domingo, 14 de abril de 2013

ESTAMBUL EN EL RECUERDO



Nota aclaratoria: el presente relato nada tiene en común con mis historias anteriores. No voy a hablar de unos días de vacaciones pasados en Lisboa, París, León o Santiago de Compostela. En esta ocasión voy a contar, al menos voy a intentarlo a través de unas pocas pinceladas, parte de mi vida en los nueve años que, en dos etapas, viví destinado en Estambul.
Por pura lógica, en esta ocasión tengo que citar los nombres de aquellas personas que en el transcurso de los nueve años vividos en Estambul, tuvieron alguna relación cercana conmigo, y que por lo tanto figuran en esta historia. Espero que, si me leen, sepan perdonarme cualquier posible error, y sean benevolentes con mis opiniones, siempre bienintencionadas.


Por vez primera, en los ya casi cuatro años que llevo escribiendo en mi blog,  asumo el riesgo de emitir juicios de valor. Siempre he procurado ser fiel a la verdad, y en esta ocasión no iba a ser menos. No obstante, soy consciente de que esa verdad me puede acarrear algún sinsabor. Ojalá no sea así y me equivoque. En cualquier caso, en esta vida, todo tiene un precio. Estoy dispuesto a aceptarlo.


Las fotos de esta historia: las fotografías de esta historia están realizadas entre los años 1991 y 1998 con dos cámaras réflex analógicas, Contax RTS I y Contax 139 Quartz, equipadas con tres objetivos Carl Zeiss: Distagon 28mm f/2,8; Planar 50mm f/1,4 y Sonnar 135mm f/2,8. También hice uso de una Contax IIIa de telémetro equipada con un objetivo Carl Zeiss Sonnar 50mm f/1,5 y una pequeña cámara compacta, Agfa Optima 1035.
Alguna de las imágenes, acusan el paso del tiempo en los negativos, pese al mucho cuidado que siempre he puesto en conservarlos adecuadamente y al mimo con que procedí a escanearlos. Es más que posible que su revelado no fuera el adecuado, y aunque he procurado restaurar aquellas más deterioradas, no siempre el resultado ha sido el que me habría gustado.
He utilizado, también, a fin de complementar mi relato, unas magníficas fotografías realizadas por mi hijo Mariano. Se hicieron en diciembre de 2006 con una cámara digital Panasonic DMC FZ7.
Por último no he podido resistir la tentación de incluir cuatro imágenes emblemáticas del más famoso fotógrafo turco, reconocido a nivel mundial: Ara Güler.


INTRODUCCIÓN

Mi amiga Celia es la “culpable” de que me haya puesto a escribir estas líneas. Hace ahora un año, se desplazó a Turquía por motivos profesionales. Estuvo casi una semana en Ankara. Aunque yo le insistí para que no dejara de visitar Estambul, que aprovechara el fin de semana, aunque solo fueran dos días, pudo más “la llamada” de sus hijos y marido.
Ahora, hace unos días, me comentó que muy probablemente tendría que volver de nuevo a Ankara por los mismos motivos de trabajo que la llevaron allí hace un año.
- Bueno, espero que esta vez encuentres un hueco para desplazarte a Estambul.


Para mi sorpresa, me dijo que sí, que lo estaba pensando seriamente, y que incluso había hablado con sus hermanas para encontrarse allí las tres.

- Pues ya sabes, si al final vais, espero que hagas uso de mi guía. Dudo que tengas amistad con alguien que conozca Estambul mejor que yo. Como sabes, viví allí nueve años.

- Por supuesto que utilizaría tu guía, aunque la verdad, con la de cosas que me has contado de Estambul, casi ni la necesitaría.

Entonces me dije que, independientemente de mi guía de Estambul, colgada en la Web de mi hermano


iba a hacer algo que entraba dentro de mis planes desde hace mucho tiempo. De hecho, ya lo había dejado por escrito en uno de mis relatos anteriores, donde decía que entre mis proyectos futuros estaba el hablar de aquellas ciudades en las que había vivido.
(Este párrafo que escribo ahora, esta intercalado al anterior y al que le sigue, en fecha posterior. Soco, mi otra gran amiga, “me ha hecho la misma jugada”, hace exactamente una semana, que Celia un año atrás. Se ha desplazado a Ankara en idénticas condiciones de trabajo que la güera, y tampoco Soco ha alargado su visita a Turquía pasando el fin de semana a orillas del Bósforo).


Pues bien, le había llegado la hora a Estambul, e iba a tratar de escribir algo sobre la inmemorial Bizancio que “empujara” de una forma definitiva a Celia a no escaquearse esta vez. Iba a escribir “mi historia”, pero iba a tratar de hacer algo más, poner los cinco sentidos en describir la ciudad, en desentrañar su corazón, mis vivencias, mi sentir mientras deambulaba por las calles de la antigua Constantinopla, un relato que complementara mi guía y que estuviera a la vez vivo, que se sintiera que quien escribía estas líneas, había amado esa ciudad como pocas cosas en su vida.
Al menos, voy a intentarlo.

EL PRINCIPIO DE TODO

El 31 de agosto de 1990, después de cinco años exactos en mi puesto, cesé en mi destino en la oficina comercial de España en Los Ángeles, California.

Dos días después, tras una escala con noche pasada en Madrid, tomé posesión como jefe de la oficina comercial de España en Estambul. Fue un lunes, 3 de septiembre, y me convertí en el primer agregado comercial de la recién abierta oficina. Exagerando la nota, en poco más de 48 horas, había pasado del siglo XXI –al que aún le faltaban 10 años para nacer-, al siglo XIX.



Así, tras leer los dos párrafos anteriores, la cosa parece muy simple. En realidad, no lo fue. 
 
Expirado el plazo máximo establecido en nuestros destinos en el extranjero, sabía ya desde un año antes, que en septiembre de 1990 estaría de regreso en casa, es decir, Madrid.
Sin embargo, el hombre propone y Dios dispone. En junio de 1990, salió a concurso, en convocatoria extraordinaria, -ya que en la ordinaria, que tuvo lugar dos meses antes, no fue posible hacerlo por no estar aún terminados todos los requisitos legales que permitían la apertura de una nueva dependencia estatal en el extranjero-, la oficina comercial de España en Estambul.

Cuando me llegó la convocatoria a través de fax (en esas fechas no teníamos aún correo electrónico), recuerdo que lo comenté con mi esposa, como algo exótico. Estambul, la antigua Constantinopla y antes aún, Bizancio, siempre ha sido un nombre mítico en la historia de la humanidad.


- ¿Qué te parece? Podía pedirlo -le dije a Eloísa-.

- ¿Por qué no? Parece interesante. Pídelo. A fin de cuentas, no tienes nada que perder.

Aunque mis posibilidades de acceder al puesto eran casi nulas –nuestras normas internas no preveían el “salto” desde una oficina considerada “normal” (es decir, sin rango de “puesto especial”) a otra-, nunca se sabía lo que podía pasar, lo que pasaría por la cabeza de las altas instancias del ministerio.
No obstante, antes de cursar mi solicitud, recuerdo que le dije muy claramente a mi mujer:

- Bueno, pero antes de hacer nada, déjame confirmar en el Liceo Francés, que tienen colegio en Estambul.
Mariano y Marisa, que habían aprendido casi antes el francés que el español en nuestro primer destino foráneo, en Ginebra (1976-1981), habían seguido luego sus estudios, tanto en Madrid como en Los Ángeles, en el Liceo Francés, una iniciativa que tomó mi esposa, y de la cual, creo, siempre serán deudores nuestros dos hijos menores. También fue idea de ella, en contra de mi parecer, el solicitar en su momento la plaza de Los Ángeles (“piensa en los niños y en lo fundamental que es hoy en día el idioma inglés”). Lógicamente, claudiqué. Siempre he sostenido, y las dos amigas íntimas que tengo me lo han oído decir muchas veces, que la mujer, salvo que sea muy torpe –algo que suele ser poco habitual-, siempre se sale con la suya. Así fue en mi caso. Nuestros hijos, nunca podrán agradecérselo bastante a su madre.

Indagué en el Liceo Francés de Los Ángeles y me confirmaron que tenían establecimiento en Estambul.

Una vez tuve la confirmación de que Mariano y Marisa podrían, en una hipótesis más bien remota, seguir, y acabar sus estudios de bachillerato en Estambul, solicité la plaza. En este punto debo decir, que tanto mi esposa como yo, cometimos un error de bulto. No les comunicamos nada a nuestros hijos; probablemente, y esto que voy a decir tal vez sirva como atenuante en mi descargo, porque considerábamos que mis posibilidades de obtener la plaza que se convocaba, eran nulas. No obstante, fue un error.



Para abreviar, cuando vine a darme cuenta, y ya con todo el traslado del mobiliario y enseres domésticos configurado para el regreso a Madrid, me encontré, creo que allá por el mes de julio, con la comunicación del nombramiento como agregado comercial jefe de la oficina comercial de la embajada de España en Estambul, que esa era la designación oficial que figuraba en el oficio de nombramiento.
Antes de recibir por escrito y de forma oficial el nombramiento, recuerdo muy bien la madrugada (hay 9 horas de diferencia horaria entre Madrid y Los Ángeles) en que me llamaron del ministerio para adelantarme la noticia. No podía creérmelo. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había podido suceder tal cosa?
Nunca indagué a fondo, ni en su momento, ni pasados ya los años, cuál fue el motivo por el que me designaron para ese puesto. Elucubrando, creo que fue una mezcla de suerte, debida a las circunstancias –los compañeros que habitualmente solían pedir plaza en el extranjero, como yo, ya lo habían hecho en la convocatoria ordinaria de dos meses antes- y quizás, aunque pienso que esto influyó mucho menos, los “méritos” que hice durante tres años, como segundo de a bordo de un jefe muy especial, del que basta decir, que tras una inspección oficial, fue cesado fulminantemente. No escribo su nombre, porque ya no forma parte de los seres que habitamos este mundo. Le sustituyó, -tras quedar yo al frente de la oficina de Los Ángeles, de forma interina, durante cinco meses-, Jaime García Murillo, una maravillosa persona que desgraciadamente falleció dos años atrás. Jaime, con el que me unió una amistad que iba más allá de la estricta relación oficial, supuso para mí, el pasar de la noche más tenebrosa al día más resplandeciente.

El gran enfado de Marisa



La mañana de la gran noticia, pues eso significaba mi designación como agregado comercial en Estambul, al menos para mi esposa y para mí, supuso también una gran contrariedad para la “pequeña” de la familia.


Así como Mariano se lo tomó con bastante calma, la reacción de Marisa, inesperada para su madre y para mí, fue altamente negativa. Ella, con 15 años recién cumplidos, ya había hecho sus planes por su cuenta, sin contar por supuesto, con sus progenitores. Tenía muy claro el terminar el bachillerato en Madrid, y que a continuación, su padre pidiera destino –y claro está, le fuera concedido- a París, Londres o Bruselas (esta última era la tercera opción), a fin de que ella pudiera estudiar en la universidad de La Sorbona o bien en Oxford. Ni más, ni menos. En fin, poco a poco, y tras reconocer, ambos progenitores, el error de no haberles informado previamente, las aguas volvieron a su cauce.




Paradójicamente, aunque Mariano disfrutó de nuestra estancia en Estambul y siente un especial cariño por Turquía –de hecho, es capaz de hacerse entender en turco-, fue Marisa la que más disfrutó de la antigua Constantinopla, haciendo acopio de gran cantidad de amigos. Ella fue también, junto a su madre, y mi querida Nathalie, una de las “inductoras” para que quien estas líneas escribe, solicitara, y obtuviera, dos años después del cese en mi cargo en la antigua Bizancio, un nuevo destino (1996-2001) en la ciudad que da nombre a esta historia.

Mi llegada a Estambul, con perro de acompañamiento incluido




El viernes 31 de agosto de 1990, viajamos en vuelo directo desde Los Ángeles a Madrid, donde permanecí yo 24 horas en unión de nuestro dálmata Sancho, pernoctando ambos en el Hotel Barajas. Mi esposa, Mariano y Marisa volaron a Sevilla para reponer fuerzas con vistas al nuevo destino que nos aguardaba. Luis, nuestro hijo mayor, había permanecido en Los Ángeles, y se preparaba para volar hacia Japón con su reciente esposa japonesa, a la que había conocido en L.A., y con la que, como en las películas, se había casado, muy joven, en Las Vegas.


El domingo, 2 de septiembre de 1990, volé de Madrid a Estambul. Me acompañaba Sancho, como ya he comentado. En el aeropuerto me esperaban Ergun, el analista de mercado de la oficina y Yusuf, el chofer ordenanza. Aunque ambos sabían que viajaba con Sancho, no dejaron de asombrarse y estar “alertas” ante la presencia de un can de muy buena planta. En esas fechas, los perros no eran precisamente habituales como animales de compañía en la antigua Bizancio.
Aposentado en un apartamento amueblado muy cercano a la oficina comercial, le comenté a Ergun que no era necesario que al día siguiente fueran a recogerme para ir a mi toma de posesión. Estaba a 10 minutos andando del local de la oficina. Sin embargo, estuve a punto de ser el protagonista de una catástrofe. No conté con que el tráfico rodado en el centro de Estambul, prácticamente inexistente un domingo al atardecer, se convertía en un pandemónium en la mañana de un lunes, con el añadido de que en esas fechas no había semáforos en la ciudad.



