TENERIFE CON MI HIJA
Durante los últimos tres
años siempre he estado en contacto telefónico con Charo, llamándola siempre todos
los lunes desde que la ingresaron en el hospital por primera vez en marzo de
2023, y tanto mis hijos, Mariano y Marisa, como yo, siempre hemos vivido a
distancia los avatares de su enfermedad con numerosos ingresos hospitalarios.
Vuelvo al principio. De
modo que cuando le contesté a mi hija que me consideraba incapaz de desplazarme
solo a Tenerife, me contestó rotundamente que no tenía que viajar solo, que
ella me acompañaba y que se encargaba de toda la logística. En esa situación,
le dije que sí sin dudarlo y únicamente le comenté que ya que íbamos a
desplazarnos, lo único que le pedía era un pequeño capricho, pernoctar en el
Hotel Mencey. Este hotel no solo es un 5 estrellas, es mucho más, es un símbolo
de la isla desde principios de los años 50 del siglo pasado, y para mí, por las
circunstancias que ahora explicaré (espero hacerlo en pocas líneas), es muy
especial.
Citaré dos anécdotas que viví en el Mencey. En 1961, yo tenía 14 años, el Club Deportivo Tenerife ascendió a la primera división del fútbol español. Prácticamente la totalidad de los equipos que visitaban la isla se alojaban en el Hotel Mencey. Seguramente en la mañana de un domingo, mis amigos y yo jugábamos con una pelota en la gran rotonda central de césped del hotel cuando se nos acercó Enrique Collar, recientemente fallecido, extremo izquierdo del Atlético de Madrid, un gaditano simpatiquísimo que se puso a jugar con nosotros unos minutos. Yo siempre he pensado qué habría ocurrido si Collar se hubiera lesionado por hacer felices a unos adolescentes.
La otra anécdota es que
cuando se alojó el Real Madrid en el hotel, el sábado en la noche nos bajamos a
unos de los bares del Mencey y allí estuvimos departiendo con Puskas,
Gento,
Pachín…
hasta que llegó Di
Stéfano; nos vio y nos soltó tres palabras muy rotundas con muy
malas pulgas: “¡Niños, coño, fuera!”, así que nos tuvimos que marchar con el
rabo entre las piernas, pero nadie nos puede quitar el hecho de haber departido
con ellos. Luego, al día siguiente, ya en el estadio Heliodoro Rodríguez López, les
pude hacer fotos a todos ellos (cuyos negativos conservo como oro en paño) en
el campo de juego antes de comenzar el partido. Quien me lea se estará
preguntando que cómo fue eso posible; esa es otra historia que necesitaría otro
artículo.
(Cuarenta
años más tarde, en Estambul, en 2001, durante mi destino como Agregado
Comercial, con motivo de un encuentro de Copa de Europa entre el Real Madrid y
el Galatasaray, en una comida que organizó el Embajador en la residencia de
verano de la Embajada, en Buyukdere, junto al Bósforo, tuve ocasión de departir
con Amancio,
Gento,
Di Stéfano
y Valdano,
al lado del cual me tocó sentarme en el almuerzo. Le comenté a Gento
lo acaecido 40 años atrás, pero no me atreví a decirle nada al gran Alfredo,
que imponía). Hay documento gráfico del almuerzo:
https://jjalonsopanero.blogspot.com/search?q=Estambul
En fin, situémonos en la
realidad del presente. El 4 de enero mi hija Marisa reservó el hotel y
adquirió los billetes de avión al aeropuerto de Los Rodeos (siempre se llamó
así y así lo seguiré llamando yo), ahora conocido como Tenerife Norte para
distinguirlo del Reina Sofía, Tenerife Sur, con ida el viernes 30 de enero y
regreso a Madrid el lunes 2 de febrero.
Lo que nadie podía prever,
ya que mi hermana se encontraba relativamente bien en su apartamento de Santa
Cruz, es que fuera a tener una recaída y la tuvieran que ingresar en el
hospital justo el día antes de que nosotros llegáramos. En cualquier caso nunca
pensamos en cancelar o posponer el viaje.
Viernes, 30 de enero
Así pues, el viernes 30 de
enero, tras un vuelo con muchas turbulencias (de los peores que he hecho en mi
ya larga vida) aterrizamos en Los Rodeos sobre las tres de la tarde. Habían ido
a esperarnos mi hermano Paulino y su esposa Eva.
A las cinco de la tarde
tomamos un taxi para desplazarnos al hospital, cercano a San Cristóbal de La
Laguna, que es el que le corresponde a mi hermana, ya que su residencia
habitual la tiene en La Laguna.
La gran diferencia que
suponía el que hubiéramos podido visitar a mi hermana en el apartamento de
Santa Cruz sin restricciones de ningún tipo, ahora se circunscribía a unas
visitas muy estrictas entre las 17:00 y las 18:30 y siempre con sólo dos
visitantes a la vez y con mascarilla, de modo que nos teníamos que alternar mi
hija y yo con mis hermanos Paulino y Eva, así como con Javier, el esposo de mi hermana.
