sábado, 7 de febrero de 2026

 

TENERIFE CON MI HIJA


No sé bien cómo comenzar este relato, que difiere totalmente de los que acostumbro a escribir acerca de mis viajes con la Hermandad de Jubilados de los ministerios de comercio, economía y hacienda. Este que escribo ahora es un viaje muy especial por las circunstancias que me han llevado a él. A ver si logro explicarme.


Mi hermana Charo, residente en Tenerife, es paciente oncológica va a hacer ya tres años el próximo marzo. La última vez que nos vimos fue en Astorga en el verano de 2021 y la última vez que yo había estado en Tenerife fue en 2017 con motivo del fallecimiento de mi otra hermana, Marisa, la gemela de Charo.

Durante los últimos tres años siempre he estado en contacto telefónico con Charo, llamándola siempre todos los lunes desde que la ingresaron en el hospital por primera vez en marzo de 2023, y tanto mis hijos, Mariano y Marisa, como yo, siempre hemos vivido a distancia los avatares de su enfermedad con numerosos ingresos hospitalarios.


El pasado mes de enero, a principios del mismo, mi hija Marisa me preguntó si no había pensado en desplazarme a Tenerife para darle un abrazo a mi hermana. Mi hijo Mariano, que mantiene una relación muy estrecha con su tía y con su marido, Javier de la Rosa, ya la había visitado un mes atrás, una visita más de las tantas que le ha hecho estos últimos años.


A la pregunta de mi hija Marisa le respondí que ya me consideraba incapaz de viajar solo en avión con todo lo que ello implica en la actualidad. Además llevo más de 20 años sin sacar personalmente un billete de avión ni tener que preocuparme de la logística. Los últimos años que pasé en activo en el ministerio hasta que me jubilé en 2015, los viajes de trabajo que hacía periódicamente a Bruselas cada dos meses me lo daban todo hecho y lo único que tenía que hacer era presentarme en el aeropuerto con los documentos que me habían proporcionado.


En cuanto a los muchos viajes que he hecho con la Hermandad de Jubilados, tres cuartos de lo mismo: no tenía que hacer nada porque ya nos lo dan todo resuelto y la Hermandad así como las agencias de viaje que colaboran con nosotros funcionan como un reloj suizo.

Vuelvo al principio. De modo que cuando le contesté a mi hija que me consideraba incapaz de desplazarme solo a Tenerife, me contestó rotundamente que no tenía que viajar solo, que ella me acompañaba y que se encargaba de toda la logística. En esa situación, le dije que sí sin dudarlo y únicamente le comenté que ya que íbamos a desplazarnos, lo único que le pedía era un pequeño capricho, pernoctar en el Hotel Mencey. Este hotel no solo es un 5 estrellas, es mucho más, es un símbolo de la isla desde principios de los años 50 del siglo pasado, y para mí, por las circunstancias que ahora explicaré (espero hacerlo en pocas líneas), es muy especial.


La que fue mi casa en Santa Cruz de Tenerife durante mi infancia y mi adolescencia hasta los 15 años se encontraba y se encuentra en la calle Teniente Martín Bencomo, justo a 100 metros del hotel Mencey, y por lo tanto el hotel fue siempre un lugar próximo en todos los sentidos: en sus jardines, junto con mis amigos, jugábamos, nos bañábamos en su piscina, 20 pesetas la entrada, y nos paseábamos por sus instalaciones como si estuviéramos en nuestra casa, siempre con el visto bueno del personal del hotel que nos conocían a todos, pues nuestros padres solían tomar el aperitivo muchos domingos en el hotel.

Citaré dos anécdotas que viví en el Mencey. En 1961, yo tenía 14 años, el Club Deportivo Tenerife ascendió a la primera división del fútbol español. Prácticamente la totalidad de los equipos que visitaban la isla se alojaban en el Hotel Mencey. Seguramente en la mañana de un domingo, mis amigos y yo jugábamos con una pelota en la gran rotonda central de césped del hotel cuando se nos acercó Enrique Collar, recientemente fallecido, extremo izquierdo del Atlético de Madrid, un gaditano simpatiquísimo que se puso a jugar con nosotros unos minutos. Yo siempre he pensado qué habría ocurrido si Collar se hubiera lesionado por hacer felices a unos adolescentes.