Tras unos minutos de desconcierto y angustia, le eché valor al asunto y me tiré materialmente al asfalto, para cruzar las calles como pude. No olvidaba que en la oficina comercial me esperaban, a las 10:00, las “fuerzas vivas” españolas presentes en la ciudad, con el cónsul general, mi querido Juan Lugo, y el consejero comercial en Ankara, José Luis Lamas, a la cabeza. Allí, además del delegado de Iberia, Antonio Medina, con el que llegaría a mantener una buena amistad, y otras muchas personas de la colonia española, estaban presentes los miembros ya fichados de la recién abierta oficina comercial, entre ellos la que, con su eficiencia y ayuda inestimable, se convertiría en mi mano derecha los meses que permaneció junto a mí, Mari Carmen, que voluntariamente –es funcionaria de carrera- regresó a Madrid. Seguimos manteniendo una íntima amistad.

Entre todos ellos, me fijé en una bonita joven recién salida de la universidad, pequeña de talla y grande de corazón (esto lo descubriría más tarde) que me fue presentada como colaboradora coyuntural de la oficina y cuyo nombre era el de Nathalie. En cuanto pude y obtuve una ampliación de plantilla para la oficina, fue mi primer fichaje. Es difícil de describir profesionalmente a Nathalie. Baste decir que, licenciada en Ciencias Empresariales por la Universidad del Bósforo, fue alumna del Liceo Francés, trilingüe en español (madre valenciana), turco (padre turco armenio) y francés, un inglés perfecto, y además, se podía expresar en griego y armenio. Se convirtió, desde ese momento, en el alma de la oficina comercial, el factótum de la misma.

Así comenzó mi vida en una de las ciudades universales de este planeta. Al cabo de dos semanas, la familia al completo estaba reunida de nuevo, y dos meses después, arribó desde Los Ángeles el contenedor con nuestros muebles, de modo que normalizamos nuestra situación e iniciamos una nueva vida en la única ciudad del mundo que está a caballo entre dos continentes.

UN POCO DE LA “GRAN HISTORIA” ANTES DE SEGUIR ADELANTE CON “LA PEQUEÑA”.

Me voy a permitir el “tomarme prestado a mí mismo” parte de lo escrito en mi guía de Estambul, la que figura en la Web de mi hermano Paulino, a fin de ilustrar al lector con una breve reseña histórica, y también práctica, de la ciudad. Para que quede clara su procedencia, transcribo estas notas en letra cursiva.

Aquellos lectores que solo deseen conocer mis andanzas estambulitas, pueden saltarse esta parte, que no obstante, pienso yo que puede ser interesante.

Breve presentación de la ciudad

Los primeros asentamientos humanos en Estambul se remontan a la edad paleolítica. El nombre de la ciudad de Bizancio, fundada en el año 660 AC., proviene de Byzas, vocablo tracio. Los megarenses, acaudillados por Byzas, fundaron en la orilla asiática del Bósforo, Calcedonia, la actual Kadiköy, englobada hoy en el gran Estambul. Esto sucedía en el 680 AC. Veinte años después nacía Bizancio.


La ciudad se convirtió rápidamente en un importante centro comercial. Habiendo aceptado la protección romana contra los ataques macedonios, Constantino el Grande la declaró en el año 330 de nuestra era su capital, al mismo tiempo que le daba su nombre. Con la adopción de la religión cristiana por Constantino, Constantinopla se convirtió en el centro más importante de cultura, arte, política y comercio de la cristiandad durante toda la Edad Media.
Después de numerosos asaltos y sitios (entre ellos, tres de los otomanos) infructuosos, Constantinopla se rindió al emergente imperio otomano en 1453. Su vencedor fue el sultán Mehmet II, Fatih, conquistador en turco.
A partir de esa fecha, la ciudad, rebautizada como Istanbul (aunque oficialmente no adquirió este nombre hasta ya entrado el siglo XX en plena república), comenzó un nuevo periodo en su ya acaudalada historia, al mismo tiempo que se convertía en un importantísimo centro del mundo islámico. El sultán Mehmet II garantizó la existencia, muchas veces en importantes puestos, así como numerosos derechos a los no musulmanes, fundamentalmente judíos y cristianos. Es en esta época cuando Estambul comienza a adquirir su estatus de “ciudad universal”.



Durante los casi cinco siglos que fue la capital del imperio otomano, Estambul vio cómo crecían en su ya histórico suelo, palacios, baños, mercados, fuentes, madrasas (lugares donde se enseñaba la religión musulmana, la ley, así como la medicina), acueductos, y muy especialmente mezquitas que hoy en día dan a Estambul su fisonomía especial que la distingue de cualquier otra ciudad en el mundo, y que la hace brillar con luz propia y una personalidad indescriptible. Aquí, no podemos dejar de citar a Sinan, autor de muchas de las grandes mezquitas de Estambul y de otros edificios durante el siglo XVI. No exageraríamos nada, si diéramos al gran Sinan, que vivió 98 años, el apelativo de padre cultural de Estambul. Su contemporáneo y protector, fue el sultán Süleyman I, el Magnífico para occidente y el Legislador para los turcos. Su reinado, que se extendió desde 1520 a 1566, marcó el cenit del imperio otomano.


Ya en los albores del siglo XX, y con la caída del último gran sultán, Abdülhamit II (1876-1909), se inicia un periodo turbulento para Estambul, que se ve directamente envuelta en la Gran Guerra de 1914-1918. Con la derrota del “enfermo de Europa” (el imperio otomano, aliado de los alemanes), Estambul sufrió sus momentos más dramáticos al verse convertida en ciudad ocupada por las potencias vencedoras: el Reino Unido, Francia, Italia, e incluso Grecia. Con la firma del tratado de Lausana en 1923, que devolvía a Turquía su soberanía, la ciudad fue abandonada por los ocupantes el 6 de Octubre de 1923.
Durante este agitado periodo, Estambul vio cómo la Gran Asamblea de Ankara, dirigida por el vencedor de las potencias invasoras, Mustafá Kemal, después Ataturk, abolía el sultanato en 1922 (Mehmet VI fue el último ocupante del trono) y proclamaba el 29 de Octubre de 1923 el establecimiento de la República turca. Con esta medida, Estambul perdía la capitalidad de Turquía después de 470 años, para ceder el trono capitalino a Ankara. A pesar de ello, Estambul mantuvo una gran influencia en la vida de la nueva república durante los años 20 y 30 y fue núcleo y punto neurálgico de Turquía durante el transcurso de la 2ª Guerra Mundial. A partir de esa fecha, y hasta mediados de los años 60, la ciudad vive un relativo oscurecimiento comenzando a despertar en el inicio de los 70, para convertirse poco a poco en lo que siempre fue: el centro económico y comercial más importante de Turquía. Hoy en día, Estambul une a esta supremacía económica, una influencia política creciente con su recuperación de estatus de “ciudad universal”.
 
Localización en el país

 


Estambul está situada entre 28º 01' – 29º 55' longitud este, y 41º 33' – 40º 28' latitud norte. La ciudad se encuentra a un extremo del Mar de Mármara, y divididas sus dos zonas europeas y la asiática por el estrecho del Bósforo, que es frontera al mismo tiempo de los continentes europeo y asiático, y que tiene su otro final en el Mar Negro. Las dos partes europeas de Estambul están separadas a su vez por una franja de agua, desviación del Mar de Mármara, conocida como Cuerno de Oro. La posición geográfica de Estambul, es pues, única en el mundo.



La zona europea monumental, histórica, es la antigua Constantinopla, el Stambul otomano. Aquí se encuentran el Palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, Santa Sofía, las Cisternas, y casi todas las grandes mezquitas.




El otro lado europeo, que comienza en Gálata, es la antigua Pera, hoy Beyoglu, donde están ubicadas las grandes Embajadas de antaño y Consulados de hogaño alrededor de la famosa calle peatonal de Istiklal, así como muchos de los hoteles de cinco estrellas y las sedes de la mayoría de los grandes holdings. Muy cerca de Taksim, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, se encuentra la Oficina Comercial de España.


En el lado asiático nos encontramos con la antigua ciudad de Uskudar (Scutari), hoy un barrio más de Estambul. Desde 1973 los dos continentes están unidos por el puente colgante del Bósforo, el 4º más largo del mundo, al que se unió años más tarde el de Fatih, unos kilómetros más arriba en dirección al Mar Negro.

Principales sectores de actividad



Por lo que llevamos dicho, se puede comprender fácilmente que es imposible separar los principales sectores de actividad de Estambul con respecto a la totalidad de Turquía. Prácticamente podemos decir, que salvo lo estrictamente público y gubernamental, centralizado de forma férrea en la capital Ankara, todos los sectores de la actividad económica y comercial se encuentran representados en Estambul, y aunque en los últimos años se ha experimentado un notable crecimiento y expansión económica de otras ciudades turcas, tales como la propia Ankara, Esmirna, Bursa o Adana, Estambul sigue siendo el eje principal de la actividad económica y comercial de Turquía, con un protagonismo “casi” absoluto.

Población

El censo oficial de 2011 proporcionaba una cifra de 14 millones de habitantes, aunque no estaríamos muy descaminados si decimos que la población real del gran Estambul es significativamente superior. Para hacernos una idea del crecimiento desmesurado de esta ciudad, diremos que el censo del año 2000 establecía para Estambul una población superior a los 10 millones de habitantes. El de 1997 nos daba una cifra de 9 millones de habitantes; el de 1990 establecía la población de Estambul en 7,3 millones; en 1985, 5,8 millones; 3,5 en 1980; 2,2 en 1970, encontrándonos en 1960 con una apacible ciudad que apenas superaba el millón de habitantes. Es decir, en 50 años, su población se ha multiplicado por 14.

Principal atractivo histórico-cultural


Estambul en una de las pocas ciudades universales cuyo atractivo histórico-cultural es la propia ciudad. Es pues imposible describir en unas pocas líneas sus principales monumentos, cuando toda ella es un monumento universal. Baste decir que en Estambul revive la antigua Roma, el arte bizantino y el imperio otomano, todo ello plasmado a vuela pluma en nombres como las Cisternas romanas, el Hipódromo, Santa Irene, Santa Sofía, el Palacio de Tokpaki, las mezquitas de Süleyman o del sultan Ahmet (mezquita azul), el Gran Bazar, el Bazar Egipcio, la Torre de Gálata, los palacios de Dolmabahçe, Ciragan y Yildiz, Eyup, San Salvador en Chora, y un larguísimo etcétera que haría la relación interminable.

Clima. Temperaturas min.-max. Mes a mes


Con el frío lenguaje de los números, Estambul se encuentra a 39 metros sobre el nivel del mar, tiene una temperatura media anual de 14º centígrados, una mínima de -16,1 y una máxima de 40,5 grados.

El clima de Estambul se encuentra a medio camino entre el mediterráneo y el del Mar Negro. Los veranos son calurosos, acentuados por la gran humedad, que en algunos casos llega a superar el 90%. La primavera y el otoño son cálidos y templados. El invierno es frío y húmedo. El número de días con nieve son pocos; normalmente dos o tres grandes nevadas en la estación. La lluvia es frecuente desde noviembre a febrero. Los meses más fríos son enero y febrero, y los más calurosos julio y agosto. Para una más completa información, se indican las temperaturas medias mensuales aproximadas en grados centígrados:

Enero: 5º; febrero: 6º; marzo: 7º; abril: 11º; mayo: 16º; junio: 20º; julio: 23º; agosto: 24º; septiembre: 20º; octubre: 16º; noviembre: 12º; diciembre: 8º.

ESTAMBUL. CÓMO LO VIVÍ Y CÓMO LO SENTÍ

A poco de normalizar mi vida en la ciudad, se inició mi relación de amor con la misma. Poco a poco, sin prisas, pero sin pausas, como dice el refrán, fui pateando sus calles, buscando rincones desconocidos, “perdiéndome” por sitios pocos habituales, que muchas veces ni los propios estambulitas conocían. A falta de poder documentarme en la lengua turca, que desconocía, pude adquirir numerosos libros en francés y en inglés, la mayoría de ellos editados en la propia Turquía, que me fueron enseñando los secretos y la historia de la ciudad y de Turquía en general.



No puedo resistir la tentación de dar la referencia de un volumen de 800 páginas, que es, quizás, el mejor estudio que he podido leer acerca del imperio otomano. Escrito por diversos especialistas en cada uno de sus diferentes capítulos, es un auténtico compendio para conocer la historia de uno de los grandes imperios de la historia de la humanidad. Desconozco si el libro está traducido al español.

En esta ocasión no voy a relatar unas vacaciones de unos pocos días en una ciudad, como he hecho otras veces (París, Lisboa, Bruselas, Salamanca, Córdoba, León…). Voy a intentar algo mucho más difícil, al menos desde mi punto de vista. “Comprimir” en cierto modo, ni más ni menos que 9 años, en unas pocas páginas.

El método que voy a seguir a partir de este momento, no es, como puede suponer el benévolo lector, el de encabezar un párrafo con una fecha y a continuación relatar lo que ese día hice.
En esta ocasión, voy a situarme en cada uno de los barrios, monumentos, mezquitas, bazares, palacios, lugares históricos, y describir mis impresiones, las anécdotas y las vivencias que en ellos tuve.

Espero que de antemano me perdone quien me lea por los posibles (seguro) fallos que cometeré. Repito que voy a tratar de “comprimir” nueve años de mi vida, al menos de una parte de ella, en unas pocas páginas. Serán, pues, antes que otra cosa, “pinceladas”.
Vamos allá.

