TENERIFE CON MI HIJA
No sé bien cómo comenzar
este relato, que difiere totalmente de los que acostumbro a escribir acerca de
mis viajes con la Hermandad de Jubilados de los ministerios de comercio,
economía y hacienda. Este que escribo ahora es un viaje muy especial por las
circunstancias que me han llevado a él. A ver si logro explicarme.
Mi hermana Charo,
residente en Tenerife, es paciente oncológica va a hacer ya tres años el
próximo marzo. La última vez que nos vimos fue en Astorga en el verano de 2021
y la última vez que yo había estado en Tenerife fue en 2017 con motivo del
fallecimiento de mi otra hermana, Marisa, la gemela de Charo.
Durante los últimos tres
años siempre he estado en contacto telefónico con Charo, llamándola siempre todos
los lunes desde que la ingresaron en el hospital por primera vez en marzo de
2023, y tanto mis hijos, Mariano y Marisa, como yo, siempre hemos vivido a
distancia los avatares de su enfermedad con numerosos ingresos hospitalarios.
El pasado mes de enero, a
principios del mismo, mi hija Marisa me preguntó si no había pensado en
desplazarme a Tenerife para darle un abrazo a mi hermana. Mi hijo Mariano,
que mantiene una relación muy estrecha con su tía y con su marido, Javier de la
Rosa, ya la había visitado un mes atrás, una visita más de las
tantas que le ha hecho estos últimos años.
A la pregunta de mi hija Marisa
le respondí que ya me consideraba incapaz de viajar solo en avión con todo lo
que ello implica en la actualidad. Además llevo más de 20 años sin sacar
personalmente un billete de avión ni tener que preocuparme de la logística. Los
últimos años que pasé en activo en el ministerio hasta que me jubilé en 2015,
los viajes de trabajo que hacía periódicamente a Bruselas cada dos meses me lo
daban todo hecho y lo único que tenía que hacer era presentarme en el
aeropuerto con los documentos que me habían proporcionado.
En cuanto a los muchos
viajes que he hecho con la Hermandad de Jubilados, tres cuartos de lo mismo: no
tenía que hacer nada porque ya nos lo dan todo resuelto y la Hermandad así como
las agencias de viaje que colaboran con nosotros funcionan como un reloj suizo.
Vuelvo al principio. De
modo que cuando le contesté a mi hija que me consideraba incapaz de desplazarme
solo a Tenerife, me contestó rotundamente que no tenía que viajar solo, que
ella me acompañaba y que se encargaba de toda la logística. En esa situación,
le dije que sí sin dudarlo y únicamente le comenté que ya que íbamos a
desplazarnos, lo único que le pedía era un pequeño capricho, pernoctar en el
Hotel Mencey. Este hotel no solo es un 5 estrellas, es mucho más, es un símbolo
de la isla desde principios de los años 50 del siglo pasado, y para mí, por las
circunstancias que ahora explicaré (espero hacerlo en pocas líneas), es muy
especial.
La que fue mi casa en
Santa Cruz de Tenerife durante mi infancia y mi adolescencia hasta los 15 años
se encontraba y se encuentra en la calle Teniente Martín Bencomo, justo a 100 metros
del hotel Mencey, y por lo tanto el hotel fue siempre un lugar próximo en todos
los sentidos: en sus jardines, junto con mis amigos, jugábamos, nos bañábamos
en su piscina, 20 pesetas la entrada, y nos paseábamos por sus instalaciones
como si estuviéramos en nuestra casa, siempre con el visto bueno del personal
del hotel que nos conocían a todos, pues nuestros padres solían tomar el
aperitivo muchos domingos en el hotel.
Citaré dos anécdotas que
viví en el Mencey. En 1961, yo tenía 14 años, el Club Deportivo Tenerife
ascendió a la primera división del fútbol español. Prácticamente la totalidad
de los equipos que visitaban la isla se alojaban en el Hotel Mencey. Seguramente
en la mañana de un domingo, mis amigos y yo jugábamos con una pelota en la gran
rotonda central de césped del hotel cuando se nos acercó Enrique Collar, recientemente
fallecido, extremo izquierdo del Atlético de Madrid, un gaditano simpatiquísimo
que se puso a jugar con nosotros unos minutos. Yo siempre he pensado qué habría
ocurrido si Collar
se hubiera lesionado por hacer felices a unos adolescentes.