La otra anécdota es que cuando se alojó el Real Madrid en el hotel, el sábado en la noche nos bajamos a unos de los bares del Mencey y allí estuvimos departiendo con Puskas, Gento, Pachín… hasta que llegó Di Stéfano; nos vio y nos soltó tres palabras muy rotundas con muy malas pulgas: “¡Niños, coño, fuera!”, así que nos tuvimos que marchar con el rabo entre las piernas, pero nadie nos puede quitar el hecho de haber departido con ellos. Luego, al día siguiente, ya en el estadio Heliodoro Rodríguez López, les pude hacer fotos a todos ellos (cuyos negativos conservo como oro en paño) en el campo de juego antes de comenzar el partido. Quien me lea se estará preguntando que cómo fue eso posible; esa es otra historia que necesitaría otro artículo.

(Cuarenta años más tarde, en Estambul, en 2001, durante mi destino como Agregado Comercial, con motivo de un encuentro de Copa de Europa entre el Real Madrid y el Galatasaray, en una comida que organizó el Embajador en la residencia de verano de la Embajada, en Buyukdere, junto al Bósforo, tuve ocasión de departir con Amancio, Gento, Di Stéfano y Valdano, al lado del cual me tocó sentarme en el almuerzo. Le comenté a Gento lo acaecido 40 años atrás, pero no me atreví a decirle nada al gran Alfredo, que imponía). Hay documento gráfico del almuerzo:

https://jjalonsopanero.blogspot.com/search?q=Estambul

En fin, situémonos en la realidad del presente. El 4 de enero mi hija Marisa reservó el hotel y adquirió los billetes de avión al aeropuerto de Los Rodeos (siempre se llamó así y así lo seguiré llamando yo), ahora conocido como Tenerife Norte para distinguirlo del Reina Sofía, Tenerife Sur, con ida el viernes 30 de enero y regreso a Madrid el lunes 2 de febrero.

Lo que nadie podía prever, ya que mi hermana se encontraba relativamente bien en su apartamento de Santa Cruz, es que fuera a tener una recaída y la tuvieran que ingresar en el hospital justo el día antes de que nosotros llegáramos. En cualquier caso nunca pensamos en cancelar o posponer el viaje.

Viernes, 30 de enero

Así pues, el viernes 30 de enero, tras un vuelo con muchas turbulencias (de los peores que he hecho en mi ya larga vida) aterrizamos en Los Rodeos sobre las tres de la tarde. Habían ido a esperarnos mi hermano Paulino y su esposa Eva.



Nos inscribimos en el hotel, habitación 90, hermosa y acogedora, en la planta del entresuelo y tras deshacer las maletas nos dimos un pequeño paseo por los alrededores en mangas de camisa con un tiempo maravilloso, increíble para quienes habíamos sufrido una copiosa nevada en Las Rozas tres días atrás. Pasamos, justo enfrente del Hotel Mencey, en el lugar que se encontraba la Residencia Tamaide, que la derribaron hace años para levantar un nuevo edificio. Estuve hospedado en Tamaide, habitación 103 que daba a la Rambla, todo el año 1972 durante mi destino como Secretario de la Delegación Regional de Comercio, hoy en día Dirección Territorial de Comercio. Esa historia la cuento con pelos y señales en el prefacio del artículo correspondiente a mi viaje a la isla de La Palma en junio del pasado año con la Hermandad de Jubilados.

A las cinco de la tarde tomamos un taxi para desplazarnos al hospital, cercano a San Cristóbal de La Laguna, que es el que le corresponde a mi hermana, ya que su residencia habitual la tiene en La Laguna.

La gran diferencia que suponía el que hubiéramos podido visitar a mi hermana en el apartamento de Santa Cruz sin restricciones de ningún tipo, ahora se circunscribía a unas visitas muy estrictas entre las 17:00 y las 18:30 y siempre con sólo dos visitantes a la vez y con mascarilla, de modo que nos teníamos que alternar mi hija y yo con mis hermanos Paulino y Eva, así como con Javier, el esposo de mi hermana. Le dimos un abrazo muy emotivo a Charo y allí estuvimos departiendo, fundamentalmente escuchándola a ella, hasta que nos tuvimos que marchar.





Tomamos un taxi en las puertas del hospital y nos dirigimos al hotel. Marisa le había echado el ojo a uno de los restaurantes del hotel que le pareció ideal para cenar. Tenía como un comedor de juguete, una mesa redonda para cuatro comensales y una barra con seis cómodos asientos. El personal preparaba y servía los pedidos confeccionándolos a la vista de todos. El restaurante, dentro del hotel como ya he dicho, se llama Colmado 1917 y en él disfrutamos de una excelente cena que comenzó sobre las 20:00 horas.