Mi barrio. Maçka y Nisantasi


Creo que la forma más racional es comenzar por el barrio donde vivimos, tanto en mi primera etapa (1990-1994) como en la segunda (1996-2001).
Vivir en Marçka o Nisantasi – a fin de cuentas, ambos barrios se superponen y entrelazan- es como hacerlo en Madrid en el barrio de Salamanca.
Sin embargo, cuando arribamos a este lugar, las diferencias, no ya con Los Ángeles, sino incluso con cualquier otra de las ciudades de la Europa occidental conocidas por nosotros, eran abismales.
Tuve, desde un primer momento, la impresión de encontrarme en la España de los años 50/60 del pasado siglo. Todo me lo recordaba. No había semáforos, nuestra casa se encontraba en una especie de carrefour, frente al parque de Maçka, que ni siquiera estaba asfaltado en su totalidad. No había supermercados. Sí, así como suena. La compra había que realizarla en unos establecimientos llamados “bakal” en turco, hermanos gemelos de los ultramarinos españoles de 50 años atrás.

La parte positiva era el factor humano. La amabilidad de la gente, la predisposición a ayudarnos, nada tenía que ver con la frialdad de la Europa puntera.

El premio Nobel turco Orhan Pamuk, nuestro vecino, ya que habitó en la calle de Tesvikiye, en Nisantasi, describe maravillosamente su ciudad en la segunda mitad del pasado siglo. A quien no lo haya leído, le recomiendo fervorosamente su libro “Estambul, ciudad y recuerdos”. Hay tres páginas del mismo, que por sí solas, ya valen un premio Nobel. Pero todo el libro en sí es un auténtico regalo, que cuenta, además, con una traducción al español realizada por un querido amigo, Rafael Carpintero, que es sencillamente modélica. Al leer esta obra, tenemos la impresión, al menos yo así lo siento, que estoy leyendo directamente un texto en castellano. Creo que no se puede hacer mejor elogio del traductor oficial de Orhan Pamuk, que lo que acabo de escribir.
La ventaja de vivir en un país en vías de desarrollo o emergente, es que uno ve el cambio que se produce en el mismo, normalmente para bien, día a día, y cuando digo día a día, no es metáfora, ni exagero.
Si cuando llegué a Estambul en 1990, las carencias, como ya he dicho, eran numerosas, cuando le dije adiós a la ciudad en 2001, el panorama era radicalmente opuesto. En 10 años todo había cambiado.

Independientemente de que ya había semáforos, voy a poner un ejemplo que se suele utilizar, entre otros, para medir el nivel cultural de un país, y es el de los animales domésticos.







En 1990, viviendo en el equivalente, ya lo he dicho, del madrileño barrio de Salamanca, no se veía un solo perro por la calle, excepción hecha de alguna pequeña banda de canes vagabundos. Por el contrario, recuerdo que el último año que vivimos allí, cuando iba a pasear con mi esposa al parque de Maçka, había casi que esquivar a los perros de compañía. El cambio había sido radical.
En Maçka y Nisantasi, en las calles de Tesvikiye, Rumeli y Valikonagi, hablando de tiendas y establecimientos de lujo, se encontraban todos los nombres famosos: Benetton, Louis Vuitton, Lacoste, Guzzi, Armani…
Luego, estaba el viejecito que desde los primeros días, siempre vimos mi mujer y yo. Se paseaba vendiendo flores por las calles de nuestro barrio, Eytam Caddesi, Abdi Ipekçi, Tesvikiye… Parecía que el tiempo no pasaba por él.
Recuerdo con el mayor cariño y nostalgia, nuestras visitas al café vienés donde solíamos ir muchos sábados o domingos a degustar unos magníficos Schnitzel y unas no menos increíbles Sacher Torte… En verano nos sentábamos en el maravilloso patio del establecimiento, tan romántico, que parecía que en lugar del siglo XX, nos encontrábamos en el XIX.


En mi primera etapa, nuestra casa tenía unas soberbias vistas sobre el Bósforo. Los días claros, de cielo azul, podía contemplar los barcos a lo lejos, más allá de la mezquita de Dolmabahçe y del estadio del Besiktas, cuyos ecos, en días de fútbol, llegaban claramente a nuestra vivienda. También lo hacía el sonido de las sirenas de los barcos y el bullir de las gaviotas, rememorando en mi interior añoranzas de tiempos infantiles en Santa Cruz de Tenerife.


Cuando regresé a Estambul en 1996, nuestra residencia, muy próxima a la primera, colindaba en su parte trasera con un inmenso patio ajardinado que acariciaba la terraza a la que se asomaba nuestro dormitorio. Desde allí, se escuchaba con nitidez el canto del almuédano llamando a la oración en la vecina mezquita de Tesvikiye.
En Maçka se encontraba el que acabaría convirtiéndose en mi restaurante favorito, el Park Samdan. Tenía la doble ventaja de que estaba situado a 20 metros de mi casa, y además era, sin duda alguna, uno de los mejores de Estambul. El marco, con un bonito patio cubierto que da a un parque, es francamente ideal. Era punto de cita de la alta sociedad turca. Aquí solía hacer muchas de las invitaciones de compromiso, las de trabajo, y también las privadas.
Aún recuerdo una noche que mi esposa y yo cenábamos aquí en unión de uno de los becarios de la oficina y su novia, cuando se organizó un revuelo impresionante en el establecimiento. De pronto vi llegar a la cúpula de la legación diplomática británica destacada en Estambul, en unión de Michael Caine y su esposa...

Otro lugar que se hizo habitual en mi agenda y que estaba situado justo frente a mi casa en mi segunda etapa en Estambul, en la calle Abdi Ipekçi, era la pizzería Mezza Luna. Tenía unos precios muy asequibles, pese a estar considerado como “un establecimiento de alto nivel aunque más informal”. Sus pizzas eran realmente exquisitas.

El “Censo”, una “jornada particular”

A poco de estar la familia reunida, y habitando aún el apartamento amueblado, a la espera de nuestros muebles y enseres domésticos que viajaban en contenedor desde Los Ángeles, vivimos una jornada particular –y no trato de parodiar la maravillosa película de Ettore Scola, de idéntico título, con Sofía Loren y Mastroiani, una de mis favoritas-, la del “censo”. Fue un domingo, y supimos que todos los habitantes de Turquía, con excepción de aquellos autorizados –ambulancias, policías, fuerzas de seguridad- tenían que permanecer forzosamente en sus viviendas para que los funcionarios encargados de hacer el censo pudieran efectuar su trabajo.
Como estábamos recién aterrizados, igual que el director del Swiss Hotel, vecino nuestro de apartamento mientras finalizaban las obras del complejo hotelero, pasamos ese día repartido entre nuestra vivienda y la del director del hotel, con el que acabamos haciendo amistad. Disfrutamos de un espléndido almuerzo a base de caviar y otras exquisiteces en los aposentos de Edouard Speck, servido por el catering del hotel.



Ciertamente, repasando mi biblioteca "turca" he podido constatar, que ésta, la jornada del censo, tal como se desarrollaba, era algo habitual para los ciudadanos, ya que venía de muy atrás en el tiempo.   Sin embargo, a nosotros nos parecía
 imposible que algo así, una especie de “estado de sitio” pudiera ocurrir en la Europa del siglo XX, pero así fue. Fue una situación muy peculiar, pero aún lo fue más, para mí, en mi segunda estancia estambulita, una nueva jornada del censo.


Estaba solo, mis hijos estudiando en la universidad en Madrid y mi esposa que iba y venía entre la capital de España y la antigua Constantinopla, se encontraba en esta ocasión en la ciudad del oso y el madroño. Debió de ser allá por 1997 ó 1998. No puedo asegurarlo con certeza matemática. El caso es que había nuevo “censo”, pero esta vez, veterano en la refriega, me había informado a través de nuestra cancillería en Ankara, que los funcionarios con estatus diplomático, podíamos, previa solicitud, circular libremente por la ciudad. Efectué la solicitud correspondiente para mí y para alguno de los becarios de la oficina que me lo había pedido como “favor especial”.


El domingo que se efectuó el censo, el becario –no quiero citar su nombre por temor a equivocarme, ya que fueron muchos los que he conocido y lamento decir que no recuerdo con exactitud cuál de ellos fue- y yo, nos paseamos, con nuestras acreditaciones colgadas al cuello, por una ciudad fantasma. Fue una experiencia única. Pido a mis benévolos lectores, que se pongan en mi situación. Es muy sencillo: ubíquense en su ciudad, aunque no tenga los millones de habitantes que cuenta Estambul, y háganse a la idea de lo que supone pasear por una ciudad absolutamente muerta, sin un viandante, sin automóviles -ni siquiera topamos con alguna ambulancia o vehículo policial-, sin ruido alguno, en suma, una ciudad muerta. Teníamos la sensación de vivir un sueño. ¡Éramos los amos de Estambul! Paseamos solos durante un par de horas sin tropezar con ningún ser humano, así como suena, absolutamente nadie. Empeño mi palabra.
Creo que hoy en día ya no se da esta circunstancia. Un adelanto, sin duda alguna, pero para quienes vivimos la experiencia que he relatado, una pérdida considerable…

Algunas peculiaridades del Estambul al que llegué en 1990




Podría citar varias circunstancias bastante especiales que hacían de Estambul una ciudad peculiar, al menos a los ojos de alguien como yo, que hasta mi llegada a la antigua Constantinopla, tan solo había hollado las calles de las llamadas ciudades occidentales.

El carbón

Mencionaré en primer lugar el inmenso asombro que nos produjo a todos los miembros de la familia, el encontrarnos en plena calle, inmensos bloques de carbón, en muchos casos con un volumen superior al metro cúbico. Allí, en la acera donde los había depositado un camión, eran troceados a la vista del viandante e introducidos en los bajos o sótanos de los edificios con destino a la calefacción. Era realmente alucinante. No olvidemos que hablo de un barrio equivalente a distritos como Salamanca o Chamberí en Madrid.

La calefacción en Estambul, durante mi primera etapa (1990-94), aportaba a la ciudad, no solo una contaminación terrible, sino un olor peculiar e inconfundible, que se detectaba claramente cuando uno arribaba a la gran urbe procedente de otros lugares menos contaminados.


Recuerdo bien, que Mari Carmen me había puesto sobre aviso, en relación con la terrible contaminación que producía el carbón, lignito en su mayor parte, y yo pensé que exageraba. A los dos o tres meses de mi llegada a esta ciudad, cuando comenzó el frío y entraron en acción las calderas, Mari Carmen, a modo de ejemplo práctico me dijo:
- Deja un folio blanco encima de la mesa de la sala de juntas. Espera una hora, y luego acércate a ver el resultado.

Así lo hice. Cuando, al cabo de una hora fui a ver el estado del folio, lo encontré literalmente cubierto de minúsculos puntitos negros. Todo eso entraba en nuestros pulmones. En casa, las cortinas y visillos había que lavarlos cada dos meses como mucho. Recuerdo bien las primeras veces que se realizó esta operación, ya que ver salir el agua de la lavadora era todo un espectáculo: negra como el carbón, y nunca mejor dicho. No exagero en absoluto. Nadie podrá desmentirme.
Cuando regresé a Estambul en 1996, el panorama había cambiado radicalmente, para bien. Se habían realizado en toda la ciudad las canalizaciones adecuadas para el gas natural, y el carbón desapareció de las calefacciones. Estambul se convirtió en otra ciudad.

Los porteadores humanos
Otra de las circunstancias especiales con la que nos encontramos los primeros años de nuestra vida en Estambul, fue la de los porteadores humanos en épocas de lluvias. No olvidemos que Estambul es una ciudad, que al igual que Roma o San Francisco, está asentada sobre colinas, siete, supuestamente. Cuando llueve a cántaros y el agua baja por las calles que parecen ríos, acaba asentándose en el llano, y allí, en aquellos lugares donde o no hay alcantarillas o bien se encuentran obstruidas –algo habitual-, la calle se ha convertido en un lago, de modo que la única forma de cruzar al otro lado es introduciendo las piernas en el agua, en muchos casos hasta las rodillas y a veces hasta la cintura. En estos lugares, siempre había ciudadanos “porteadores” dispuestos para cruzar a lomos a personas de “posibles”, damas en muchos casos, que pagaban el porte de una forma natural. Yo, todavía llegué a verlos en mi primer invierno en Estambul. Afortunadamente, la mejora en las infraestructuras hacía cada vez más residual la presencia de estos porteadores humanos, que supongo será ya una especie en extinción o “definitivamente erradicada”.

Los “dolmus” o taxis colectivos
Por último deseo hablar de algo que fue en su momento un sello de identidad de Estambul. Me refiero a los “dolmus” o taxis colectivos. Cuando digo “fue” no quiero decir que esta modalidad haya desaparecido; en absoluto. Los dolmus siguen funcionando, y hasta donde yo sé, muy bien. Lo que pasó a mejor vida fueron los maravillosos automóviles americanos de los años 40 y 50 del pasado siglo, Buick, Packard, Dodge, Ford, Chevrolet… que, al menos en su aspecto exterior, eran originales; otra cuestión era la de la mecánica.
Cuando en 1996 regresé a Estambul tras una ausencia de dos años, prácticamente se habían volatilizado todos estos maravillosos vehículos de la edad de oro del automóvil americano. Fueron sustituidos por unos pequeños mini buses modernos y funcionales, especialmente manufacturados para estos menesteres, y que desde el punto de vista del usuario, suponían un verdadero adelanto, ya que, sin lugar a dudas, se ganaba en comodidad. Sin embargo, Estambul había perdido una de sus señas de identidad.

Estambul, una ciudad de contrastes




Siempre me pareció Estambul una ciudad de contrastes. Aquí podía pasar de todo. Como muestra, dos botones.