La otra anécdota es que
cuando se alojó el Real Madrid en el hotel, el sábado en la noche nos bajamos a
uno de los bares del Mencey y allí estuvimos departiendo con Puskas,
Gento,
Pachín…
hasta que llegó Di
Stéfano; nos vio y nos soltó tres palabras muy rotundas con muy
malas pulgas: “¡Niños, coño, fuera!”, así que nos tuvimos que marchar con el
rabo entre las piernas, pero nadie nos puede quitar el hecho de haber departido
con ellos. Luego, al día siguiente, ya en el estadio Heliodoro Rodríguez López, les
pude hacer fotos a todos ellos (cuyos negativos conservo como oro en paño) en
el campo de juego antes de comenzar el partido. Quien me lea se estará
preguntando que cómo fue eso posible; esa es otra historia que necesitaría otro
artículo.
(Cuarenta
años más tarde, en Estambul, en 2001, durante mi destino como Agregado
Comercial, con motivo de un encuentro de Copa de Europa entre el Real Madrid y
el Galatasaray, en una comida que organizó el Embajador en la residencia de
verano de la Embajada, en Buyukdere, junto al Bósforo, tuve ocasión de departir
con Amancio,
Gento,
Di Stéfano
y Valdano,
al lado del cual me tocó sentarme en el almuerzo. Le comenté a Gento
lo acaecido 40 años atrás, pero no me atreví a decirle nada al gran Alfredo,
que imponía). Hay documento gráfico del almuerzo:
https://jjalonsopanero.blogspot.com/search?q=Estambul
En fin, situémonos en la
realidad del presente. El 4 de enero mi hija Marisa reservó el hotel y
adquirió los billetes de avión al aeropuerto de Los Rodeos (siempre se llamó
así y así lo seguiré llamando yo), ahora conocido como Tenerife Norte para
distinguirlo del Reina Sofía, Tenerife Sur, con ida el viernes 30 de enero y
regreso a Madrid el lunes 2 de febrero.
Lo que nadie podía prever,
ya que mi hermana se encontraba relativamente bien en su apartamento de Santa
Cruz, es que fuera a tener una recaída y la tuvieran que ingresar en el
hospital justo el día antes de que nosotros llegáramos. En cualquier caso nunca
pensamos en cancelar o posponer el viaje.
Viernes, 30 de enero
Así pues, el viernes 30 de
enero, tras un vuelo con muchas turbulencias (de los peores que he hecho en mi
ya larga vida) aterrizamos en Los Rodeos sobre las tres de la tarde. Habían ido
a esperarnos mi hermano Paulino y su esposa Eva.


Nos inscribimos en el
hotel, habitación 90, hermosa y acogedora, en la planta del entresuelo y tras
deshacer las maletas nos dimos un pequeño paseo por los alrededores en mangas
de camisa con un tiempo maravilloso, increíble para quienes habíamos sufrido
una copiosa nevada en Las Rozas tres días atrás. Pasamos, justo enfrente del
Hotel Mencey, en el lugar que se encontraba la Residencia Tamaide, que la
derribaron hace años para levantar un nuevo edificio. Estuve hospedado en
Tamaide, habitación 103 que daba a la Rambla, todo el año 1972 durante mi
destino como Secretario de la Delegación Regional de Comercio, hoy en día
Dirección Territorial de Comercio. Esa historia la cuento con pelos y señales
en el prefacio del artículo correspondiente a mi viaje a la isla de La Palma en
junio del pasado año con la Hermandad de Jubilados.
A las cinco de la tarde
tomamos un taxi para desplazarnos al hospital, cercano a San Cristóbal de La
Laguna, que es el que le corresponde a mi hermana, ya que su residencia
habitual la tiene en La Laguna.
La gran diferencia que
suponía el que hubiéramos podido visitar a mi hermana en el apartamento de
Santa Cruz sin restricciones de ningún tipo, ahora se circunscribía a unas
visitas muy estrictas entre las 17:00 y las 18:30 y siempre con sólo dos
visitantes a la vez y con mascarilla, de modo que nos teníamos que alternar mi
hija y yo con mis hermanos Paulino y Eva, así como con Javier, el esposo de mi hermana.
Le dimos un abrazo muy emotivo a Charo y allí estuvimos departiendo,
fundamentalmente escuchándola a ella, hasta que nos tuvimos que marchar.