Le dimos un abrazo muy emotivo a Charo y allí estuvimos departiendo,
fundamentalmente escuchándola a ella, hasta que nos tuvimos que marchar.
Sábado, 31 de enero
A las 11:00 en punto nos
recoge mi hermano en el hotel, y tal como habíamos programado nos dirigimos al
cementerio municipal de Santa Lastenia, donde están enterrados mis padres, así
como los dos hermanos fallecidos en la más tierna infancia.
Paulino encontró sitio para aparcar el coche
con alguna dificultad, ya que el aparcamiento estaba repleto. Casualmente, el
día anterior había fallecido Ricardo Melchior que fue presidente del
Cabildo Insular de Tenerife, y que además era amigo mío de la infancia, y que
siguió teniendo una íntima amistad con mis hermanas. De hecho, mi hermana Charo
sintió muchísimo su pérdida y no dejó de poner en su Facebook una bonita foto
actual de ella con Ricardo Melchior.
Aquí, frente al
cementerio, tengo que recordar a mi hijo Mariano, que siempre que va a Tenerife no deja
de visitar la tumba de sus abuelos; no sólo eso, sino que va preparado para
limpiar la lápida del nicho y ponerle flores. La última vez, hace poco más de
un mes, además, decidió adornar el nicho con unas bonitas flores artificiales.
Entramos al cementerio y
casi sin dificultades, con la inestimable ayuda de Paulino, logramos encontrar el
nicho de mis padres, que estaba impoluto tras la última visita de Mariano.
Mi hija Marisa
fue cortando e introduciendo las rosas entre las flores artificiales y les echamos
además agua.
Tuvimos los cinco un
almuerzo maravilloso con aperitivos de entrada y una paella de lujo
confeccionada por Paulino. De postre cayó casi entera la bandeja
de dulces de López
Echeto, así como durante la comida tres botellas de vino Prieto
Picudo de 2024 que estaban de muerte, y de remate más de una copita de Pedro
Ximénez. Total, quien escribe estas líneas acabó ligeramente achispado. Durante
el almuerzo mi hermano y yo estuvimos recordando tiempos de nuestra infancia en
Tenerife, así como los años de nuestra adolescencia e incipiente juventud en
Madrid, cuando nos quedamos solos en la casa de la calle Vallehermoso durante
el destino de nuestros padres en Ginebra que se llevaron con ellos a nuestras
hermanas. Este es el punto para decir que pocas veces lo he pasado tan bien
como en esta ocasión; creo que todos disfrutamos como hacía muchísimo que no lo
hacíamos.
Ya en la tarde fuimos de
nuevo a visitar a mi hermana Charo al hospital. Allí nos encontramos con su
marido Javier,
y alternándonos de dos en dos fuimos entrando todos en la habitación de Charo,
a la que contamos nuestras vivencias y sobre todo escuchamos sus palabras, pues
mi hermana cuando empieza a hablar no acaba. Se la veía contenta, dentro de su
particular situación y no dejamos de hablar, sobre todo Charo, de la malísima suerte de
que la tuvieran que ingresar, cuando ella lo tenía ya todo preparado en su
apartamento de Santa Cruz para nuestra visita. Qué se le va a hacer; está claro
que el hombre propone y Dios dispone.
Cuando abandonamos el
hospital nos dirigimos al hotel y luego, antes de cenar estuvimos una media
hora sentados en un banco de la Rambla hasta las 8 de la tarde en que fuimos a
La Tasca de Enfrente, que como su nombre indica está justo frente al Hotel
Mencey desde hace casi 70 años. Marisa y yo nos sentamos en una mesa en la
terraza y siguiendo las recomendaciones de mi hermana pedimos solomillo
fileteado con salsa y tortilla de patatas con cebolla, que la sirvieron muy
jugosa, como a mí me gusta. Marisa bebió vino tinto y yo cerveza, de las
que cayeron dos cañas. La parte divertida de la cena fue “la amistad” que hizo
mi hija con el matrimonio y una amiga que estaba sentado en la mesa de al lado,
y que eran muy agradables; él acabó sirviéndole vino de su botella a mi hija
mientras Marisa
esperaba a que le trajeran otra copa. Lo pasamos muy bien.
Domingo, 1 de febrero
Desayunamos con el
magnífico buffet del Hotel sobre las nueve de la mañana, con tranquilidad, y
tras pasar por la habitación abandonamos el Mencey para darnos el gran paseo que
teníamos programado hasta la Plaza de España junto al mar.