Balat, en el Cuerno de Oro

En cierta ocasión, Eloísa y yo desviamos, por equivocación, la ruta que nos llevaba a San Salvador en Chora, y nos introdujimos en las intrincadas callejuelas que discurrían por la orilla izquierda del Cuerno de Oro, una de las zonas históricas del viejo Estambul, que desde Cibali, llevaban hasta Eyup, pasando por Fener, donde se encuentra el patriarcado ortodoxo griego, Balat y Ayvansaray. Al volante de nuestro Golf GTI iba quien escribe estas líneas. Mi esposa, que en Los Ángeles conducía como si hubiera nacido con un volante entre las manos, jamás se atrevió a hacerlo en esta ciudad.


Pues bien, cuando nos dimos cuenta, estábamos en Balat, el mayor barrio judío de Estambul tras Hasköy. Aquí se establecieron los judíos expulsados de España. Nos encontrábamos en un mundo diferente y distante en el tiempo. Tuvimos la impresión de retroceder varios siglos en el calendario. Si no hubiera sido por los pocos vehículos que circulábamos por sus calles, habría pensado que estaba soñando. Las imágenes que discurrían ante mis ojos eran las de hombres y mujeres con ropajes de otras épocas, que miraban nuestro vehículo con placas diplomáticas, como a un intruso.

Llevábamos en el coche, puesto que nuestro destino primitivo era San Salvador en Chora (Kariye para los turcos), la cámara de vídeo y alguna de mis máquinas de fotos. El techo del Golf se podía abrir, de modo que se me ocurrió la osadía de decirle a Eloísa que lo descorriera, sacara la cabeza y filmara. Habría sido una película única. Mi mujer, con muy buen sentido, me dijo que si estaba loco. Por supuesto, no me hizo caso. Perdimos, seguro, unas imágenes sublimes, pero, a cambio, salimos ilesos de las viejas y angostas calles del barrio judío.

Para los curiosos, diré que aquí, en Balat, se filmó una parte importante de “La pasión turca”.

La minifalda

Veamos ahora el otro lado de la moneda. Fue en mi primera etapa estambulita. La oficina comercial de España se encontraba en aquella época en la calle de Valikonagi, a 5 minutos andando de casa, todo un lujo que me permitía prescindir del automóvil.

Cierta mañana circulaba por la acera a punto de llegar ya a mi destino, cuando de pronto veo ante mí un auténtico monumento. Con seguridad, y lamentándolo de veras, no sabré expresar lo que vieron mis ojos. Diré, que próximo a los locales de la oficina se encontraba la sede de una agencia de modelos. Pues bien, ante mí tenía a una de ellas, morena, guapísima, de película, que probablemente, en cuanto a estatura, estaba cerca del 1,80, y llevaba una minifalda, la tengo que llamar así, indescriptible. Quedé tan absorto, anonadado, estupidizado, que a punto estuve de estrellar mi cabeza contra un poste de señalización de prohibido aparcar. Me faltaron un par de centímetros. Tardé varios minutos en reponerme, y durante horas no se iba de mi pensamiento la figura de la escultural modelo. Nunca, jamás, en ningún otro lugar, llámese Madrid, París, Los Ángeles, Méjico o Ginebra, vi una minifalda como aquella. Esta chica, la maravillosa modelo de película, jamás habría podido pasearse por las calles de Balat, tal como yo la vi, sin poner en serio peligro su integridad física.

Siempre que sale a relucir el tema del tamaño de las faldas, no puedo evitar el contar esta historia, ya que si pregunto en plan adivinanza, en cuál ciudad ocurrió, nadie menciona Estambul.

No dispongo de testimonio gráfico.

 
EL FACTOR HUMANO

¿Hablo de aquellas personas que me rodearon, más o menos de forma cercana, durante mis dos estancias en Estambul?


Pienso que si no lo hiciera, este relato quedaría incompleto. Doy por hecho que esta parte de la narración no dirá nada o muy poco a aquellos potenciales lectores que nada conocen de mis andanzas turcas. No obstante, tras pensarlo mucho, he llegado a la conclusión, que esta es la ocasión adecuada para plasmar por escrito unos recuerdos que aún, pese al tiempo transcurrido –en algunos casos más de 20 años-, todavía conservo en la memoria. Quizás en un próximo futuro ya no me sería posible hacerlo. Esta parte de mi historia es, tal vez, algo egoísta, pues en el fondo, pienso que es la forma que he encontrado para que pueda disfrutar de mis recuerdos cuando la memoria ya no me dé para desgranarlos.

El cónsul general de España

En mis dos etapas en Estambul coincidí con cuatro cónsules generales. Mantuve una gran amistad con dos de ellos, Juan Lugo y Leonardo Pérez Rodrigo, ambos, desgraciadamente, ya fallecidos. La residencia del cónsul de España se encontraba a 100 metros de mi vivienda, y ello facilitó, además de la relación oficial, la amistad personal.
Tanto Juan Lugo, como Leonardo, me tuvieron desde el principio en gran estima, tal vez más de la que yo merecía. Ambos, aunque muy distintos en carácter, eran personas muy cultivadas, unos auténticos intelectuales, conocedores y admiradores de la obra de mi tío Leopoldo Panero, que en cierto modo fue mi valedor ante ellos en un primer momento.
Juan Lugo, siempre paternal conmigo, era un auténtico caballero de otra época. Había sido embajador de España en Jamaica y Estambul fue su último destino. Aquí se jubiló. Era un amante de los animales. Su perrita Gala y nuestro dálmata Sancho hicieron muy buena amistad. Siempre recuerdo una frase que, paseando un domingo por el cercano parque de nuestras casas, me dijo: “Juan José, recuérdalo bien: quién no tiene sentido del humor ni ama a los animales, no puede ser una buena persona”. Nunca lo he olvidado.
Su esposa Teresa, siempre dispuesta, era el complemento perfecto para alguien como él, que era, sin duda alguna, el auténtico prototipo de un gentleman inglés, en cuya educación se había imbuido de joven. Juan Lugo fue un ser entrañable del que guardo un gran recuerdo.



El carácter de Leonardo Pérez Rodrigo era el polo opuesto de su antecesor. El nuevo cónsul era gaditano y como tal ejercía. Hizo muy buenas migas con mi esposa, sevillana. La conexión andaluza.  
Leonardo, que había estudiado en el colegio alemán, tenía una cultura profundísima, a la que como buen andaluz, le daba muy poca importancia. Poseía un maravilloso sentido del humor y era un gran conversador con una educación exquisita, pero, por encima de todo, era un hombre bueno. Su esposa, Ulla, alemana, era una mujer de una personalidad única, con un don de lenguas sin igual. Hablaba varios idiomas a la perfección, no limitándose a aquellos más conocidos. En uno de los primeros destinos de Leonardo, en Teherán, había aprendido el farsi. Recuerdo bien que a poco de conocernos coincidimos los dos matrimonios en el patio del café vienés. Ellos estaban casi recién llegados, y Ulla, según me confesó más tarde, quedó impresionada al oírme a mí departir en turco (las cuatro palabras que yo sabía) con el maître del café. Al año de su estancia en Estambul, hablaba el turco como una nativa. Para Eloísa y para mí, ambos fueron un auténtico regalo en nuestro destino turco.
Jaime Zarraluqui, el sucesor de Leonardo, que vivía con su pareja, Enzo, un napolitano muy campechano, trasladó su residencia a las afueras de Estambul, en un pueblecito del Bósforo, razón por la cual nuestro contacto, fuera de los actos oficiales, no fue tan cercano. Jaime era un hombre sencillo, llano y simpático, con un gran sentido del humor, y con el que era muy fácil llevarse bien.
Lo mismo puedo decir de José María Castroviejo y su esposa, personas ambos de lo más agradable y cercano. José María fue el sucesor de Jaime, y también decidió vivir fuera de la gran ciudad, junto a las maravillosas aguas del Bósforo. Le estaré siempre agradecido por ser el autor de las fotografías de la comida que organizó nuestro embajador en Buyukdere, en abril de 2001, con motivo de la visita del Real Madrid para jugar contra el Galatasaray en la Copa de Europa. Esas fotos, donde comparto escenario, entre otros, con Di Stéfano, Gento y Amancio, son impagables. Dejo como muestra un botón en este relato.


El embajador de España

También cuatro fueron los jefes de misión que conocí durante mis dos estancias en Estambul.

Cuando tomé posesión en 1990, el puesto lo detentaba el conde de Villacieros, hombre de la vieja escuela diplomática, con el que mantuve, digamos, unas relaciones estrictamente formales.

Al conde de Villacieros le sustituyó una gran persona, Carlos Carderera. Para mí, fue como pasar de la noche al día. El embajador Carderera fue siempre cordial y cercano, tanto desde el punto de vista estrictamente oficial, como a nivel personal, cuando trasladaba su residencia a Buyukdere durante la época estival, siguiendo una costumbre que venía desde los tiempos de Ataturk, en que los jefes de las misiones diplomáticas destacadas en Ankara, se desplazaban a Estambul, tal como hacía el presidente de la República de Turquía.
El embajador Carderera y su esposa, tuvieron la deferencia de honrarme con su presencia en la despedida que, en mi vivienda, ofrecí en 1994, cuando cesé en mi cargo. Cuando regresé a Estambul en 1996, aun seguía siendo embajador.  Unos meses más tarde sería designado para ese mismo cargo en Buenos Aires.



Le sustituyó Jesús Atienza, que al contrario que su antecesor, hizo muy poco uso de la residencia de Buyukdere. No obstante, mantuve con él una muy buena amistad, pues fue un embajador muy activo, que se desplazó infinidad de veces a Estambul, y esta gran cantidad de contactos propició, no solo un buen entendimiento, sino una amistad más cercana. Era un hombre simpático y sencillo, además de joven para el cargo. Creo que tenía algún año más que yo. De hecho, los grandes empresarios turcos, en nuestras primeras visitas, acostumbrados a la clase política turca, en aquellas fechas una especie de gerontocracia, quedaban sorprendidos de la juventud de nuestro embajador.  
Junto a él, en las numerosas visitas que realizamos a los más importantes Holdings turcos, tuve la oportunidad de conocer a personalidades tan relevantes como Sakip Sabanci, Rahmi Koç, Ishak Alaton o Üzeyir Garih. Con este último, mantuve un contacto directo mucho más estrecho; quedé profundamente impresionado por su brutal asesinato, aún sin aclarar plenamente, ocurrido pocos días antes de mi cese definitivo en Estambul, en agosto de 2001.

Recuerdo bien un almuerzo de trabajo al que fuimos invitados, en la zona de Maslak, en un edificio sede de uno de estos grandes Holdings. Mientras degustábamos una fantástica comida en el último piso del rascacielos, el embajador y yo nos mirábamos el uno al otro, un tanto estupefactos. La cubertería que utilizábamos era de oro. Primera y última vez en mi vida... hasta la fecha.
Contaré una anécdota del embajador Atienza, que puede dar un indicio de su sencillez. Como ya he dicho, fueron muchas las veces que en el transcurso de casi cuatro años, compartimos el vehículo oficial de la oficina comercial en las visitas que efectuamos a eminentes empresarios turcos de Estambul. Aunque ambos, el embajador y yo, éramos fumadores, cierto es que moderados, el embajador sabía que yo jamás fumaba en el coche y no dejaba que nadie lo hiciera. El embajador Atienza nunca encendió un cigarrillo en mi presencia dentro del vehículo. Tuvo esa deferencia hacia mí.
Muchas veces, cuando acababa su labor en Estambul, yo insistía en acompañarle al aeropuerto, pero él, siempre me decía que no, “tú te quedas en casa, que ya me lleva Yusuf”. Pues bien, en cierta ocasión, Yusuf, en el mayor secreto y habida cuenta de la confianza existente entre ambos por el transcurso de los años, me contó lo siguiente:
- Señor, ayer, cuando llevé al Sr. embajador al aeropuerto, el Sr. embajador, me dice:
- “Yusuf, ya sé que el Sr. Alonso no deja a nadie fumar en el coche, pero, ¿Me va a dejar Vd. fumar un cigarrito y no le decimos nada al Sr. Alonso?”.
- Señor, yo no podía decirle que no al Sr. embajador… - me dice Yusuf-.
El último embajador que conocí, poco más de un año, fue Manuel de la Cámara. Menos dado a desplazarse a Estambul, mantuve no obstante con él una muy buena relación. Era de carácter afable y sencillo.

Buyukdere
No puedo hablar de los embajadores que conocí, sin mencionar, aunque solo sea brevemente, la residencia de Buyukdere, un yali (chalet al borde del Bósforo) maravilloso, propiedad del estado español desde hacía un par de siglos. Era la residencia de verano de nuestros jefes de misión en la época en que Estambul era la capital de Turquía, y tras su traslado a Ankara por Ataturk, siguió siendo utilizada por nuestros embajadores, tal como ya he dicho, en la época estival, así como para ocasiones especiales. Este palacete tiene una mención especial en la novela de Vicente Blasco Ibáñez, “Oriente”.



En Buyukdere tuve ocasión de compartir los maravillosos jardines de la residencia con los reyes de España en la visita que efectuaron a Turquía en 1993, y aquí también, en 1998, pude departir con el entonces presidente del gobierno, José María Aznar, con el cual tuve el privilegio de disfrutar de un paseo por el Bósforo. Dejo alguna muestra documental de estos testimonios.