Tomamos un taxi en las
puertas del hospital y nos dirigimos al hotel. Marisa le había echado el ojo a
uno de los restaurantes del hotel que le pareció ideal para cenar. Tenía como
un comedor de juguete, una mesa redonda para cuatro comensales y una barra con
seis cómodos asientos. El personal preparaba y servía los pedidos confeccionándolos
a la vista de todos. El restaurante, dentro del hotel como ya he dicho, se
llama Colmado 1917 y en él disfrutamos de una excelente cena que comenzó sobre
las 20:00 horas.
Cuando acabamos, me fumé
un cigarrillo en las puertas del hotel y nos adentramos en la vecina calle, mi
calle, de Teniente
Martín Bencomo, hoy en día repleta de coches aparcados, cuando en mi
infancia tan solo solía estar el coche de mi padre como muestra la instantánea
de 1961. Llegamos hasta casi el final de la calle a la que fue mi casa, muy
bien cuidada hasta el extremo que puedo decir que era la más bonita de la
calle. Aquí, recordando los tiempos en que jugaba con mis amigos al fútbol en
esta vía (a lo mejor pasaba un coche cada media hora) me hizo mi hija varias
fotos.
La ocasión se presta para
que incluya en el relato una foto por mi muy querida. Es de mayo de 1956, a mi
me faltaban dos meses para cumplir 9 años y la hizo mi padre con su recién
adquirida Contax IIIa de Zeiss. En la foto estoy en el jardincillo (hoy en día
desaparecido) que tenía la casa junto a las escaleras y que servía de
separación con la de nuestros vecinos los Thomé. Me acompañan mis íntimos amigos, los
hermanos Beautell
Stroud, Fernando y Emilio, y los hermanos Thomé
de Guezala,
Federico
y Fernando,
desgraciadamente ya fallecidos ambos, que habitaban la casa vecina cuyas
escaleras se ven en la foto. Aún hoy mantengo un estrecho contacto con Emilio Beautell,
que es el rubio que se ve a la derecha en primer plano. Emilio, al igual que mi hermano Paulino
y quien suscribe estas líneas es un hincha irredento del Real Madrid. Por
último, antes de abandonar este párrafo una aclaración. Quien mire la foto le
llamará la atención de ver a mis cuatro amigos vestidos con ropa de diario para
jugar y quien suscribe estas líneas de traje con pajarita. Todo tiene una
explicación, yo iba a acompañar a mi padre a la inauguración de una fábrica de
la industria gráfica y me habían vestido “de domingo”. Han pasado casi 70 años,
pero aún recuerdo muy bien ese día.
Salimos de la calle
bajando por la avenida 25 de julio hasta desembocar en la cercana Rambla, que
en mis tiempos se llamaba del General Franco y que ahora se llama Rambla de
Santa Cruz. Nos acostamos temprano y ya teníamos programados los pasos que
íbamos a dar al día siguiente.
Sábado, 31 de enero
Desayunamos sobre las
09:00 con el excelente buffet del hotel, y después nos fuimos andando hasta la
pastelería de López
Echeto, sita en la Rambla esquina con la calle Numancia. Esta
pastelería tiene muchos recuerdos para mí; su obrador original estaba y sigue
estando en San Cristóbal de La Laguna, muy cerca de la iglesia de la
Concepción, en la calle San Antonio, y de niño recuerdo siempre los increíbles
dulces (maravillosas las rosquillas de huevo, los tocinos de cielo, los petitsus…)
que elaboraba don Luis López Echeto, aragonés de la quinta de mi
padre. Después de muchísimos años de éxito la empresa que ha pasado a hijos y
nietos, decidió abrir casa en Santa Cruz, en un lugar ideal, en una de las
zonas más bonitas de la Rambla, próxima a la que fue mi casa así como al Hotel
Mencey.
Puesto que íbamos a ir a
comer a casa de mi hermano Paulino, le propuse a mi hija el adquirir en
el obrador de López
Echeto un surtido variado de dulces, y eso hicimos, siendo Marisa
la que eligió todos los pasteles, con alguna indicación mía, pues no quería
quedarme sin probar de nuevo, después de tantísimos años, las famosas
rosquillas de huevo, así como los tocinos de cielo. Salimos de la dulcería y
nos dirigimos dando un paseo por la Rambla hasta el hotel, donde nos iba a
recoger Paulino.
El paseo lo hacemos con un tiempo climatológico increíble para un 31 de enero,
sobre los 20 grados, con un sol espléndido. A pesar de haber vivido tantos años
en Canarias, sigo sorprendiéndome del maravilloso clima que disfrutan las
islas, un auténtico tesoro.