Cuando acabamos, me fumé un cigarrillo en las puertas del hotel y nos adentramos en la vecina calle, mi calle, de Teniente Martín Bencomo, hoy en día repleta de coches aparcados, cuando en mi infancia tan solo solía estar el coche de mi padre como muestra la instantánea de 1961. Llegamos hasta casi el final de la calle a la que fue mi casa, muy bien cuidada hasta el extremo que puedo decir que era la más bonita de la calle. Aquí, recordando los tiempos en que jugaba con mis amigos al fútbol en esta vía (a lo mejor pasaba un coche cada media hora) me hizo mi hija varias fotos.



La ocasión se presta para que incluya en el relato una foto por mi muy querida. Es de mayo de 1956, a mi me faltaban dos meses para cumplir 9 años y la hizo mi padre con su recién adquirida Contax IIIa de Zeiss. En la foto estoy en el jardincillo (hoy en día desaparecido) que tenía la casa junto a las escaleras y que servía de separación con la de nuestros vecinos los Thomé. Me acompañan mis íntimos amigos, los hermanos Beautell Stroud, Fernando y Emilio, y los hermanos Thomé de Guezala, Federico y Fernando, desgraciadamente ya fallecidos ambos, que habitaban la casa vecina cuyas escaleras se ven en la foto. Aún hoy mantengo un estrecho contacto con Emilio Beautell, que es el rubio que se ve a la derecha en primer plano. Emilio, al igual que ni hermano Paulino y quien suscribe estas líneas en un hincha irredento del Real Madrid. Por último, antes de abandonar este párrafo una aclaración. Quien mire la foto le llamará la atención de ver a mis cuatro amigos vestidos con ropa de diario para jugar y quien suscribe estas líneas de traje con pajarita. Todo tiene una explicación, yo iba a acompañar a mi padre a la inauguración de una fábrica de la industria gráfica y me habían vestido “de domingo”. Han pasado casi 70 años, pero aún recuerdo muy bien ese día.


Salimos de la calle bajando por la avenida 25 de julio hasta desembocar en la cercana Rambla, que en mis tiempos se llamaba del General Franco y que ahora se llama Rambla de Santa Cruz. Nos acostamos temprano y ya teníamos programados los pasos que íbamos a dar al día siguiente.

Sábado, 31 de enero


Desayunamos sobre las 09:00 con el excelente buffet del hotel, y después nos fuimos andando hasta la pastelería de López Echeto, sita en la Rambla esquina con la calle Numancia. Esta pastelería tiene muchos recuerdos para mí; su obrador original estaba y sigue estando en San Cristóbal de La Laguna, muy cerca de la iglesia de la Concepción, en la calle San Antonio, y de niño recuerdo siempre los increíbles dulces (maravillosas las rosquillas de huevo, los tocinos de cielo, los petitsus…) que elaboraba don Luis López Echeto, aragonés de la quinta de mi padre. Después de muchísimos años de éxito la empresa que ha pasado a hijos y nietos, decidió abrir casa en Santa Cruz, en un lugar ideal, en una de las zonas más bonitas de la Rambla, próxima a la que fue mi casa así como al Hotel Mencey.


Puesto que íbamos a ir a comer a casa de mi hermano Paulino, le propuse a mi hija el adquirir en el obrador de López Echeto un surtido variado de dulces, y eso hicimos, siendo Marisa la que eligió todos los pasteles, con alguna indicación mía, pues no quería quedarme sin probar de nuevo, después de tantísimos años, las famosas rosquillas de huevo, así como los tocinos de cielo. Salimos de la dulcería y nos dirigimos dando un paseo por la Rambla hasta el hotel, donde nos iba a recoger Paulino. El paseo lo hacemos con un tiempo climatológico increíble para un 31 de enero, sobre los 20 grados, con un sol espléndido. A pesar de haber vivido tantos años en Canarias, sigo sorprendiéndome del maravilloso clima que disfrutan las islas, un auténtico tesoro.

A las 11:00 en punto nos recoge mi hermano en el hotel, y tal como habíamos programado nos dirigimos al cementerio municipal de Santa Lastenia, donde están enterrados mis padres, así como los dos hermanos fallecidos en la más tierna infancia.

Paulino encontró sitio para aparcar el coche con alguna dificultad, ya que el aparcamiento estaba repleto. Casualmente, el día anterior había fallecido Ricardo Melchior que fue presidente del Cabildo Insular de Tenerife, y que además era amigo mío de la infancia, y que siguió teniendo una íntima amistad con mis hermanas. De hecho, mi hermana Charo sintió muchísimo su pérdida y no dejó de poner en su Facebook una bonita foto actual de ella con Ricardo Melchior.

