, que es el rubio que se ve a la derecha en primer plano. Emilio, al igual que mi hermano Paulino y quien suscribe estas líneas es un hincha irredento del Real Madrid. Por último, antes de abandonar este párrafo una aclaración. Quien mire la foto le llamará la atención de ver a mis cuatro amigos vestidos con ropa de diario para jugar y quien suscribe estas líneas de traje con pajarita. Todo tiene una explicación, yo iba a acompañar a mi padre a la inauguración de una fábrica de la industria gráfica y me habían vestido “de domingo”. Han pasado casi 70 años, pero aún recuerdo muy bien ese día.


Salimos de la calle bajando por la avenida 25 de julio hasta desembocar en la cercana Rambla, que en mis tiempos se llamaba del General Franco y que ahora se llama Rambla de Santa Cruz. Nos acostamos temprano y ya teníamos programados los pasos que íbamos a dar al día siguiente.

Sábado, 31 de enero


Desayunamos sobre las 09:00 con el excelente buffet del hotel, y después nos fuimos andando hasta la pastelería de López Echeto, sita en la Rambla esquina con la calle Numancia. Esta pastelería tiene muchos recuerdos para mí; su obrador original estaba y sigue estando en San Cristóbal de La Laguna, muy cerca de la iglesia de la Concepción, en la calle San Antonio, y de niño recuerdo siempre los increíbles dulces (maravillosas las rosquillas de huevo, los tocinos de cielo, los petitsus…) que elaboraba don Luis López Echeto, aragonés de la quinta de mi padre. Después de muchísimos años de éxito la empresa que ha pasado a hijos y nietos, decidió abrir casa en Santa Cruz, en un lugar ideal, en una de las zonas más bonitas de la Rambla, próxima a la que fue mi casa así como al Hotel Mencey.


Puesto que íbamos a ir a comer a casa de mi hermano Paulino, le propuse a mi hija el adquirir en el obrador de López Echeto un surtido variado de dulces, y eso hicimos, siendo Marisa la que eligió todos los pasteles, con alguna indicación mía, pues no quería quedarme sin probar de nuevo, después de tantísimos años, las famosas rosquillas de huevo, así como los tocinos de cielo. Salimos de la dulcería y nos dirigimos dando un paseo por la Rambla hasta el hotel, donde nos iba a recoger Paulino. El paseo lo hacemos con un tiempo climatológico increíble para un 31 de enero, sobre los 20 grados, con un sol espléndido. A pesar de haber vivido tantos años en Canarias, sigo sorprendiéndome del maravilloso clima que disfrutan las islas, un auténtico tesoro.

A las 11:00 en punto nos recoge mi hermano en el hotel, y tal como habíamos programado nos dirigimos al cementerio municipal de Santa Lastenia, donde están enterrados mis padres, así como los dos hermanos fallecidos en la más tierna infancia.

Paulino encontró sitio para aparcar el coche con alguna dificultad, ya que el aparcamiento estaba repleto. Casualmente, el día anterior había fallecido Ricardo Melchior que fue presidente del Cabildo Insular de Tenerife, y que además era amigo mío de la infancia, y que siguió teniendo una íntima amistad con mis hermanas. De hecho, mi hermana Charo sintió muchísimo su pérdida y no dejó de poner en su Facebook una bonita foto actual de ella con Ricardo Melchior.

Aquí, frente al cementerio, tengo que recordar a mi hijo Mariano, que siempre que va a Tenerife no deja de visitar la tumba de sus abuelos; no sólo eso, sino que va preparado para limpiar la lápida del nicho y ponerle flores. La última vez, hace poco más de un mes, además, decidió adornar el nicho con unas bonitas flores artificiales.


Antes de entrar, en la floristería sita frente al complejo, adquirimos unos preciosos ramos de rosas amarillas y rojas, así como también otro de lirios para mi cuñada Eva, que cuando se abrieron al día siguiente lucían espectaculares.