Atravesamos la Rambla y
nos introdujimos en el Parque Municipal García Sanabria, un símbolo de la isla y el
pulmón de Santa Cruz. Fuimos recorriendo los lugares que yo vivía de niño
mientras Marisa
tomaba fotos con su iphone17. Al llegar
al reloj de flores, un icono de Santa Cruz, nos detenemos y un amable señor de
mi edad nos hace un par de fotos, juntos a padre e hija. Esta es la ocasión de
contar que siempre he mirado este reloj de una manera muy cercana. La
maquinaria del mismo se importó de Suiza en los años 50 del siglo pasado y la
licencia de importación la firmó mi padre siendo el Delegado de Comercio en
Santa Cruz de Tenerife. Durante mi destino en esta ciudad, en 1972, todos los
días de lunes a viernes pasaba por delante del reloj en el trayecto que me
llevaba, paseando, desde la Residencia Tamaide hasta la delegación de Comercio,
en la calle del Pilar, 1. Creo que este es el lugar para comentar las fotos que
inserto de mis hijos Mariano y Marisa de niños junto al reloj de flores. Las
fotos son de julio de 1979 y corresponden al viaje que hicimos desde Ginebra,
donde yo estaba destinado, hasta Santa Cruz, para asistir a la jubilación de mi
padre que cumplía 70 años el 31 de julio.
Nos recoge Javier
a las dos y media, pues nos había invitado a comer en el Real Club Náutico. Nos
sentamos en la terraza contemplando la vista del mar azul frente a nosotros, y
aunque nos hacen esperar bastante hasta que nos sirven, además de la compañía
de mi cuñado, disfrutamos de una fantástica comida, de la que recuerdo un
maravilloso pato con una salsa increíble. Acabamos de comer ya pasadas las
cuatro y media y en un taxi nos dirigimos hacia el hospital para visitar a mi
hermana.
A las 20:15 cenamos en un
restaurante adosado al hotel Mencey, KonTiki, ubicado en los jardines de la que
fue casa, una increíble mansión, de Don Pedro Duque, hombre de mediana edad en mi
adolescencia, delgado, calvo, alguien especial al que recuerdo de niño saltando
desde el trampolín de 10 metros del Real Club Náutico, haciendo grandes alardes
antes de tirarse espectacularmente. La cena, fantástica, al igual que la del
Colmado 1917, fue también de diseño y veíamos cómo la iban preparando a la
vista de los comensales.
Nos acostamos pronto.
Lunes, 2 de febrero
Último desayuno buffet en
el hotel. Nos despedimos en recepción y tomamos un taxi que nos lleva sin
atasco (hoy, día de la Candelaria es fiesta local) hasta el aeropuerto. El
taxista, muy canario, nos despide diciéndonos que la Virgen de la Candelaria
nos proteja.
Con las ventajas que
disfruta Marisa
por sus muchos vuelos transoceánicos, igual que hicimos en Madrid, vamos a la
sala VIP.
Despegamos poco después de
las 11:30 hora canaria, y llegamos a Madrid, tras un vuelo apacible, antes de
las tres de la tarde.
Nos recibe Madrid con
restos de lluvia y 9 grados de temperatura.
Recogemos el coche de mi
hija en el aparcamiento.
Antes de las 16:00 estoy
en casa.
Este ha sido un viaje muy
especial; especial por las circunstancias que me llevaron a hacerlo, que no
hubiera deseado que existieran, pero no se puede luchar contra la realidad.
Además, corrimos con la mala suerte del ingreso hospitalario de Charo,
cuando ella, con gran amor, había preparado todo en su apartamento para que la
pudiéramos visitar en familia y sin restricciones. La realidad nos impuso otras
reglas y a ellas tuvimos que atenernos.
Lamentando la parte
negativa del viaje, afortunadamente conté con la compañía de mi hija, que fue
muy especial para mí y me faltan las palabras para describir mis sentimientos.
Espero que todo aquel que
lea estas líneas haya encontrado interesante todo lo que en ellas narro de los
cuatro días que mi hija y yo pasamos en Tenerife.
Acabo. Este relato es un
regalo que le hago a mi hermana. Ya que no pude estar con ella todo el tiempo
que habría deseado, que ella puede disfrutar leyendo las vivencias de su
hermano mayor y de su sobrina en los cuatro días que pasamos en Tenerife. ¡Va
por ti, Charo!
Muchísimos besos.
Juan José Alonso Panero
Las Rozas de Madrid, 7 de
febrero de 2026













































Muy lindo viaje lleno de recuerdos bonitos para volver a disfrutarlo
ResponderEliminarEs un relato precioso padre. Más emotivo y profundo que otros pero sigue teniendo tu sello. Yo disfruté muchísimo acompañándote. Marisa
ResponderEliminarHija, no tengo palabras para responderte, tu compañía y cariño ha sido el mejor regalo que he tenido en muchísimos años.
EliminarUn millón de besos
Me ha encantado el relato de tu viaje a Santa Cruz y de tus vivencias con tus hermanos tu hermana y compañía yo sigo muy cerca a tu hermana Charito para cualquier un montón igual que todos vosotros y la verdad es que es una pena que las dos días de vuestra casa se nos vayan una de atrás de la otra, pero creo que vamos a hacer la vida. Gracias por tu descripción de tus andanzas por Santa Cruz según ibas contando, yo también las iba a rememorando
ResponderEliminarGracias por tus palabras, pero me gustaría saber quien eres para podértelo agradecer de corazón
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