Aquí, frente al cementerio, tengo que recordar a mi hijo Mariano, que siempre que va a Tenerife no deja de visitar la tumba de sus abuelos; no sólo eso, sino que va preparado para limpiar la lápida del nicho y ponerle flores. La última vez, hace poco más de un mes, además, decidió adornar el nicho con unas bonitas flores artificiales.


Antes de entrar, en la floristería sita frente al complejo, adquirimos unos preciosos ramos de rosas amarillas y rojas, así como también otro de lirios para mi cuñada Eva, que cuando se abrieron al día siguiente lucían espectaculares.

Entramos al cementerio y casi sin dificultades, con la inestimable ayuda de Paulino, logramos encontrar el nicho de mis padres, que estaba impoluto tras la última visita de Mariano. Mi hija Marisa fue cortando e introduciendo las rosas entre las flores artificiales y les echamos además agua.



Cuando salimos nos dirigimos a la cercana casa de Paulino para dejar los dulces y a continuación, mi hermano descapotó su vehículo Renault y tras ponernos crema para el sol nos fuimos a dar un precioso paseo llegando hasta las cercanas localidades de Candelaria y Las Caletillas; en este último punto tuvieron mis padres en sus finales años de vida un apartamento, que mi esposa Eloísa y yo, entonces destinados en la vecina Gran Canaria, en Las Palmas, llegamos a disfrutar. Paramos en el paseo marítimo, donde Paulino logró encontrar un aparcamiento y estuvimos recorriendo el lugar a pie disfrutando del maravilloso tiempo, que había congregado a numerosos bañistas en la playa. Un auténtico lujo.


Ya en la casa de mi hermano, le dimos un abrazo a mi cuñada Eva así como a mi sobrino Paulino, al que hacía mucho tiempo que no veíamos, y por ello nos produjo una gran alegría el poder abrazarlo. Paulino hijo no sólo iba a comer con nosotros, sino que además, como profesional del ramo él se encargaba hoy de la cocina.


Tuvimos los cinco un almuerzo maravilloso con aperitivos de entrada y una paella de lujo confeccionada por Paulino. De postre cayó casi entera la bandeja de dulces de López Echeto, así como durante la comida tres botellas de vino Prieto Picudo de 2024 que estaban de muerte, y de remate más de una copita de Pedro Ximénez. Total, quien escribe estas líneas acabó ligeramente achispado. Durante el almuerzo mi hermano y yo estuvimos recordando tiempos de nuestra infancia en Tenerife, así como los años de nuestra adolescencia e incipiente juventud en Madrid, cuando nos quedamos solos en la casa de la calle Vallehermoso durante el destino de nuestros padres en Ginebra que se llevaron con ellos a nuestras hermanas. Este es el punto para decir que pocas veces lo he pasado tan bien como en esta ocasión; creo que todos disfrutamos como hacía muchísimo que no lo hacíamos.

Ya en la tarde fuimos de nuevo a visitar a mi hermana Charo al hospital. Allí nos encontramos con su marido Javier, y alternándonos de dos en dos fuimos entrando todos en la habitación de Charo, a la que contamos nuestras vivencias y sobre todo escuchamos sus palabras, pues mi hermana cuando empieza a hablar no acaba. Se la veía contenta, dentro de su particular situación y no dejamos de hablar, sobre todo Charo, de la malísima suerte de que la tuvieran que ingresar, cuando ella lo tenía ya todo preparado en su apartamento de Santa Cruz para nuestra visita. Qué se le va a hacer; está claro que el hombre propone y Dios dispone.

Cuando abandonamos el hospital nos dirigimos al hotel y luego, antes de cenar estuvimos una media hora sentados en un banco de la Rambla hasta las 8 de la tarde en que fuimos a La Tasca de Enfrente, que como su nombre indica está justo frente al Hotel Mencey desde hace casi 70 años. Marisa y yo nos sentamos en una mesa en la terraza y siguiendo las recomendaciones de mi hermana pedimos solomillo fileteado con salsa y tortilla de patatas con cebolla, que la sirvieron muy jugosa, como a mí me gusta. Marisa bebió vino tinto y yo cerveza, de las que cayeron dos cañas. La parte divertida de la cena fue “la amistad” que hizo mi hija con el matrimonio y una amiga que estaba sentado en la mesa de al lado, y que eran muy agradables; él acabó sirviéndole vino de su botella a mi hija mientras Marisa esperaba a que le trajeran otra copa. Lo pasamos muy bien.  