Entramos al cementerio y casi sin dificultades, con la inestimable ayuda de Paulino, logramos encontrar el nicho de mis padres, que estaba impoluto tras la última visita de Mariano. Mi hija Marisa fue cortando e introduciendo las rosas entre las flores artificiales y les echamos además agua.



Cuando salimos nos dirigimos a la cercana casa de Paulino para dejar los dulces y a continuación, mi hermano descapotó su vehículo Renault y tras ponernos crema para el sol nos fuimos a dar un precioso paseo llegando hasta las cercanas localidades de Candelaria y Las Caletillas; en este último punto tuvieron mis padres en sus finales años de vida un apartamento, que mi esposa Eloísa y yo, entonces destinados en la vecina Gran Canaria, en Las Palmas, llegamos a disfrutar. Paramos en el paseo marítimo, donde Paulino logró encontrar un aparcamiento y estuvimos recorriendo el lugar a pie disfrutando del maravilloso tiempo, que había congregado a numerosos bañistas en la playa. Un auténtico lujo.


Ya en la casa de mi hermano, le dimos un abrazo a mi cuñada Eva así como a mi sobrino Paulino, al que hacía mucho tiempo que no veíamos, y por ello nos produjo una gran alegría el poder abrazarlo. Paulino hijo no sólo iba a comer con nosotros, sino que además, como profesional del ramo él se encargaba hoy de la cocina.


Tuvimos los cinco un almuerzo maravilloso con aperitivos de entrada y una paella de lujo confeccionada por Paulino. De postre cayó casi entera la bandeja de dulces de López Echeto, así como durante la comida tres botellas de vino Prieto Picudo de 2024 que estaban de muerte, y de remate más de una copita de Pedro Ximénez. Total, quien escribe estas líneas acabó ligeramente achispado. Durante el almuerzo mi hermano y yo estuvimos recordando tiempos de nuestra infancia en Tenerife, así como los años de nuestra adolescencia e incipiente juventud en Madrid, cuando nos quedamos solos en la casa de la calle Vallehermoso durante el destino de nuestros padres en Ginebra que se llevaron con ellos a nuestras hermanas. Este es el punto para decir que pocas veces lo he pasado tan bien como en esta ocasión; creo que todos disfrutamos como hacía muchísimo que no lo hacíamos.

Ya en la tarde fuimos de nuevo a visitar a mi hermana Charo al hospital. Allí nos encontramos con su marido Javier, y alternándonos de dos en dos fuimos entrando todos en la habitación de Charo, a la que contamos nuestras vivencias y sobre todo escuchamos sus palabras, pues mi hermana cuando empieza a hablar no acaba. Se la veía contenta, dentro de su particular situación y no dejamos de hablar, sobre todo Charo, de la malísima suerte de que la tuvieran que ingresar, cuando ella lo tenía ya todo preparado en su apartamento de Santa Cruz para nuestra visita. Qué se le va a hacer; está claro que el hombre propone y Dios dispone.

Cuando abandonamos el hospital nos dirigimos al hotel y luego, antes de cenar estuvimos una media hora sentados en un banco de la Rambla hasta las 8 de la tarde en que fuimos a La Tasca de Enfrente, que como su nombre indica está justo frente al Hotel Mencey desde hace casi 70 años. Marisa y yo nos sentamos en una mesa en la terraza y siguiendo las recomendaciones de mi hermana pedimos solomillo fileteado con salsa y tortilla de patatas con cebolla, que la sirvieron muy jugosa, como a mí me gusta. Marisa bebió vino tinto y yo cerveza, de las que cayeron dos cañas. La parte divertida de la cena fue “la amistad” que hizo mi hija con el matrimonio y una amiga que estaba sentado en la mesa de al lado, y que eran muy agradables; él acabó sirviéndole vino de su botella a mi hija mientras Marisa esperaba a que le trajeran otra copa. Lo pasamos muy bien.  