El consejero comercial en Ankara

Cinco fueron los consejeros comerciales con los que coincidí durante los nueve años que desempeñé mi cargo en Estambul.
El primero de ellos, que abrió la oficina de Estambul y realizó los primeros contratos de personal desde Ankara, fue José Luis Lamas. En los escasos meses que coincidí con él, mantuvimos una buena relación.
A José Luis le sustituyó un diplomático atípico, ingeniero industrial, Alberto Moyano. Era la época que aún algunas oficinas comerciales eran ocupadas por funcionarios de la carrera diplomática (todavía no se había promulgado el real decreto de 1996 que reservaba los destinos de las oficinas en exclusividad a los funcionarios de Comercio).

Con Alberto, que estuvo solo dos años al frente de la oficina de Ankara, me llevé estupendamente. Era un hombre muy agradable, casi más inglés (su madre lo era) que español, con el que era muy fácil conectar.
A Alberto le sustituyó otro diplomático, José Pascual Marco, simpático, llano y sencillo; daba gusto tratar con él. Cuando regresé en 1996, en mi segunda etapa en Estambul, aún pude departir con él unos días, ya que en el intercambio habitual de firmas en la entrega de una oficina, me tuve que hacer cargo interinamente de la de Ankara, en junio de 1996, ante su marcha a una embajada en África, dado que el nuevo consejero comercial no se incorporaba, como suele ser habitual en nuestros destinos, hasta el mes de septiembre. De hecho, mi toma de posesión en Estambul también estaba prevista para el mes de septiembre, pero por la circunstancia descrita, tuve que adelantar mi incorporación al mes de junio, ante la eventualidad de que las dos oficinas quedaran sin jefe durante tres meses.
En septiembre de 1996 me desplacé pues a Ankara para hacerle entrega de la oficina, a su titular, el consejero comercial Luis Orgaz. Con él coincidí durante cuatro años, hasta el 2000 (Luis no solicitó la prórroga del 5º año). Nuestro entendimiento fue absoluto. Fueron 4 años fantásticos de un trabajo intenso (nos “cayó” encima la EXPOTECNIA de 1999 en Estambul), con múltiples reuniones en Ankara y Estambul, así como alguna que otra en Madrid. Prácticamente no había día en que no habláramos por teléfono.




Luis, siempre lo he dicho, fue, mucho más que jefe o compañero, un auténtico amigo. Cuento una anécdota que ilustra muy bien su forma de ser y su sentido del humor. Siempre estábamos hablando de las grandes diferencias entre la histórica y cosmopolita Estambul y la nueva y advenediza capital, Ankara, a quien muchos calificaban de “pueblón” (no era ese mi caso).


Precisamente con vistas a la EXPOTECNIA de 1999, y por mi antecesor en el cargo, aunque la finalización de las obras, traslado e inauguración, corrió de mi cuenta, se había alquilado un local para la oficina comercial, mucho más espacioso. Mi despacho, un maravilloso despacho (sin duda alguna el mejor de que he dispuesto en mi ya larga carrera) tenía una vista imposible de describir sobre el Bósforo. Era como un balcón colgado sobre el histórico estrecho. Como muy bien me dijo mi querido jefe hasta hace unos meses, Luis Carderera, (ya jubilado por voluntad propia un año antes de lo que aún habría podido hacerlo), entonces secretario general del ministerio, en una de sus visitas oficiales a Estambul, “tienes un despacho de naviero”.



Pues bien, una mañana hablábamos por teléfono Luis Orgaz y yo. De pronto, durante la conversación acerca de las tareas oficiales que llevábamos entre manos, mi vista se fue hacia el azul del Bósforo, y ante el paso, frente a mis ventanas, de un barco de una conocida naviera española, le dije a Luis:  
- Oye, fíjate, está pasando justo frente a mi ventana un inmenso carguero de la naviera de…
Luis se quedó callado por un par de segundos, y de pronto me dice:
- Chico, yo aquí no tengo esa suerte, pero ¿sabes qué?, no te lo vas a creer, pero justo en este instante estoy viendo a través de la ventana a una magnífica caravana de camellos…
Le sustituyó Eduardo Euba, con el que coincidí solo un año, el último que me quedaba de estancia en mi destino de Estambul, pero nos conocíamos ya muy bien desde hacía años, ya que Eduardo había sido el jefe de la división de industriales de ICEX, y por lo tanto el que llevaba directamente entre manos la preparación de la EXPOTECNIA. Habíamos tenido infinidad de reuniones en Estambul, en Ankara e incluso en Madrid. Eduardo, al que hoy en día veo casi a diario, pues ambos ocupamos la misma planta en el ministerio, era hombre de pocas palabras, como buen vasco. Incluso, para quien no lo conociera bien, podía parecer hasta poco comunicativo, pero en la distancia corta era de una cercanía apabullante. Y desde luego, siempre lo he dicho, desde el punto de vista profesional, daba gusto trabajar con él. Posiblemente es la persona, de las muchas que he conocido, con las ideas más claras. Una reunión de trabajo con él, era como leer un buen guión cinematográfico. Salvo circunstancia excepcional, jamás se salía de la agenda. Si una reunión estaba prevista de nueve a una, comenzaba a las nueve y finalizaba a la una.

La gente de la oficina de Estambul

No quiero acabar el apartado del factor humano sin hablar de la gente de la oficina de Estambul. Ya lo he hecho, aunque someramente de alguno de ellos. Mari Carmen, como ya he dicho, solo estuvo conmigo unos meses, ya que regresó a Madrid en unión de quien más tarde se convertiría en su esposo, Mehmet Metin. Tenían una tienda de alfombras en Estambul, en el Arasta Bazar, y acabaron abriendo otra en Madrid, calle Hermosilla. Hace unos tres años cambiaron las alfombras por la restauración, y ahora tienen un restaurante, Omar, muy cerca del ministerio, en la calle del profesor Waksman. Sigo manteniendo con ellos una amistad muy cercana.



Ya he mencionado también a Ergun y a Yusuf. Ergun es el analista de mercado de la oficina. Profundamente turco, es un trabajador infatigable y concienzudo como pocos he conocido. No concebía hacer algo que no fuera perfecto, y más de una vez le tuve que decir que eso era imposible, y que desgraciadamente, había veces en que no quedaba otra solución que, cumpliendo con nuestro deber, mirar hacia delante. El obedecía, por supuesto, pero siempre le quedaba el “mal sabor” de que su obra no hubiera sido perfecta. Una garantía para la oficina.
A nivel personal, Ergun es un amante del fútbol, como casi todos los turcos, y seguidor impenitente del Galatasaray. Él “tuvo la culpa” de mis simpatías por este equipo de Estambul, y con él he vivido algún partido increíble en el antiguo Ali Sami Yen.
De Nathalie ya he hablado más extensamente, y el problema es que si volviera a hablar de ella, me extendería y me extendería y seguramente no acabaría hasta llenar varias páginas. Ella fue la principal “culpable” de que yo regresara en 1996 a Estambul. Con eso está dicho todo. Sigo manteniendo con ella una amistad íntima y entrañable. Una relación muy especial.
A Ketty y a Gizem, igual que a Nathalie, las contraté yo, y por lo tanto, con eso, en principio, no debería de hacer falta decir más. No obstante, lo haré.


Ketty, que fue mi secretaria en mis dos etapas, es una salmantina de ojos verdes, cumplidora y discreta como la que más. Cuando la contraté pensé siempre en eso. Quería a alguien que supiera turco, pero que al mismo tiempo, pudiera compartir conmigo determinados asuntos delicados que necesitaban, por diplomacia, la visión más ecuánime de alguien que no estuviera involucrado directamente con Turquía. Ketty cumplió siempre a la perfección su cometido. Como buena castellana leonesa que trataba a sus padres de Vd. jamás logré que me llamara de tú, por más que le insistí, durante mis nueve años como agregado comercial. Solo lo conseguí mucho después de haber abandonado Constantinopla.

Gizem fue “mi última adquisición” para la oficina. Finalista junto con otras dos personas de una selección de 15 candidatos para el puesto, procedía de Ankara, era turca nativa, y hablaba perfectamente inglés y muy buen español. Apenas tenía 25 años en las fechas que hablo. Me costó mucho decidir la resolución de la plaza convocada. Desde un primer momento mi intuición se decantó por ella, pero debo decir que tuve en contra a algún miembro “muy cualificado” del tribunal examinador que formé para el caso, de modo que como todos teníamos que convivir en el mismo “barco”, pensé mucho cómo resolver la situación. Me di un fin de semana para decidir el caso.
Recuerdo muy bien que ese fin de semana había invitado a Luis Carderera, de visita oficial a Estambul, –entonces secretario general del ministerio- y a su esposa María José, a cenar en un restaurante con un marco incomparable. Luis, que tiene la “mala costumbre” de leerme, algo que le agradezco en el alma, lo recordará muy bien por el lugar al que los llevé (me lo ha recordado más de una vez). Sarniç es el nombre del restaurante. Solía llevar allí a personas a las que apreciaba. La cocina de Sarniç no era nada del otro mundo, simplemente normal. Ahora bien, el marco es incomparable. De hecho, no lo puedo describir. Baste decir que es una antigua cisterna bizantina reconvertida, con todo el gusto del mundo y sin romper el ambiente original, en restaurante.
De trabajo no hablamos, faltaría más, pero sí me atreví a comentarle el caso que tenía entre manos, y que de mí dependía la enorme responsabilidad (al menos así lo veía yo, ante la igualdad extrema de dos candidatas) de adjudicar el puesto a una persona o a otra. Tras contarle el caso y mis impresiones, Luis, siempre tan directo, recuerdo muy bien que me dijo: “sigue tu intuición…”. Le hice caso y creo sinceramente que no me equivoqué.



Gizem ha sido siempre una empleada ejemplar y cumplidora. Curiosamente, casi desde el primer momento, hizo muy buenas migas, y al cabo del tiempo una íntima amistad, con quien en principio no compartía mi punto de vista acerca de la “muchachita de Ankara”.  
Luego estaba Fatma. A Fatma también la contraté yo. Era la mujer de la limpieza y la persona que se encargaba de toda la intendencia no administrativa de la oficina, un papel ciertamente importante en Turquía. Fatma era como un perro fiel, con la que no había forma de evitar que cuando me saludaba, tras coger mi mano, la besaba y la llevaba al corazón y a su frente. Era imposible el hacerla desistir, y para mi desesperación, no podía hacer otra cosa que acceder a su gesto. Como bien me decía mi esposa, el retirar la mano habría sido una ofensa para ella.

Por último tengo que mencionar a Yusuf. Todo un personaje, al que muy merecidamente, al final de su carrera (yo ya estaba en Madrid) se le otorgó una condecoración por parte de España. Yusuf había estado más de treinta años trabajando en nuestra embajada en Ankara, y cuando José Luis Lamas le comentó que se iba a abrir una oficina comercial en Estambul, sin dudarlo se postuló para el puesto de chófer ordenanza.
Yusuf era un personaje increíble. Si fiel era Fatma, lo de Yusuf ya era difícil de calificar. Tenía auténtica devoción por mi mujer y mis hijos, y conmigo era de una lealtad rayana en la idolatría. Compartíamos además una pasión. Yusuf era hincha del Real Madrid, de toda la vida. Antes que cualquier equipo turco –él era del Fenerbahçe- estaba el Real Madrid. En realidad, casi antes que cualquier otra cosa. De uno de mis viajes a Madrid, le traje una placa en la que más o menos había mandado inscribir algo así como “Para Yusuf Eker el mejor seguidor del mundo del Real Madrid”. En cierta ocasión que él y su esposa nos invitaron, a mi mujer y a mí, a comer a su casa, pude comprobar que la placa ocupaba un lugar preferente en su casa.
Con Yusuf me pasa como con Nathalie. Podría seguir escribiendo y no acabaría. Tenía un don de gentes especial. Sabía cómo meterse en el bolsillo a todo el mundo. Obtenía lo que nadie era capaz de obtener. Se le pidiera lo que se le pidiera, jamás fallaba. De hecho, a modo de anécdota contaré, que muchas veces tenía que frenarle en su “fervor” hacia la oficina y hacia mí. Valga como ejemplo un caso:


El embajador Atienza se solía desplazar mucho, como ya he dicho, a Estambul. Cuando lo hacía en avión, solía ir yo a esperarlo con Yusuf y el coche de nuestra oficina. Ahora bien, a veces, el embajador venía desde Ankara con su chófer y el coche oficial de la embajada. Lo solía hacer siempre así cuando venía alguna autoridad de Madrid. El problema que a mí se me planteaba era que Yusuf, siempre, pero ¡siempre! se las arreglaba para conseguir el mejor puesto para nuestro coche, por delante del Mercedes oficial del embajador, con todos los distintivos y la bandera de España desplegada.
Más de una vez le tuve que decir “por favor, Yusuf, ya sé que conoce Vd. a todos los policías del aeropuerto y que siempre le proporcionan el mejor lugar de aparcamiento, pero cuando venga el embajador con su coche, el lugar prioritario hay que cedérselo siempre a él…”.
Ese era Yusuf, un ángel al volante. Solo tenía un pequeño defecto. No era precisamente lo que se dice un “Fernando Alonso”, aunque en su favor debo decir, que jamás tuvo un accidente con el coche oficial de la oficina.

Tampoco puedo olvidarme del equipo EXPOTECNIA (Mari Carmen, Trym, Eloísa, Ulker y Ahmet), que convivieron con todos nosotros en nuestra oficina durante un año y medio, y de los numerosos becarios que conocí durante nueve años, la mayoría de ellos, de ICEX, pero también de diferentes Comunidades Autónomas y Cámaras de Comercio.