Domingo, 1 de febrero

Desayunamos con el magnífico buffet del Hotel sobre las nueve de la mañana, con tranquilidad, y tras pasar por la habitación abandonamos el Mencey para darnos el gran paseo que teníamos programado hasta la Plaza de España junto al mar.



Atravesamos la Rambla y nos introdujimos en el Parque Municipal García Sanabria, un símbolo de la isla y el pulmón de Santa Cruz. Fuimos recorriendo los lugares que yo vivía de niño mientras Marisa tomaba fotos con su iphone17. Al llegar al reloj de flores, un icono de Santa Cruz, nos detenemos y un amable señor de mi edad nos hace un par de fotos, juntos a padre e hija. Esta es la ocasión de contar que siempre he mirado este reloj de una manera muy cercana. La maquinaria del mismo se importó de Suiza en los años 50 del siglo pasado y la licencia de importación la firmó mi padre siendo el Delegado de Comercio en Santa Cruz de Tenerife. Durante mi destino en esta ciudad, en 1972, todos los días de lunes a viernes pasaba por delante del reloj en el trayecto que me llevaba, paseando, desde la Residencia Tamaide hasta la delegación de Comercio, en la calle del Pilar, 1. Creo que este es el lugar para comentar las fotos que inserto de mis hijos Mariano y Marisa de niños junto al reloj de flores. Las fotos son de julio de 1979 y corresponden al viaje que hicimos desde Ginebra, donde yo estaba destinado, hasta Santa Cruz, para asistir a la jubilación de mi padre que cumplía 70 años el 31 de julio.



Continuamos nuestro paseo bajando por la calle del Pilar hasta llegar a la esquina con Pérez Galdós, donde subimos y torcimos a la izquierda en Juan Padrón por donde se salía del garaje de la que fue, desde 1972, última morada de mis padres en Santa Cruz de Tenerife en la calle del Castillo; era un increíble y precioso piso triplex. Al llegar aquí, Marisa que en 1979 tenía 4 años, miraba hacia el balcón de la casa y decía que se acordaba perfectamente y que desde ese balcón había visto desfilar a su abuelo por la calle el 25 de julio, fecha conmemorativa en que la ciudad de Santa Cruz de Tenerife derrotó a la escuadra inglesa que intentaba invadir la isla; el Comandante Nelson, al mando de la escuadra, perdió aquí un brazo alcanzado por una bala del cañón Tigre.



Continuamos cuesta arriba por la calle del Castillo, hoy peatonal, hasta la Plaza de Weyler y la Capitanía General de Canarias, donde en 1936 era capitán general Francisco Franco; aquí topamos con una manifestación de los pro animales que gritaban como desaforados “Sí a la vida, no a la caza”.


Recorremos de nuevo hacia abajo la calle del Castillo, y nos detenemos en la tienda de Skechers. Antes, según subíamos, mi hija ya se había fijado en la tienda, y como estaba abierta (lo estaban todas las de la calle pese a ser domingo, probablemente porque al día siguiente, la Candelaria, era fiesta local, y además aprovechaban la invasión de turistas de dos grandes cruceros atracados en el muelle), Marisa me dijo que me iba a regalar unos zapatos maravillosos, que no tenían que ver nada con las deportivas que yo llevaba de El Ganso. Tras probarme varios Skechers acabé saliendo de la tienda con unos puestos, que no eran los más bonitos, pero eran los que me quedaban como un guante. Iba calle abajo como flotando, los zapatos son una maravilla y nunca le agradeceré bastante a mi hija el regalo.




Seguimos cuesta abajo y en Loterías y Apuestas del Estado Marisa cobra un reintegro de la Lotería de Navidad. Continuamos hasta la plaza de la Candelaria, también ahora peatonal, donde encontramos de nuevo a los manifestantes, y seguimos hasta la plaza de España, donde Marisa me toma numerosas fotos. Nos sentamos en un banco, donde me fumo un cigarrillo, y admiramos el panorama que desde aquí se vislumbra del centro de Santa Cruz.  El tiempo climatológico es increíble, con una temperatura ideal algo superior a los 20 grados y un cielo azul y diáfano sin una sola nube.



Tras el maravilloso paseo que disfrutamos, cogemos un taxi para regresar al hotel.