A las 11:00 en punto nos
recoge mi hermano en el hotel, y tal como habíamos programado nos dirigimos al
cementerio municipal de Santa Lastenia, donde están enterrados mis padres, así
como los dos hermanos fallecidos en la más tierna infancia.
Paulino encontró sitio para aparcar el coche
con alguna dificultad, ya que el aparcamiento estaba repleto. Casualmente, el
día anterior había fallecido Ricardo Melchior que fue presidente del
Cabildo Insular de Tenerife, y que además era amigo mío de la infancia, y que
siguió teniendo una íntima amistad con mis hermanas. De hecho, mi hermana Charo
sintió muchísimo su pérdida y no dejó de poner en su Facebook una bonita foto
actual de ella con Ricardo Melchior.
Aquí, frente al
cementerio, tengo que recordar a mi hijo Mariano, que siempre que va a Tenerife no deja
de visitar la tumba de sus abuelos; no sólo eso, sino que va preparado para
limpiar la lápida del nicho y ponerle flores. La última vez, hace poco más de
un mes, además, decidió adornar el nicho con unas bonitas flores artificiales.
Antes de entrar, en la
floristería sita frente al complejo, adquirimos unos preciosos ramos de rosas
amarillas y rojas, así como también otro de lirios para mi cuñada Eva,
que cuando se abrieron al día siguiente lucían espectaculares.Entramos al cementerio y
casi sin dificultades, con la inestimable ayuda de Paulino, logramos encontrar el
nicho de mis padres, que estaba impoluto tras la última visita de Mariano.
Mi hija Marisa
fue cortando e introduciendo las rosas entre las flores artificiales y les echamos
además agua.
Cuando salimos nos
dirigimos a la cercana casa de Paulino para dejar los dulces y a
continuación, mi hermano descapotó su vehículo Renault y tras ponernos crema
para el sol nos fuimos a dar un precioso paseo llegando hasta las cercanas
localidades de Candelaria y Las Caletillas; en este último punto tuvieron mis
padres en sus finales años de vida un apartamento, que mi esposa Eloísa
y yo, entonces destinados en la vecina Gran Canaria, en Las Palmas, llegamos a
disfrutar. Paramos en el paseo marítimo, donde Paulino logró encontrar un
aparcamiento y estuvimos recorriendo el lugar a pie disfrutando del maravilloso
tiempo, que había congregado a numerosos bañistas en la playa. Un auténtico
lujo.
Ya en la casa de mi
hermano, le dimos un abrazo a mi cuñada Eva así como a mi sobrino Paulino, al que hacía mucho
tiempo que no veíamos, y por ello nos produjo una gran alegría el poder
abrazarlo. Paulino
hijo no sólo iba a comer con nosotros, sino que además, como profesional del
ramo él se encargaba hoy de la cocina.Tuvimos los cinco un
almuerzo maravilloso con aperitivos de entrada y una paella de lujo
confeccionada por Paulino. De postre cayó casi entera la bandeja
de dulces de López
Echeto, así como durante la comida tres botellas de vino Prieto
Picudo de 2024 que estaban de muerte, y de remate más de una copita de Pedro
Ximénez. Total, quien escribe estas líneas acabó ligeramente achispado. Durante
el almuerzo mi hermano y yo estuvimos recordando tiempos de nuestra infancia en
Tenerife, así como los años de nuestra adolescencia e incipiente juventud en
Madrid, cuando nos quedamos solos en la casa de la calle Vallehermoso durante
el destino de nuestros padres en Ginebra que se llevaron con ellos a nuestras
hermanas. Este es el punto para decir que pocas veces lo he pasado tan bien
como en esta ocasión; creo que todos disfrutamos como hacía muchísimo que no lo
hacíamos.
Ya en la tarde fuimos de
nuevo a visitar a mi hermana Charo al hospital. Allí nos encontramos con su
marido Javier,
y alternándonos de dos en dos fuimos entrando todos en la habitación de Charo,
a la que contamos nuestras vivencias y sobre todo escuchamos sus palabras, pues
mi hermana cuando empieza a hablar no acaba. Se la veía contenta, dentro de su
particular situación y no dejamos de hablar, sobre todo Charo, de la malísima suerte de
que la tuvieran que ingresar, cuando ella lo tenía ya todo preparado en su
apartamento de Santa Cruz para nuestra visita. Qué se le va a hacer; está claro
que el hombre propone y Dios dispone.