Además…

Además estaba toda la gente de Estambul que me gustaría mencionar y que seguro que de alguno me olvido. Estaba el delegado de IBERIA, primero Antonio Medina, luego Dominique y después Gerardo Ramos (otro impenitente madridista). Con todos ellos mantuvimos una muy buena amistad.
Especial fue la amistad que tuvimos Eloísa y yo con el canciller del Consulado en mi primera etapa en Estambul, 1990-94, Luis Moratinos y su esposa Julia. Sus hijos, dos parejas de mellizos, compartieron con los nuestros, colegio, el Liceo Francés de Estambul, y amistad.
También debo citar, de nuevo, a Rafael Carpintero y a su esposa María Jesús. Rafael, profesor en la universidad de Estambul, es además, el maravilloso traductor al español del premio Nobel turco Orhan Pamuk. Y a Nicolás, a Burak Guç, y a… tantos y tantos…



Tendría que seguir hablando de la gente del consulado, de la oficina comercial en Ankara, y de los muchos empresarios turcos, -me vienen a la mente Mehmet Erten y Zeynel Abidin Erdem- y otras personas –a bote pronto, recuerdo a Mordo Dinar y a la viejecita Clara, una institución entre la colonia española, fallecida hace ya muchos años…- que hicieron más fácil y agradable, mi vida y la de mi esposa.  
Debería mencionar asimismo a todos mis colegas de las misiones diplomáticas de la Unión Europea, que fueron muchos en el transcurso de nueve años. Con algunos/as de ellos, mantuve una buena amistad.
Por último, y ya en plan más anecdótico, tampoco puedo olvidar a aquellas personas de relevancia social, que, gracias sobre todo a las recepciones o eventos culturales organizados por el cónsul general de España, conocí durante mis dos estancias en esta ciudad. Tal es el caso, que yo recuerde, de: Antonio Gala, Carlos Saura, Adolfo Marsillach, Ana Belén, Víctor Manuel, Patricia Adriani (una mujer de bandera), Lucero Tena, o Juan Goytisolo. Este último, me relató unas anécdotas de mi primo Leopoldo María que no puedo, o quizás mejor debería decir, no debo, reproducir.

 
PIEDRAS CON HISTORIA





Le llega el turno ahora a los monumentos, las mezquitas, los palacios, aquellos lugares emblemáticos, romanos, bizantinos, otomanos… que han hecho de Estambul una ciudad única en el mundo.
De nuevo me sirvo de mi guía sobre esta ciudad en lo referente a la información práctica de cada uno de los lugares descritos. Esta información está en letra cursiva.
Tiempo libre

- Si dispone de 2 h. Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Hipódromo y las Cisternas.

- Si dispone de 5 h. Además de lo anterior, el Palacio de Topkapi, incluyendo el harem (fundamental) cuya visita es guiada.

- Un día. A lo anterior se le puede añadir un paseo por el Bósforo, o alternativamente el Gran Bazar.
En cualquier caso, se puede comprender fácilmente que cuando estamos hablando de una de las grandes ciudades universales templo de la cultura, es muy difícil elaborar programas de un solo día. Para ver Estambul mínimamente, hay que disponer al menos de tres días, siendo lo ideal cinco. No obstante, mi experiencia personal me dice que pese a haber pasado un total de nueve años en esta ciudad sumando mis dos destinos en ella, aún hay rincones de la misma que desconozco.
En la Plaza de Sultanahmet se encuentran varios monumentos que en conjunto se pueden visitar en una mañana o una tarde:

Yerebatan Saray (Cisternas)

Horario 9:00-17:00. Cerrado LUNES
Antiguas cisternas romanas, restauradas y abiertas al público. Música de Wagner, Mozart, etc. Un espectáculo que solo se puede ver en Estambul. Aquí se rodó una escena del film de James Bond “Desde Rusia con amor”.
Un día decidí plasmar mis recuerdos de Estambul en imágenes, de modo que cuando ya no viviera en la antigua Constantinopla, pudiera seguir evocándolos.


Me introduje en ese templo de siglos que son las cisternas contiguas a Santa Sofía con mis cámaras. Acariciaban sus muros la música de Wagner, tal vez de Mozart. Coloqué el trípode junto a una barandilla, muy cerca del agua y me dispuse a disparar la Contax con el latiguillo. De pronto, escuché a mi espalda una especie de terremoto. Un grupo de escolares de unos 8 a 10 años entraba en tropel arrasando con todo lo que encontraba a su paso. A punto estuvieron de dar con la Contax réflex en las aguas de las cisternas. Casi, y no exagero, atrapé la cámara y el trípode por el aire. Tardé en recuperarme del susto.

Aya Sofia (Santa Sofía)


Horario 9:30-17:00. Cerrado LUNES

Poco se puede añadir de esta maravilla del mundo. Si solo me fuera dado visitar una obra maestra de las cientos que tiene Estambul, elegiría ésta sin dudarlo. Desgraciadamente, lleva en proceso de restauración años, por lo que un inmenso andamio que llega hasta la mismísima cúpula, destroza el encanto de Santa Sofía, cuya nota más llamativa es la grandiosidad de su espacio. No olvidemos que estamos viendo una obra del siglo VI, año 537, levantada durante el reinado de Justiniano.
Santa Sofía fue mi mayor decepción y al mismo tiempo, el momento más increíble de mis recuerdos estambulitas.


La primera vez que me introduje en esos muros milenarios, que fueron primero basílica cristiana, luego mezquita, y al fin, gracias a Ataturk, se convirtió en museo, quedé profundamente frustrado. Un inmenso andamio ocupaba todo el centro del monumento, desde el suelo hasta la mismísima cúpula. Rompía absolutamente la armonía del lugar.


Así y todo, cada vez que tenía ocasión, no perdía la oportunidad de hacer una visita a Santa Sofía. Tenía la inmensa suerte que la administración turca nos concedía a todos los funcionarios extranjeros con acreditación diplomática. La tarjeta identificativa que emitía el ministerio de asuntos exteriores, nos permitía la entrada gratuita a todos los establecimientos públicos.
Recuerdo un 4 de julio de 1992, la fecha está grabada en mi cerebro, cuando en unión de mi hijo Mariano (mi esposa y mi hija Marisa nos abandonaron por unos instantes para hacer unas compras en los alrededores), penetramos, una vez más, en Santa Sofía.
Quedé anonadado. El andamio había desaparecido, lo habían desmontado por completo y yacía a un lado, casi invisible. Por fin podía admirar la grandiosidad del lugar. Me vi como una auténtica hormiguita con mis ojos recorriendo el lugar de un lado a otro y de arriba abajo. Indescriptible. No tengo palabras para describir mejor mis sensaciones. Lo más impresionante de la antigua basílica es su inmensidad, el espacio grandioso, sin fin. Tiene uno la impresión de encontrase en el fondo de una inmensa nave cuyas dimensiones son imposibles de evaluar. Me faltó la respiración. Fue un momento único en mi vida.
Cuando me recuperé, en unión de Mariano, busqué a mi esposa y le dije lo que pasaba.

- Ahora mismo voy a casa a por las cámaras y regreso.
Tras inspeccionar el antiguo templo, comprendí lo que había ocurrido. La pared de la izquierda había quedado restaurada, y muy posiblemente, en unos días (así sucedió al cabo de unas dos o tres semanas) volverían a montar de nuevo el andamio, esta vez para iniciar las obras de restauración de la otra pared. De modo que no quise perder ni un minuto.


Media hora más tarde estaba de regreso con una de mis cámaras, y comencé a disparar desde todos los lugares imaginables. Me precio, de que una de mis fotografías (todas ellas realizadas a mano alzada y sin trípode), creo que es una fantástica instantánea que puede dar una idea de la inmensidad de Santa Sofía. La foto, está tomada desde el balcón superior del antiguo templo. La cámara que la plasmó es una Contax 139Q, réflex, con un objetivo gran angular, el Carl Zeiss Distagon 28mm.

Sultanhamet Cami (Mezquita Azul)

Probablemente la más conocida de Estambul, y sin duda una de las más bellas, debe su sobrenombre de mezquita azul, a los azulejos de Iznik (antigua Nicea) con los que está revestida en su interior. Se levantó a principios del 1600 por orden del sultán Ahmet I, que está enterrado en el “turbe” (mausoleo) adyacente a la mezquita.


Esta mezquita es realmente una joya. Solo tiene un problema, desde mi modesto punto de vista: la inmensidad de turistas que la pueblan a todas horas.

Sin embargo, yo tuve la inmensa fortuna de poder contemplar esta joya en unas circunstancias excepcionales. Me explico.
A los muy pocos meses de mi llegada a Estambul, estalló la llamada “Guerra del Golfo”. Antes de mi toma de posesión (aún me encontraba en Los Ángeles), prevista para el comienzo de septiembre, en concreto el 2 de agosto de 1990 se produjo la invasión de Kuwait por parte de Irak. Durante los meses que transcurrieron hasta enero de 1991, la situación en Turquía fue más o menos normal, aunque un tanto paradójica. Veamos.

Turquía era miembro de la OTAN, y por tanto, oficialmente, su gobierno se encontraba del lado de la llamada “Coalición Internacional”, bajo mandato de la ONU y encabezada por los EE.UU. No obstante, el pueblo turco, mayoritariamente de religión musulmana, aunque veladamente en la mayoría de los casos, apoyaba a los “hermanos iraquíes”, y sobre todo, y eso a pesar de las buenas relaciones oficiales existentes en aquel tiempo entre Turquía e Israel, veían como enemigo al estado judío, objetivo prioritario de los famosos SCUD iraquíes.
Pues bien, cuando se iniciaron de verdad las hostilidades terrestres, en concreto el 16 de enero de 1991, con la llamada operación “Tormenta del Desierto”, que duró hasta el 28 de febrero (aunque la guerra en sí no finalizó hasta el 11 de abril), Turquía quedó prácticamente paralizada. Me acuerdo muy bien, y no exagero lo más mínimo, que en ese lapso de tiempo que duró algo más de un mes, en nuestra oficina no se escuchaba un teléfono, nadie llamaba a la puerta. El mundo se había detenido.
Pongo un ejemplo: pocos días después de que se iniciara la llamada “Tormenta del Desierto”, mi esposa Eloísa, regresaba de Madrid a dónde se había desplazado para una revisión médica. Lo hacía en un vuelo de IBERIA, operado en aquellas fechas por un Boeing 727, un aparato que podía transportar unos 150 pasajeros. Recuerdo muy bien que de aquel avión salieron únicamente 12 personas, entre ellas, mi esposa y Eugenia, la única mujer de los cinco hijos de mi querido Cónsul Juan Lugo. Pude contarlos sin el menor problema, ya que mi acreditación me permitía acceder casi a pie de avión. ¡Solo 12 pasajeros!


La parte positiva de esta época, de ese mes y medio, fue el que mi familia y yo quedamos diluidos entre los ciudadanos turcos. Los “extranjeros”, los turistas, habían desaparecido de Estambul. La única precaución que teníamos que tomar, era el no significarnos sobre manera, sobre todo procurando hablar lo menos posible.

Así pudimos introducirnos, como si fuéramos musulmanes, en la Mezquita Azul durante uno de los rezos del día. Lo hicimos con el mayor respeto. Fue algo maravilloso, un recuerdo imborrable. Mi hijo Mariano se atrevió a algo a lo que yo no me aventuré. Con la cámara de vídeo, una Sony de las de esa época, es decir, bastante aparatosa, filmó durante los rezos. Lo hizo con el máximo miramiento y desde el fondo de la mezquita. Esa grabación es una de las joyas de nuestra videoteca. Yo no me arriesgué a hacer lo mismo con alguna de mis cámaras, y bien que lo siento hoy en día. Seguramente, si en esa época hubiera dispuesto de un pequeño aparato digital, como los que nacieron unos pocos años después, lo habría hecho.

En fin, finalizo este apartado, con el recuerdo, aún, de los rezos que pude presenciar en la mezquita de Sultanhamet, la llamada Mequita Azul, un privilegio del que seguramente muy pocos cristianos han podido gozar.

Hipódromo

Situado justo frente a la mezquita de Sultanhamet y el Palacio de Ibrahim Pacha. Debe su nombre a que aquí se celebraban las carreras y juegos en la época bizantina. Podemos admirar la Columna de Constantino, la de Teodosio y la Serpentina, así como la fuente alemana, regalo del Kaiser Guillermo II a Abdulhamit II en la visita que efectuó a Estambul a principios del siglo XX.



Infinidad de veces vienen a mi memoria aquellos primeros paseos que di, en unión de mi esposa Eloísa, por los alrededores de esta zona monumental de Estambul. Allí, a golpe de vista, estaba la historia de una ciudad única. Girando los ojos en derredor, teníamos a nuestro alcance, en la palma de la mano, las piedras que nos rodeaban, que constituían un fiel testimonio del paso de romanos, bizantinos y otomanos. Allí, junto al Hipódromo, se encontraba la milenaria Santa Sofía, la mezquita del sultán Ahmet con sus seis minaretes apuntando al cielo, el palacio de Topkapi, el de Ibrahim Pacha, la Columna de Constantino, la de Teodosio y la Serpentina…


Según vamos caminando, hordas de niños y mozalbetes nos asaltan, pidiendo y tratando de vender sus postales, kleenex, souvenirs, atraernos a las tiendas de alfombras del cercano Arasta Bazar… utilizando para ello los más increíbles trucos. Aunque os parezca mentira, solo por vuestra forma de vestir, distinguen perfectamente vuestro lugar de procedencia, y, ciertamente con un vocabulario reducido, son capaces de dirigirse al viandante en todos los idiomas inimaginables.
Yo, al principio, me desesperaba, y en las pocas palabras que había aprendido en turco les decía que no era un turista, que vivía allí. Casi siempre me miraban con sorna, como diciéndome “¡A mí me vas tú a engañar!”. Exasperado, cuando no encolerizado, y pese a los consejos de mi esposa, que muy sabiamente me aconsejaba olvidar el asunto y seguir el paseo como si nada hubiera ocurrido, sacaba del bolsillo mi acreditación diplomática y se la mostraba para que vieran que no mentía. En la inmensa mayoría de los casos, era peor el remedio que la enfermedad. Acababan por dejarnos en paz, pero me miraban con la certeza de quien observa en un zoológico un raro ejemplar fuera de su hábitat natural. Acabé por acostumbrarme y seguir los consejos de Eloísa, además de tomar las debidas precauciones en cuanto a la forma de vestir, y procurar asemejarme lo más posible a la fauna autóctona.