Nos recoge Javier a las dos y media, pues nos había invitado a comer en el Real Club Náutico. Nos sentamos en la terraza contemplando la vista del mar azul frente a nosotros, y aunque nos hacen esperar bastante hasta que nos sirven, además de la compañía de mi cuñado, disfrutamos de una fantástica comida, de la que recuerdo un maravilloso pato con una salsa increíble. Acabamos de comer ya pasadas las cuatro y media y en un taxi nos dirigimos hacia el hospital para visitar a mi hermana.


Ya en la habitación de Charo le comentamos nuestro día y lo bien que lo habíamos aprovechado y estuvimos con ella hasta las 18:30 en que teníamos que abandonar la habitación. Nos despedimos con emoción, y ya fuera hacemos lo propio con Paulino y Eva que regresan a su casa. Javier, Marisa y yo tomamos un taxi. Dejamos a Javier en su apartamento de Santa Cruz y nosotros seguimos hasta el hotel.

A las 20:15 cenamos en un restaurante adosado al hotel Mencey, KonTiki, ubicado en los jardines de la que fue casa, una increíble mansión, de Don Pedro Duque, hombre de mediana edad en mi adolescencia, delgado, calvo, alguien especial al que recuerdo de niño saltando desde el trampolín de 10 metros del Real Club Náutico, haciendo grandes alardes antes de tirarse espectacularmente. La cena, fantástica, al igual que la del Colmado 1917, fue también de diseño y veíamos cómo la iban preparando a la vista de los comensales.

Nos acostamos pronto.

Lunes, 2 de febrero

Último desayuno buffet en el hotel. Nos despedimos en recepción y tomamos un taxi que nos lleva sin atasco (hoy, día de la Candelaria es fiesta local) hasta el aeropuerto. El taxista, muy canario, nos despide diciéndonos que la Virgen de la Candelaria nos proteja.

Con las ventajas que disfruta Marisa por sus muchos vuelos transoceánicos, igual que hicimos en Madrid, vamos a la sala VIP.

Despegamos poco después de las 11:30 hora canaria, y llegamos a Madrid, tras un vuelo apacible, antes de las tres de la tarde.

Nos recibe Madrid con restos de lluvia y 9 grados de temperatura.

Recogemos el coche de mi hija en el aparcamiento.

Antes de las 16:00 estoy en casa.

Este ha sido un viaje muy especial; especial por las circunstancias que me llevaron a hacerlo, que no hubiera deseado que existieran, pero no se puede luchar contra la realidad. Además, corrimos con la mala suerte del ingreso hospitalario de Charo, cuando ella, con gran amor, había preparado todo en su apartamento para que la pudiéramos visitar en familia y sin restricciones. La realidad nos impuso otras reglas y a ellas tuvimos que atenernos.

Lamentando la parte negativa del viaje, afortunadamente conté con la compañía de mi hija, que fue muy especial para mí y me faltan las palabras para describir mis sentimientos.

Espero que todo aquel que lea estas líneas haya encontrado interesante todo lo que en ellas narro de los cuatro días que mi hija y yo pasamos en Tenerife.

Acabo. Este relato es un regalo que le hago a mi hermana. Ya que no pude estar con ella todo el tiempo que habría deseado, que ella puede disfrutar leyendo las vivencias de su hermano mayor y de su sobrina en los cuatro días que pasamos en Tenerife. ¡Va por ti, Charo! Muchísimos besos.

Juan José Alonso Panero

Las Rozas de Madrid, 7 de febrero de 2026

5 comentarios:

  1. Muy lindo viaje lleno de recuerdos bonitos para volver a disfrutarlo

    ResponderEliminar
  2. Es un relato precioso padre. Más emotivo y profundo que otros pero sigue teniendo tu sello. Yo disfruté muchísimo acompañándote. Marisa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hija, no tengo palabras para responderte, tu compañía y cariño ha sido el mejor regalo que he tenido en muchísimos años.
      Un millón de besos

      Eliminar
  3. Me ha encantado el relato de tu viaje a Santa Cruz y de tus vivencias con tus hermanos tu hermana y compañía yo sigo muy cerca a tu hermana Charito para cualquier un montón igual que todos vosotros y la verdad es que es una pena que las dos días de vuestra casa se nos vayan una de atrás de la otra, pero creo que vamos a hacer la vida. Gracias por tu descripción de tus andanzas por Santa Cruz según ibas contando, yo también las iba a rememorando

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus palabras, pero me gustaría saber quien eres para podértelo agradecer de corazón

      Eliminar