Domingo, 1 de febrero

Desayunamos con el magnífico buffet del Hotel sobre las nueve de la mañana, con tranquilidad, y tras pasar por la habitación abandonamos el Mencey para darnos el gran paseo que teníamos programado hasta la Plaza de España junto al mar.



Atravesamos la Rambla y nos introdujimos en el Parque Municipal García Sanabria, un símbolo de la isla y el pulmón de Santa Cruz. Fuimos recorriendo los lugares que yo vivía de niño mientras Marisa tomaba fotos con su iphone17. Al llegar al reloj de flores, un icono de Santa Cruz, nos detenemos y un amable señor de mi edad nos hace un par de fotos, juntos a padre e hija. Esta es la ocasión de contar que siempre he mirado este reloj de una manera muy cercana. La maquinaria del mismo se importó de Suiza en los años 50 del siglo pasado y la licencia de importación la firmó mi padre siendo el Delegado de Comercio en Santa Cruz de Tenerife. Durante mi destino en esta ciudad, en 1972, todos los días de lunes a viernes pasaba por delante del reloj en el trayecto que me llevaba, paseando, desde la Residencia Tamaide hasta la delegación de Comercio, en la calle del Pilar, 1. Creo que este es el lugar para comentar las fotos que inserto de mis hijos Mariano y Marisa de niños junto al reloj de flores. Las fotos son de julio de 1979 y corresponden al viaje que hicimos desde Ginebra, donde yo estaba destinado, hasta Santa Cruz, para asistir a la jubilación de mi padre que cumplía 70 años el 31 de julio.



Continuamos nuestro paseo bajando por la calle del Pilar hasta llegar a la esquina con Pérez Galdós, donde subimos y torcimos a la izquierda en Juan Padrón por donde se salía del garaje de la que fue, desde 1972, última morada de mis padres en Santa Cruz de Tenerife en la calle del Castillo; era un increíble y precioso piso triplex. Al llegar aquí, Marisa que en 1979 tenía 4 años, miraba hacia el balcón de la casa y decía que se acordaba perfectamente y que desde ese balcón había visto desfilar a su abuelo por la calle el 25 de julio, fecha conmemorativa en que la ciudad de Santa Cruz de Tenerife derrotó a la escuadra inglesa que intentaba invadir la isla; el Almirante Nelson, al mando de la escuadra, perdió aquí un brazo alcanzado por una bala del cañón Tigre.



Continuamos cuesta arriba por la calle del Castillo, hoy peatonal, hasta la Plaza de Weyler y la Capitanía General de Canarias, donde en 1936 era capitán general Francisco Franco; aquí topamos con una manifestación de los pro animales que gritaban como desaforados “Sí a la vida, no a la caza”.


Recorremos de nuevo hacia abajo la calle del Castillo, y nos detenemos en la tienda de Skechers. Antes, según subíamos, mi hija ya se había fijado en la tienda, y como estaba abierta (lo estaban todas las de la calle pese a ser domingo, probablemente porque al día siguiente, la Candelaria, era fiesta local, y además aprovechaban la invasión de turistas de dos grandes cruceros atracados en el muelle), Marisa me dijo que me iba a regalar unos zapatos maravillosos, que no tenían que ver nada con las deportivas que yo llevaba de El Ganso. Tras probarme varios Skechers acabé saliendo de la tienda con unos puestos, que no eran los más bonitos, pero eran los que me quedaban como un guante. Iba calle abajo como flotando, los zapatos son una maravilla y nunca le agradeceré bastante a mi hija el regalo.




Seguimos cuesta abajo y en Loterías y Apuestas del Estado Marisa cobra un reintegro de la Lotería de Navidad. Continuamos hasta la plaza de la Candelaria, también ahora peatonal, donde encontramos de nuevo a los manifestantes, y seguimos hasta la plaza de España, donde Marisa me toma numerosas fotos. Nos sentamos en un banco, donde me fumo un cigarrillo, y admiramos el panorama que desde aquí se vislumbra del centro de Santa Cruz.  El tiempo climatológico es increíble, con una temperatura ideal algo superior a los 20 grados y un cielo azul y diáfano sin una sola nube.