Aquí, en esta zona, en la trasera de la Mezquita Azul, se encuentra el Arasta Bazar, mucho más pequeño, ciertamente, pero también mucho más tranquilo que el Gran Bazar. Es una calle peatonal larga, con tiendas a ambos lados de la misma. Aquí, en esta misma calle, se encuentra un pequeño museo muy interesante, el de Mosaicos.

En este lugar tenían su tienda de alfombras Mari Carmen y Mehmet. Aquí, con ellos, sentados en el suelo de la tienda, o por fuera de la misma, pasamos muchos domingos Eloísa y yo. Más de una vez, Mehmet cocinaba para nosotros y nos deleitaba con la gastronomía turca.
Ya que estamos en este punto de Estambul, no puedo dejar de citar, aunque solo sea a vuelapluma, el Museo Arqueológico, impresionante (dentro del recinto de Topkapi); el de Arte Turco e Islámico, interesante (en el palacio de Ibrahim Pacha, frente a la Mezquita Azul) y el de Alfombras y Kilims, en el recinto de la propia Mezquita Azul.

Palacio de Topkapi

Horario 9:30-17:00. Cerrado MARTES
El famoso serrallo desde donde se gobernó gran parte del mundo a partir de la conquista de Constantinopla (1453), hasta mediados del siglo XIX en que los sultanes pasaron a residir en el recién construido Palacio de Dolmabahçe, así como el de Yildiz. La visita del Palacio completa, incluyendo el harem, se puede hacer en unas 2 ½ horas. La visita del harem (que recomiendo vivamente, pues es donde vivía el sultán y su familia, y donde se encuentra el salón del trono), es guiada. Normalmente, cada media hora existe una visita al HAREM. El billete de entrada del harem, es aparte del resto del Palacio.


¡Qué decir de este lugar! Es difícil describir Topkapi. Tiene unas vistas maravillosas sobre el Cuerno de Oro. Desde aquí se gobernó medio mundo durante siglos. Este fue el corazón de uno de los grandes imperios que han existido en la humanidad. Siempre comento a los españoles que visitan Estambul que deben recordar algo esencial. Si España tuvo uno de los mayores imperios, el otomano, que llegó hasta las puertas de Viena, controló una parte importante de Europa, y ejerció su dominio sobre la mayoría de los países árabes, tal como hoy los conocemos, llegando hasta el Yemen por el sur y Egipto por el oeste. No olvidemos que, bien es cierto que con pérdidas progresivas, tuvo vigencia hasta bien entrado el siglo XX.



Siempre que venía a este recinto, me era del todo punto imposible disociarlo de una maravillosa película, que por cierto, recomiendo a todo aquel que no la haya visto. La película Topkapi se filmó en 1964 y la dirigió Jules Dassin. Independientemente de su valor artístico, que es mucho, con Maximilian Schell y Melina Mercouri a la cabeza, y sobre todo, el maravilloso Peter Ustinov, ganador de un Óscar por su trabajo, es un testimonio impagable de lo que fue esta ciudad en los años 50/60 del pasado siglo. Allí, en ese film, que lleva el nombre del palacio, podréis saborear las calles, el gentío, el humo, los sonidos de lo que fue Estambul a mediados del siglo pasado, y sobre todo, podréis ver ese cielo, de un maravilloso azul, aún no contaminado por el “progreso” posterior de los humos de las calefacciones de lignito, los escapes de los coches y las chimeneas de la industria que acabó instalándose en el cinturón de la ciudad. Un tiempo ido y que ya no volverá.



En cualquier caso, y volviendo al palacio de Topkapi, lo visité muchas veces, siempre abarrotado de turistas, excepto el privilegio que tuvimos, al igual que lo relatado en la Mezquita Azul, de hacerlo en plena guerra del golfo. Prácticamente éramos los únicos visitantes del histórico lugar. Nunca olvidaré aquella visita.

Süleymaniye Cami (Mezquita de Solimán)



Para mi la más bella de Estambul, con la enorme ventaja añadida de que es frecuentada por muchísimos menos turistas que la mezquita azul, lo cual acrecienta la sensación de paz y tranquilidad que reina en su interior, así como en sus bonitos jardines, desde donde se puede contemplar una preciosa vista del Cuerno de Oro (no olvidemos que Estambul está asentado en colinas, y el emplazamiento de la “Süleimaniye” es probablemente uno de los más estratégicos).



En el cementerio de la mezquita se encuentran los mausoleos de Solimán (1520-1566, donde el imperio otomano alcanzó su cenit) y de su esposa Roxelana, así como la tumba del arquitecto Sinan, autor de esta mezquita y de otras muchas obras maestras de Estambul.


¡Cuántas veces, solo, me vine a esta mezquita! Vestido como un turco más, es decir, con unos simples pantalones y una camisa de diario, sin corbata, me descalzaba y, en silencio, me sentaba en la parte posterior de la aljama, apoyando muchas veces mi espalda contra el muro, y allí permanecía callado, en meditación, sin importarme el transcurrir del tiempo. Era como el descanso del alma. En alguna ocasión, casi fui el único habitante del inmenso recinto.


Cuando me impuse la tarea de “guardar” mis recuerdos en fotografías, y armado de cámaras y trípode, estuve toda una tarde “trabajando” junto a sus muros, rodeado de niños que me miraban como a un ser extraño, siempre tuve la sensación de que estaba, en cierto modo, rompiendo un encanto, tratando de “comprar” para mi disfrute posterior, algo que era del todo punto imposible. El hechizo, la magia, el embrujo, era el momento, el instante vivido, imposible ya de recuperar.

Kapali Çarsi (Gran Bazar)

Horario 9:00-19:00. Cerrado DOMINGOS

Situado en Nuruosmaniye, es visita imprescindible para todo turista que se precie de tal. Se puede pasar en él una mañana o una tarde y nunca se acabará de verlo. Imprescindible conocer el arte del regateo para llegar hasta límites insospechados. Hablan todas las lenguas imaginables. Tiene la, para mi gran pega, del enorme agobio con que los vendedores “asaltan” al turista.



No era precisamente uno de mis lugares favoritos, aún reconociendo su carácter exclusivo en lo que atañe a “centros comerciales”. Por el contrario, mi esposa, dotada excepcionalmente para el arte del regateo, disfrutaba sobremanera en el Gran Bazar. Siempre que pude, y una vez conocido el lugar, procuré escaquearme en cuanto me hablaba de venir a este emplazamiento. De hecho, creo que solo lo visitaba cuando no me quedaba otra alternativa: acompañar a algún amigo o compañero de visita en Estambul, o tratar de conseguir algún objeto encargado desde España, de modo que pocas anécdotas puedo referir sobre este sitio.

Misir Çarsi (Bazar Egipcio)

Horario 9:00-19:00. Cerrado DOMINGOS
Precioso mercado de dimensiones mucho más reducidas, y por lo tanto más abarcable que el Gran Bazar, merece la pena una visita para adquirir la infinidad de especias, frutos secos, etc., que en él se venden.
En cambio, sí me agradaba sobremanera el Bazar Egipcio, mucho más de andar por casa, más familiar, más cercano. En su recinto se encontraba un precioso restaurante, “Pandeli”, muy turco en su ambiente, al que solíamos ir mi esposa y yo cuando visitábamos este lugar.

Yeni Cami o Mezquita Nueva

Muy cerca del Bazar Egipcio, junto al puente de Gálata en Eminonü, se encuentra la Yeni Cami o Mezquita Nueva, de principios del siglo XVII con un ambiente y colorido a su alrededor increíble. Son famosas sus palomas. Es posiblemente, en su exterior, y debido a su ubicación, la más retratada y que en más films ha salido, de Estambul.



Quizás lo más llamativo de la Mezquita Nueva es el ambiente que la rodea. En aquellos días invernales de escaso o nulo turismo, la visita a esta mezquita y sus aledaños nos ofrece el regalo de trasladarnos a otra época. Yo, al menos, tenía la impresión de encontrarme en el corazón de la antigua Constantinopla, escuchando el canto del muecín, los gritos de los aguadores, las voces de los vendedores de diversos tenderetes, los murmullos de la gente… y las palomas, siempre las palomas…
Mezquita Rustem Pacha

En la misma zona también encontramos la mezquita Rustem Pacha, obra de Sinan, que por fuera pasa casi desapercibida por sus modestas dimensiones, pero que con seguridad posee, junto con el Palacio de Topkapi, la mejor muestra de azulejos de Iznik de la época más gloriosa, es decir siglos XV y XVI.


Esta mezquita es una pequeña joya que prácticamente todos los turistas que visitan Estambul dejan escapar. Una auténtica pena. Aquellos visitantes a los que acerqué a este lugar, siempre me lo agradecieron. Jamás defrauda.

Comencemos por hablar, antes de llegar a la mezquita, del camino a recorrer para acceder a ella. Muy cercana al Bazar Egipcio, así como también a la majestuosa Suleymaniye, y próxima al Cuerno de Oro, sin embargo, su ubicación es un intrincado manojo de calles que hay que conocer bien para llegar a buen puerto. Ya de por sí, el ambiente que palpamos al recorrer estas callejuelas, vale su peso en oro. Pequeños artesanos, casas de comida, tenderetes, repuestos de automóviles, neumáticos nuevos y usados, y los establecimientos más insospechados, salpican estas calles.


La mezquita, no es visible desde estos callejones y hay que saber muy bien la puerta que hay que elegir, para, una vez traspuesta, subir unas escaleras y allí, frente a nosotros, en lo alto, se asoma una de las joyas de Estambul. Es muy difícil de describir, o quizás debería de decir todo lo contrario, es muy fácil, pero muy difícil de hacer llegar al lector lo que uno siente cuando se ve inmerso en un pequeño recinto, que prácticamente todo él se encuentra cubierto por los mejores azulejos de Iznik que jamás vieron la luz. Lo dicho: un tesoro.

Palacio de Dolmabahçe

Horario 9:00-15:00. Cerrado LUNES y JUEVES
Situado junto al Bósforo, cerca del estadio Inönü. Mandado construir por el sultán Abdul Mecit a mediados del siglo XIX, es obra del arquitecto armenio Balyan. Recuerda a los grandes palacios europeos de la época. El salón del trono es impresionante. La lámpara que cuelga del techo fue un regalo de la reina Victoria de Inglaterra. En este Palacio murió el 10 de Noviembre de 1938, Mustafá Kemal, Ataturk, padre de la moderna República de Turquía. La visita del Palacio es con guía y, ciertamente, un tanto cara.


Como turista, estuve muchas veces en este palacio, que vino a sustituir, en el siglo XIX, al de Topkapi. No obstante, mi recuerdo más importante de este lugar, se remonta a 1993. En ese año, y con motivo de la visita oficial que los reyes de España efectuaron a Turquía, el presidente de la República Turca en aquellas fechas, Suleyman Demirel, ofreció una cena a nuestros monarcas en este recinto. Tuve el privilegio de estar, en unión de mi esposa, entre los invitados. Recuerdo aquella noche junto al Bósforo, como el marco de una película de ficción que se estaba desarrollando en la realidad.

Durante la cena, en el majestuoso salón del trono (44 x 46 metros), con una altura de 36 metros, en cuyo centro cuelga la inmensa araña de 4 ½ toneladas regalo de la reina Victoria de Inglaterra, había una orquestina que no paró de tocar durante toda la noche. Una de las piezas que interpretó fue el chotis “Madrid”.


Un hecho singular
Aprovechando la circunstancia de que fue aquí, precisamente, donde falleció Ataturk en 1938, no quiero pasar por alto un hecho que no deja indiferente, antes al contrario, a todo aquel que lo vive.
El 10 de noviembre de cada año, exactamente a las 09:05 horas, el momento en que fallece Mustafa Kemal Ataturk, Turquía se paraliza durante 1 minuto en señal de respeto y recuerdo.
Yo estaba advertido y no obstante, quedé profundamente impresionado la primera vez que fui testigo directo del hecho que voy a narrar.
Había salido de casa en dirección a la oficina, distante, como ya he mencionado, 5 minutos a pie de mi domicilio. A punto de arribar a mi destino, escucho el ulular de sirenas, terrestres y marítimas. Automáticamente, todos los vehículos y viandantes se detuvieron y así permanecieron, tal como estaban en el momento de detenerse, durante 60 segundos. Lo mismo hice yo. Es realmente un caso único y merece la pena el vivirlo. Pese a los años que pasé en Turquía y presenciar esta situación muchas veces, siempre quedé profundamente conmovido por el respeto y la admiración de los ciudadanos hacia quien, en una inmensa mayoría, consideran –en mi modesta opinión, con razón- el padre de la Turquía moderna.
 