Cuando abandonamos el
hospital nos dirigimos al hotel y luego, antes de cenar estuvimos una media
hora sentados en un banco de la Rambla hasta las 8 de la tarde en que fuimos a
La Tasca de Enfrente, que como su nombre indica está justo frente al Hotel
Mencey desde hace casi 70 años. Marisa y yo nos sentamos en una mesa en la
terraza y siguiendo las recomendaciones de mi hermana pedimos solomillo
fileteado con salsa y tortilla de patatas con cebolla, que la sirvieron muy
jugosa, como a mí me gusta. Marisa bebió vino tinto y yo cerveza, de las
que cayeron dos cañas. La parte divertida de la cena fue “la amistad” que hizo
mi hija con el matrimonio y una amiga que estaba sentado en la mesa de al lado,
y que eran muy agradables; él acabó sirviéndole vino de su botella a mi hija
mientras Marisa
esperaba a que le trajeran otra copa. Lo pasamos muy bien.
Domingo, 1 de febrero
Desayunamos con el
magnífico buffet del Hotel sobre las nueve de la mañana, con tranquilidad, y
tras pasar por la habitación abandonamos el Mencey para darnos el gran paseo que
teníamos programado hasta la Plaza de España junto al mar.



Atravesamos la Rambla y
nos introdujimos en el Parque Municipal García Sanabria, un símbolo de la isla y el
pulmón de Santa Cruz. Fuimos recorriendo los lugares que yo vivía de niño
mientras Marisa
tomaba fotos con su iphone17. Al llegar
al reloj de flores, un icono de Santa Cruz, nos detenemos y un amable señor de
mi edad nos hace un par de fotos, juntos a padre e hija. Esta es la ocasión de
contar que siempre he mirado este reloj de una manera muy cercana. La
maquinaria del mismo se importó de Suiza en los años 50 del siglo pasado y la
licencia de importación la firmó mi padre siendo el Delegado de Comercio en
Santa Cruz de Tenerife. Durante mi destino en esta ciudad, en 1972, todos los
días de lunes a viernes pasaba por delante del reloj en el trayecto que me
llevaba, paseando, desde la Residencia Tamaide hasta la delegación de Comercio,
en la calle del Pilar, 1. Creo que este es el lugar para comentar las fotos que
inserto de mis hijos Mariano y Marisa de niños junto al reloj de flores. Las
fotos son de julio de 1979 y corresponden al viaje que hicimos desde Ginebra,
donde yo estaba destinado, hasta Santa Cruz, para asistir a la jubilación de mi
padre que cumplía 70 años el 31 de julio.


Continuamos nuestro paseo
bajando por la calle del Pilar hasta llegar a la esquina con Pérez Galdós,
donde subimos y torcimos a la izquierda en Juan Padrón por donde se salía del
garaje de la que fue, desde 1972, última morada de mis padres en Santa Cruz de
Tenerife en la calle del Castillo; era un increíble y precioso piso triplex. Al
llegar aquí, Marisa
que en 1979 tenía 4 años, miraba hacia el balcón de la casa y decía que se
acordaba perfectamente y que desde ese balcón había visto desfilar a su abuelo
por la calle el 25 de julio, fecha conmemorativa en que la ciudad de Santa Cruz
de Tenerife derrotó a la escuadra inglesa que intentaba invadir la isla; el
Almirante Nelson,
al mando de la escuadra, perdió aquí un brazo alcanzado por una bala del cañón
Tigre.
Continuamos cuesta arriba
por la calle del Castillo, hoy peatonal, hasta la Plaza de Weyler y la
Capitanía General de Canarias, donde en 1936 era capitán general Francisco
Franco; aquí topamos con una manifestación de los pro animales que
gritaban como desaforados “Sí a la vida, no a la caza”.
Recorremos de nuevo hacia
abajo la calle del Castillo, y nos detenemos en la tienda de Skechers. Antes, según subíamos, mi hija
ya se había fijado en la tienda, y como estaba abierta (lo estaban todas las de
la calle pese a ser domingo, probablemente porque al día siguiente, la
Candelaria, era fiesta local, y además aprovechaban la invasión de turistas de
dos grandes cruceros atracados en el muelle), Marisa me dijo que me iba a
regalar unos zapatos maravillosos, que no tenían que ver nada con las
deportivas que yo llevaba de El Ganso. Tras probarme varios Skechers acabé saliendo de la tienda con
unos puestos, que no eran los más bonitos, pero eran los que me quedaban como
un guante. Iba calle abajo como flotando, los zapatos son una maravilla y nunca
le agradeceré bastante a mi hija el regalo.