Tras el maravilloso paseo que disfrutamos, cogemos un taxi para regresar al hotel.

Nos recoge Javier a las dos y media, pues nos había invitado a comer en el Real Club Náutico. Nos sentamos en la terraza contemplando la vista del mar azul frente a nosotros, y aunque nos hacen esperar bastante hasta que nos sirven, además de la compañía de mi cuñado, disfrutamos de una fantástica comida, de la que recuerdo un maravilloso pato con una salsa increíble. Acabamos de comer ya pasadas las cuatro y media y en un taxi nos dirigimos hacia el hospital para visitar a mi hermana.


Ya en la habitación de Charo le comentamos nuestro día y lo bien que lo habíamos aprovechado y estuvimos con ella hasta las 18:30 en que teníamos que abandonar la habitación. Nos despedimos con emoción, y ya fuera hacemos lo propio con Paulino y Eva que regresan a su casa. Javier, Marisa y yo tomamos un taxi. Dejamos a Javier en su apartamento de Santa Cruz y nosotros seguimos hasta el hotel.

A las 20:15 cenamos en un restaurante adosado al hotel Mencey, KonTiki, ubicado en los jardines de la que fue casa, una increíble mansión, de Don Pedro Duque, hombre de mediana edad en mi adolescencia, delgado, calvo, alguien especial al que recuerdo de niño saltando desde el trampolín de 10 metros del Real Club Náutico, haciendo grandes alardes antes de tirarse espectacularmente. La cena, fantástica, al igual que la del Colmado 1917, fue también de diseño y veíamos cómo la iban preparando a la vista de los comensales.

Nos acostamos pronto.

Lunes, 2 de febrero

Último desayuno buffet en el hotel. Nos despedimos en recepción y tomamos un taxi que nos lleva sin atasco (hoy, día de la Candelaria es fiesta local) hasta el aeropuerto. El taxista, muy canario, nos despide diciéndonos que la Virgen de la Candelaria nos proteja.

Con las ventajas que disfruta Marisa por sus muchos vuelos transoceánicos, igual que hicimos en Madrid, vamos a la sala VIP.

Despegamos poco después de las 11:30 hora canaria, y llegamos a Madrid, tras un vuelo apacible, antes de las tres de la tarde.

Nos recibe Madrid con restos de lluvia y 9 grados de temperatura.

Recogemos el coche de mi hija en el aparcamiento.

Antes de las 16:00 estoy en casa.

Este ha sido un viaje muy especial; especial por las circunstancias que me llevaron a hacerlo, que no hubiera deseado que existieran, pero no se puede luchar contra la realidad. Además, corrimos con la mala suerte del ingreso hospitalario de Charo, cuando ella, con gran amor, había preparado todo en su apartamento para que la pudiéramos visitar en familia y sin restricciones. La realidad nos impuso otras reglas y a ellas tuvimos que atenernos.

Lamentando la parte negativa del viaje, afortunadamente conté con la compañía de mi hija, que fue muy especial para mí y me faltan las palabras para describir mis sentimientos.

Espero que todo aquel que lea estas líneas haya encontrado interesante todo lo que en ellas narro de los cuatro días que mi hija y yo pasamos en Tenerife.

Acabo. Este relato es un regalo que le hago a mi hermana. Ya que no pude estar con ella todo el tiempo que habría deseado, que ella pueda disfrutar leyendo las vivencias de su hermano mayor y de su sobrina en los cuatro días que pasamos en Tenerife. ¡Va por ti, Charo! Muchísimos besos.

Juan José Alonso Panero

Las Rozas de Madrid, 7 de febrero de 2026