Eyüp


 
En este lugar, al final del Cuerno de Oro, se encuentra la tumba del Santo Eyüp (Job), portaestandarte de Mahoma, así como la mezquita que lleva su nombre. Es el cuarto lugar sagrado para los musulmanes, tras La Meca, Medina y Jerusalén. Aquí eran coronados los sultanes otomanos con la espada que perteneció a Mahoma. Es también típico de Eyüp la presencia de niños el día de su circuncisión (van vestidos con trajecitos de almirantes y generales), así como de recién casados.


En lo alto de la mezquita, y al final de un precioso cementerio musulmán, se encuentra el Café Pier Loti, con una bonita vista del Cuerno de Oro si el tiempo climatológico es claro.



Desde mi llegada a Estambul, este fue uno de mis lugares favoritos. Aquí “había historia”. La historia, sobre todo aquella que puedo documentar, es uno de mis “amores”, y Eyup desprendía historia por todos sus rincones, desde la mezquita y el mausoleo del santo, hasta lo alto del cementerio, donde se encuentra el café Pier Loti, pasando por sus callejuelas repletas de leyendas.


Aquí, en Eyup, en una pequeña mezquita situada en la carretera que sube hacia lo alto del cementerio, escuché y vi al único almuédano que he podido contemplar llamando a la oración. Fue un momento mágico. Siempre era la megafonía instalada en los minaretes, la que se dirigía a los fieles, de modo que en aquella ocasión que tuve el privilegio de contemplar a un ser humano de verdad, dirigiéndose a los fieles desde un pequeño balcón de una modesta mezquita, quedé literalmente subyugado.



Sin embargo, no era la carretera mi ruta favorita para llegar a lo alto de la colina, donde se encuentra el café Pier Loti. El camino más romántico, y que realicé muchas veces, casi siempre en unión de mi esposa, otras veces con algún becario/a, asi como en solitario, era a través del histórico cementerio musulmán, que desde la planicie, sube y sube hasta llegar a la cima.


Había que ir bien equipado en cuanto al calzado, ya que no siempre era fácil la subida. Cuando se llegaba a la cima, el premio que se obtenía era una maravillosa visión del Cuerno de Oro. Si el día era claro, el panorama que contemplaban nuestros ojos, era un regalo sin precio. Las jornadas de lluvia también tenían premio: ante nuestros ojos se extendía, como una alfombra, una postal romántica del siglo XIX.




La historia de amor entre Pierre Loti y una hermosa doncella turca, de nombre Aziyade, tuvo lugar en este café de Eyup. La novela, que lleva el nombre de su amada, y que él comenzó a escribir aquí, es en parte autobiográfica.

Kariye (San Salvador en Chora)

Horario 9:30-16:30. Cerrado MARTES
Situada en Edirnekapi, esta antigua iglesia, luego mezquita, y hoy museo, es una pequeña maravilla del arte bizantino, sobrepasando con creces, en lo que a mosaicos se refiere, a Santa Sofía. También podemos admirar unos frescos impresionantes. Todo ello, siglos XI - XIV. Este es un lugar que habitualmente no se incluye en los recorridos turísticos por estar algo apartado. En cualquier caso, para el amante del arte bizantino es tan imprescindible como Santa Sofía.
NOTA: Kariye y Eyup se encuentran en las afueras del Estambul europeo monumental. Al estar situadas ambas en el mismo camino, y relativamente cerca una de otra, su visita se puede hacer de forma combinada. En una mañana o tarde se pueden ver ambas. ¡Ojo con el horario de la tumba de Eyup, que cierra a las 16:30!


De las numerosas joyas que posee Estambul, este era el lugar favorito de mi esposa, y como tal, fueron muchas las veces que lo visitamos. La verdad es que, desde la primera vez que puse los pies en este sitio, no me extrañó en absoluto la elección de Eloísa. Poco más puedo decir. Desde mi punto de vista, es visita obligada, aunque, desgraciadamente, son muchos los turistas que arriban a Estambul, que abandonan la ciudad sin haber puesto los pies en esta antigua iglesia, luego mezquita, y finalmente, gracias a Ataturk, al igual que Santa Sofía, museo.

Parque y Palacio de Yildiz

El maravilloso Parque de Yildiz, con varios pabellones donde se puede tomar té contemplando unas preciosas vistas. Aquí se encuentra el Palacio de Yildiz, lugar de residencia de Abdulhamit II (reinó desde 1876 a 1909), último gran sultán otomano con poderes absolutos (los dos últimos que le sucedieron lo fueron constitucionales, y por ende con un poder real muy reducido).
Aquí, en el palacio de Yildiz, en concreto en una estancia habilitada como sala para espectáculos, teatro o conferencias, conocí a Antonio Gala. Fue en noviembre de 1992. Aún no había publicado una novela que levantaría un gran revuelo, “La pasión turca” –editada al año siguiente-, aunque ciertamente se estaba documentando in situ acerca de los personajes, reales, que le dieron vida.

El escritor, con el que pudimos departir algunos minutos mi esposa y yo, nos dedicó su “Manuscrito carmesí”, que previsoramente había llevado a su conferencia, mi mujer.



De todos los libros que poseo en casa dedicados, que son muchos, tengo que confesar que la dedicatoria que Antonio Gala nos hizo a mi esposa Eloísa y a mí, es tal vez la más bonita y entrañable de las que habitan mi biblioteca. No puedo evitar el reproducirla en este lugar. Creo que no se puede decir más en menos.

La mezquita de Yildiz

Frente al palacio, se encuentra una mezquita que prácticamente ningún turista visita. Está totalmente apartada de los circuitos turísticos habituales, y además, su valor artístico no es importante. Sin embargo, a mí fue uno de los lugares que más me cautivó.


Amante de la historia, sobre todo de aquella, como yo digo, que “puedo documentar”, ya que soy como Santo Tomás, pude constatar a través de varios libros –editados en Turquía, en francés, sobre todo, y también en inglés-, que ésta, fue la mezquita a la que asistía todos los viernes, uno de los sultanes de mayor personalidad de la dinastía otomana, Abdulhamit II, cuyo reinado se extendió desde 1876 a 1909. Fue destronado en esta última fecha. El conocido libro de Kenizé MouradDe parte de la princesa muerta”, comienza justamente con el entierro de este sultán, acaecido en 1918.
Kenizé Mourad es nieta del sultán Murat V, hermano mayor y predecesor en el trono de Abdulhamit II, depuesto precisamente por éste.
Abdulhamit fue conocido como el “sultán rojo”, sobrenombre que le fue adjudicado, al parecer, por su carácter sanguinario. Fue ciertamente el último soberano absoluto de la dinastía, con una personalidad que siempre me sedujo, y del que tenemos fotografías y documentos de la época.


La mezquita de Yilidiz es pequeña, recogida, y tiene un encanto especial, sobre todo porque siempre está desierta. Aquí, como ya he dicho, no llegan los turistas. Fui muchas veces, y mientras permanecía en silencio, reposando en su interior, no podía dejar de pensar en la figura del “sultán rojo”. Tenía la impresión de que aún se encontraba presente en el aire que respiraba el lugar.

Ortaköy



El pueblecito de Ortaköy, que recomiendo vivamente, con un ambiente increíble en las tardes-noches en su preciosa plaza, y su maravillosa mezquita. Los domingos por la mañana hay un interesante mercadillo. En este pueblo de Ortaköy, y nada más salir del núcleo central, tomando la acera de la derecha en dirección Mar Negro, y paralela a la carretera, justo debajo del puente del Bósforo que une Europa y Asia, se encuentra el yali (chalet al borde del mar) que perteneció a Hatice Sultana, hija del Sultán Murat V, y madre de la princesa Selma, protagonista del libro De parte de la princesa muerta. Hoy en día está ocupado por el club de deportes acuáticos Yüzme Ihtisas/swiming club, que lo adquirió en 1972.


Este pueblo era otro de mis lugares favoritos en Estambul, y su pequeña mezquita, que se adentra en el mar como el mascarón de proa de un navío, es una de las más bellas de la ciudad.


Muchas, muchísimas veces vine a Ortaköy, a comer, a cenar pescados en alguno de los pequeños restaurantes que proliferan en la plaza, o simplemente a pasear. Creo recordar que era los domingos cuando había un mercadillo y se llenaba el lugar de gente, hasta los topes.


Siempre que venía aquí no podía apartar de mi cabeza a Selma, la protagonista del libro de Kenizé Mourad. Es difícil imaginarse cómo serían estos parajes en los inicios del siglo XX, pero si se posee un poco de imaginación y borra uno del mapa vehículos y algún que otro elemento, como por ejemplo el puente sobre el Bósforo, quizás nos aproximemos al cuento de hadas y vislumbremos a Selma, a Hatice Sultana y a un joven Mustafá Kemal…

Tour del Bósforo





Si el tiempo acompaña, se pueden perfectamente utilizar unas cuantas horas en este tour, que sale desde Eminonü (embarcadero 3; unos 5 €), y para en diversos puntos del lado asiático y europeo. Si se dispone de tiempo, merece la pena bajarse en la última parada del lado asiático, poco antes del Mar Negro, en el pueblo de Anadolu Kavagi y comer en este lugar. Otra alternativa es comer en la última parada europea, Sariyer, lo que permite, en caso de querer regresar con mayor rapidez, el tomar un taxi de vuelta en el citado pueblo. El tour completo dura 5 horas (1 ½ de ida + 2 horas de parada en Anadolu Kavagi + 1 ½ de vuelta).




Fueron muchas las veces que realicé este tour. Nueve años dan mucho de sí. Como bien digo en mi guía de esta ciudad, si el tiempo acompaña, el paseo es delicioso. En pocos lugares del mundo se tiene la posibilidad de ir desplazando la vista de un lado a otro viendo desfilar ante nuestros ojos, no solo palacios de ensueño, como Dolmabahçe y Çiragan en la orilla europea o Beylerbey en la asiática, sino, y sobre todo, contemplar los pueblecitos por los que transcurre el crucero, así como los numerosos yalis que pueblan las riberas de este histórico estrecho, acompañados siempre por el olor a mar y el revuelo de las gaviotas.


Calle de Istiklal

La famosa calle de Istiklal, hoy peatonal (¡ojo! que esta reglamentación no siempre es respetada) en el corazón de la antigua Pera, donde antaño se encontraban las grandes Embajadas, hoy Consulados.


¿Qué puedo decir de este calle? Para comenzar, he de confesar un terrible fallo de mi parte. Por más que he buscado en mis archivos fotográficos, no he encontrado testimonio alguno de este lugar. Es por ello que me he visto en la necesidad de hacer uso de las realizadas por mi hijo Mariano. Quizás sale ganando el lector que hasta aquí haya llegado.

Tantas y tantas veces recorrí estos metros, que van desde la plaza de Taksim hasta Tunel. Siempre llena de paseantes, siempre bulliciosa, viva. Cuando deambulaba por estos lugares, no podía apartar de la imaginación, las numerosas fotografías que existen de este mismo emplazamiento en los años 30 y 40 del pasado siglo, poco después de haberse instaurado la república, en la era de Ataturk. Toda esta zona era como un pequeño París en miniatura.


En torno a esta calle encontramos históricos puntos, como el liceo Galatasaray, “fábrica” durante muchos años de ministros, o el delicioso Çiçek Pasaj (pasaje de las flores), donde se puede tomar unas copas o cenar en un ambiente típicamente turco, y que sigue conservando un aire “decadente”, a pesar de la invasión que el turismo ha hecho de él en las últimas décadas.
Aledaño al Çiçeg Pasaj se encuentra el Balik Pazar (mercado del pescado), un lugar pintoresco como pocos, que sigue ofreciendo a los clientes que lo visitan, pescado fresco y otros manjares del mar.

Hotel Pera Palas

Muy cerca de esta calle, en Tepebasi, se encuentra el carismático HOTEL PERA PALAS, ya con más de un siglo de existencia, pues se construyó en 1890 para posibilitar la llegada del Orient Express a Estambul. Merece la pena una visita a sus salones, ascensor (el primero que se instaló en Turquía) y sobre todo al Orient Bar, muy frecuentado por Ataturk en sus visitas a Estambul.

Fueron muchas, muchísimas las veces que estuve en los salones de este hotel, historia viva de Estambul. Como curiosidad, pues creo que merece la pena, incluyo la larga lista de huéspedes de este recinto a lo largo de su historia, además, por supuesto de la novelista Agatha Christie. La fuente es un folleto del hotel.


Punto final

No quiero terminar sin un recuerdo especial para aquellas noches del Bósforo, en pequeños restaurantes de pescado, situados en los pueblecitos que besan sus aguas, como Bebek, Tarabia, Sariyer…


Tampoco he hablado de los vendedores de simits, las populares rosquillas de pan con semillas de sésamo, ni de los aguadores, ni de los puestos ambulantes de mejillones en el parque de Maçka, ni de las grandes nevadas, pocas, pero que cuando aparecen, siembran el pánico en una ciudad asentada en colinas, ni de los baklavas de Sutis, en la plaza de Taksim… tantas y tantas cosas que me quedarán por escribir, y que seguramente, solo las recordaré cuando ya sea demasiado tarde.

Otras vivencias, por el contrario, las silencio. Pienso que hay historias, que pese a recordarlas muy bien, no deben jamás verse en letra impresa. Algunas son exclusivamente mías; otras, forman parte de lo que el buen sentido me dice que no deben aflorar jamás a la luz.


Ya voy acabando mi relato. El problema que tengo es que podría seguir manchando páginas y páginas, pero entonces no pondría nunca la palabra “Fin”, de modo que, si quiero compartir mis recuerdos estambulitas, tengo que finalizar ya. Lo haré con las mismas palabras con las que encabezo esta historia: Estambul, siempre estará en mi recuerdo. 
Las Rozas de Madrid, a 14 de abril de 2013