Seguimos cuesta abajo y en
Loterías y Apuestas del Estado Marisa cobra un reintegro de la Lotería de
Navidad. Continuamos hasta la plaza de la Candelaria, también ahora peatonal, donde
encontramos de nuevo a los manifestantes, y seguimos hasta la plaza de España, donde
Marisa
me toma numerosas fotos. Nos sentamos en un banco, donde me fumo un cigarrillo,
y admiramos el panorama que desde aquí se vislumbra del centro de Santa Cruz. El tiempo climatológico es increíble, con una
temperatura ideal algo superior a los 20 grados y un cielo azul y diáfano sin
una sola nube.
Tras el maravilloso paseo
que disfrutamos, cogemos un taxi para regresar al hotel.
Nos recoge Javier
a las dos y media, pues nos había invitado a comer en el Real Club Náutico. Nos
sentamos en la terraza contemplando la vista del mar azul frente a nosotros, y
aunque nos hacen esperar bastante hasta que nos sirven, además de la compañía
de mi cuñado, disfrutamos de una fantástica comida, de la que recuerdo un
maravilloso pato con una salsa increíble. Acabamos de comer ya pasadas las
cuatro y media y en un taxi nos dirigimos hacia el hospital para visitar a mi
hermana.
Ya en la habitación de Charo
le comentamos nuestro día y lo bien que lo habíamos aprovechado y estuvimos con
ella hasta las 18:30 en que teníamos que abandonar la habitación. Nos
despedimos con emoción, y ya fuera hacemos lo propio con Paulino y Eva que regresan a su casa. Javier,
Marisa
y yo tomamos un taxi. Dejamos a Javier en su apartamento de Santa Cruz y
nosotros seguimos hasta el hotel.
A las 20:15 cenamos en un
restaurante adosado al hotel Mencey, KonTiki, ubicado en los jardines de la que
fue casa, una increíble mansión, de Don Pedro Duque, hombre de mediana edad en mi
adolescencia, delgado, calvo, alguien especial al que recuerdo de niño saltando
desde el trampolín de 10 metros del Real Club Náutico, haciendo grandes alardes
antes de tirarse espectacularmente. La cena, fantástica, al igual que la del
Colmado 1917, fue también de diseño y veíamos cómo la iban preparando a la
vista de los comensales.
Nos acostamos pronto.
Lunes, 2 de febrero
Último desayuno buffet en
el hotel. Nos despedimos en recepción y tomamos un taxi que nos lleva sin
atasco (hoy, día de la Candelaria es fiesta local) hasta el aeropuerto. El
taxista, muy canario, nos despide diciéndonos que la Virgen de la Candelaria
nos proteja.
Con las ventajas que
disfruta Marisa
por sus muchos vuelos transoceánicos, igual que hicimos en Madrid, vamos a la
sala VIP.
Despegamos poco después de
las 11:30 hora canaria, y llegamos a Madrid, tras un vuelo apacible, antes de
las tres de la tarde.
Nos recibe Madrid con
restos de lluvia y 9 grados de temperatura.
Recogemos el coche de mi
hija en el aparcamiento.
Antes de las 16:00 estoy
en casa.
Este ha sido un viaje muy
especial; especial por las circunstancias que me llevaron a hacerlo, que no
hubiera deseado que existieran, pero no se puede luchar contra la realidad.
Además, corrimos con la mala suerte del ingreso hospitalario de Charo,
cuando ella, con gran amor, había preparado todo en su apartamento para que la
pudiéramos visitar en familia y sin restricciones. La realidad nos impuso otras
reglas y a ellas tuvimos que atenernos.
Lamentando la parte
negativa del viaje, afortunadamente conté con la compañía de mi hija, que fue
muy especial para mí y me faltan las palabras para describir mis sentimientos.
Espero que todo aquel que
lea estas líneas haya encontrado interesante todo lo que en ellas narro de los
cuatro días que mi hija y yo pasamos en Tenerife.
Acabo. Este relato es un
regalo que le hago a mi hermana. Ya que no pude estar con ella todo el tiempo
que habría deseado, que ella pueda disfrutar leyendo las vivencias de su
hermano mayor y de su sobrina en los cuatro días que pasamos en Tenerife. ¡Va
por ti, Charo!
Muchísimos besos.
Juan José Alonso Panero
Las Rozas de Madrid, 7 de
febrero de 2026